Aberración coral: irreverencia en la adoración cristiana

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El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York

“Tu etá clean… clean… clean…”

Esta frase, repetida en coros de moda y tarareada en púlpitos improvisados, encarna el deterioro del lenguaje bíblico, la música y la irreverencia en la adoración contemporánea.

El otro disparate musical es: “Te subí lo vidrio”.

Que muestra la degradación a la “alabanza cristiana”. Ya no se distingue lo santo de lo popular, lo elevado de lo trivial. La adoración se ha vuelto espectáculo; la alabanza ruido; y lo sagrado, entretenimiento.

Una teoría ampliamente discutida sostiene que el cambio del estándar de afinación musical de 432 Hz a 440 Hz, oficializado en 1955, modificó la manera en que sentimos la música.

Muchos creen que 432 Hz está en resonancia con patrones de la naturaleza, el corazón humano y la conciencia espiritual. En contraste, el 440 Hz se percibe como más tenso, agresivo y disruptivo, marcando la música moderna con un pulso distinto: menos armonía, más presión.

Este cambio coincidió con transformaciones culturales profundas: guerras mundiales, control de masas, consolidación de medios y comercialización del arte.

La música dejó de ser vehículo espiritual para convertirse en industria, mercadeada para provocar reacción, no reflexión. Así, la función de la música mutó de edificar el alma a entretener la carne.

En el ámbito cristiano, esto se manifestó en la forma en que adoramos. Los himnos que una vez enseñaban doctrina y reverencia —como “Oh Dios eterno” o “Castillo fuerte”— fueron sustituidos por frases vacías, ritmos exaltados y emociones desbordadas. Se canta más fuerte, se repite más, pero se entiende y se adora menos. El altar se volvió escenario y el músico: animador.

La Iglesia cantó no siempre para sí. Hubo un tiempo en que los himnos eran oración, teología y esperanza. Letras como “Más allá del sol” no ofrecían promesas terrenales, sino la eternidad; “Asombrosa gracia” no exaltaba la autoestima, sino el asombro por la misericordia inmerecida; y clamor como “Quiero ser salvo de toda mi maldad” revelaba una conciencia aguda del pecado y una búsqueda sincera de redención. Eran cantos que nacían de rodillas y se elevaban al cielo como incienso.

Hoy, esos himnos han sido desplazados por frases pegajosas que muchas veces carecen de profundidad, quebrando el vínculo entre adoración y transformación.

Luis A. Pino, músico cristiano dominicano, advierte que “la música cristiana debe ser un puente entre la cultura y la santidad, sin perder profundidad teológica ni reverencia”. La musicóloga Marta Valdéz añade que “la pérdida de armonía en la adoración refleja una crisis en la comprensión de lo sagrado.” En otras palabras, la banalidad musical no es un error técnico: es un síntoma espiritual.

El problema es más antiguo

La Biblia describe a Satanás como Querubín con tamboriles y flautas en su diseño (Ezequiel 28:13). Su caída no anuló su talento, sino que lo corrompió. Desde entonces, su estrategia ha sido distorsionar el sonido: convertir la alabanza en confusión, la melodía en ruido, y el canto en vanidad. Lo vemos en la industria secular y cristiana, pero también —y más dolorosamente— en altares disfrazados de cristianos.

Muchos cantos actuales mencionan a Dios pero no lo reflejan. Cantan “Jehová acabó con to’” o “Candela que quema”, pero el contenido es agresivo, irreverente o centrado en el “yo”. No son salmos ni oraciones, sino consignas emocionales sin profundidad bíblica. Como decía San Agustín: “No todo canto es sagrado, aunque se cante en el templo. Solo lo que eleva el alma a Dios es digno de llamarse alabanza.”

La aberración Coral: Tuta’ clean… clean.. Clean.. Es para desmayarse y que Dios, aunque es misericordioso,  le envíe un rayo fulminante.

Hony Estrella: «…a un paso de despojarse de la ropa»

Esta distorsión afecta generaciones. Jóvenes criados entre pantallas, beats electrónicos y letras vacías, desarrollan una espiritualidad fragmentada: emocional pero sin doctrina, vibrante pero sin fundamento. Adoran sin saber a quién, sienten sin saber por qué. Se pierde la conexión con el cielo, se confunde el mover del Espíritu con una reacción —carne— fisiológica.

