la poco recordada historia de los 11 meses en que La Habana fue británica

Al amanecer, las tinieblas cubrieron otra vez el cielo de La Habana.

El polvo espeso de la destrucción cubría la ciudad y los truenos de pólvora remecían los tejados, las columnas, los soportales, las mansiones, los campanarios, los fuertes, las tabernas, los prostíbulos del puerto…

Los últimos niños, mujeres y curas que aún quedaban dentro de las murallas huyeron a Managua, un poblado en el sur que les había servido de refugio desde que comenzó un mes antes el asedio.

Toda la villa estaba en pie de guerra, pero el viento de la mañana que soplaba desde el mar traía el olor amargo de la derrota.

Tras 44 días de sitio, el gobernador de Cuba, Juan de Prado Malleza Portocarrero y Luna, sabía que, a esas alturas, todo esfuerzo era en vano.

Ya había mandado a cruzar cadenas gruesas la entrada de la bahía, a encallar allí tres embarcaciones para cerrar el paso, a que la población saliera con mosquetes o lo que tuviera a defender los últimos reductos que todavía no habían caído en manos enemigas.

Del otro lado de la bahía, un negro liberto, Pepe Antonio, regidor de la villa de Guanabacoa, soportaba a planazos de machete el avance indetenible de la armada británica.

Pero ya era demasiado tarde.

El Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro era la principal fortaleza de la antigua Habana.

Las escuadras del almirante George Pocock y del conde de Albemarle se aprestaban a reducir el Morro desde el único punto débil de la fortificación: un espacio sin mucha defensa a la altura de La Cabaña, una ladera cercana.

La fortaleza “inexpugnable” (se decía que había costado tanto que Felipe II la buscaba con prismáticos desde el otro lado del mar) estaba a punto de caer.

Y, con ella, la “siempre fiel Habana”.

Tras la invasión inglesa, España reforzó sus fortalezas en Cuba.

El día siguiente, el 13 de agosto de 1762, cuando se abrieron otra vez las murallas y algunos negocios, los habaneros vieron ondear en el asta mayor del Morro el signo inequívoco de la “tragedia”.

Allí, sobre los muros con boquetes dejados por el cañón enemigo, cerca del faro recién apagado, el viento cálido del verano movía de un lado a otro las barras rojas sobre fondo azul de la Union Jack.

La Habana sería, por 11 meses, británica.

“La hora de los mameyes”

No era la primera vez que las tropas de Jorge III intentaban tomar la ciudad que abría paso al golfo de México.

Corsarios y piratas al servicio de la corona inglesa habían amenazado más de una vez las aguas tibias de la bahía habanera.

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