Nunca ha habido, ni existirá jamás, agravio por parte de los dominicanos hacia los haitianos; por nuestras venas corre la solidaridad y el deseo ineludible de ayudar a los demás, incluso cuando han existido registros de ofensas a nuestro país.
El distanciamiento, la separación entre dominicanos y haitianos, se produjo porque somos radicalmente diferentes: los primeros hemos caminado, en el transcurso de nuestra historia, de la mano con la civilización y lo que ella representa; los otros persisten en prácticas añejas que impiden el desarrollo de los pueblos.
Lo que sí ha habido son contradicciones de carácter natural, irrenunciables, porque se llevan impregnadas en nuestra esencia. No podemos ser lo mismo, y debe existir una diferenciación, sencillamente, porque el agua no se puede mezclar con el aceite, ni el día con la noche, ni el vudú con el cristianismo.
Estamos, pues, condenados a transitar destinos diferentes. Ser dominicano es un privilegio con el que se nace, se lleva en la sangre; a pesar de múltiples tropiezos en nuestra historia y que algunos imperios, semejantes a una caricatura, hayan tenido la odiosa y pretenciosa idea de la “una e indivisible”, así como también de que soñadores crean que algún día nos podrán doblegar, aparentemente, olvidan que nunca el pueblo dominicano se ha arrodillado, sin importar la fuerza o magnitud del adversario.
La indómita y brava no cederá jamás ante pretensiones de élites internacionales que pretenden linchar nuestra soberanía e identidad dominicana. Viviremos como nación, porque así lo concibieron nuestros padres de la patria, y hemos de honrar eternamente su memoria.
jpm-am
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