La música no es neutral. David Tame afirmó: “Las civilizaciones son construidas o destruidas por su música.” Lo que suena moldea lo que somos. Si la frecuencia de nuestra adoración es agresiva, ruidosa o incoherente, de más está no ver los golpes de caderas.

Preguntas

¿Qué tipo de música en la iglesia estamos cultivando?

¿Qué imagen de Dios transmitimos?

¿Qué espíritu se manifiesta cuando lo llamamos?

La Biblia nos da ejemplos claros de como Dios reacciona ante la profanación del culto. Nadab y Abiú, hijos de Aarón, ofrecieron “fuego extraño” delante del Señor, algo que Él no les había mandado (Levítico 10:1-2).

Su acto, posiblemente impulsado por un entusiasmo emocional sin obediencia, provocó que cayera fuego del cielo y los consumiera. No fue el ruido lo que los condenó, sino la irreverencia.

El culto a Dios no se define por la creatividad humana. La santidad de Dios exige obediencia exacta. La cercanía al ministerio no sustituye la reverencia.

En cambio Finees, nieto de Aarón, recibió aprobación divina cuando, con celo santo, detuvo una adoración contaminada por el pecado sexual y la idolatría (Números 25:6-13).

Fue una acción que  restauró el orden y la pureza del culto.

Dios mismo declaró que su acción le trajo “un pacto de paz” y “sacerdocio perpetuo”. El mensaje es claro: Dios no sólo recibe lo que se le da, Él exige lo que mandó.

Cuando la adoración se desvirtúa, Dios no permanece indiferente. Isaías 1:13-15 registra cómo el pueblo ofrecía sacrificios, cantos y fiestas, pero Dios los despreciaba: “No puedo soportar iniquidad con asamblea solemne.” Lo que para ellos era culto, para Dios era carga. Y en Amós 5:23 se lee: “Quita de mí la multitud de tus cantares… no escucharé el sonido de tus arpas.”

Martha Grace Lorenzo (Martha Candela)

Para los que creen que Dios escucha su cháchara callejera metida en las iglesias. Se equivocan

En su serie “El poder oculto de la música”; Oliver Coronado advierte que Satanás ha logrado introducir en el culto patrones musicales destinados más al sentido que al espíritu, generando fanatismo y distracción.

Coronado señala: “Hay quienes desean repetir falsos reavivamientos mediante el ruido desconcertante, el desorden, los dones de lenguas, la risa santa y los éxtasis. Satanás ha tenido mucho éxito llevando a los hijos de Dios sinceros, mediante engaños, a los extremismos que tanto daño hacen a las iglesias.”

Oliver: Identifica como elementos distorsionadores los ritmos sincopados del jazz y el rock, etc.., las armonías con tensión emocional, y los arreglos que apelan al cuerpo antes que al alma.

Ese es el tipo de música que interpreta la señora Marta Candela. Tan evidente es su naturaleza que la presentadora Hony Estrella, luego de los ya conocidos movimientos de cintura, solo pareció quedar a un paso de despojarse de la ropa. Y donde quiera que esta señora se presenta es el mismo fenómeno. Aún sus músicos y las coristas son imágenes perfectas de Iris Chacón en estos tiempos.

Un sonido capaz de inducir a ese tipo de conductas difícilmente puede calificarse como espiritual. Y, por supuesto, no lo es.

La estructura musical no es inocente, afirma Coronado: “puede ser un altar o un abismo, dependiendo de a quién exalte”.

Hoy más que nunca se libra una guerra invisible en todos los espacios: la lucha entre la luz y las tinieblas también ocurre en el sonido. No basta con mencionar a Dios en una canción. Hay que honrarlo con melodías santas, letras limpias y estructuras que reflejen su orden. La música que proviene de lo alto transforma. La que viene del ego, entretiene y confunde…

Efesios 5:19. «Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones»

La solución no es volver al pasado por nostalgia, sino recuperar la esencia: adoración que exalta al Creador, no al cantante; himnos que eleven la mente y el espíritu; ritmos que armonicen con la santidad de Aquel a quien servimos. Dios no busca ruido; busca espíritu y verdad (Juan 4:23-24). Y eso no lo da el volumen ni la moda, sino el corazón rendido.

Así como el corazón tiene ritmo, la tierra frecuencia y el alma armonía, también la adoración debe tener su compás.

No todo lo que suena sube al cielo. No todo coro es incienso. Y no toda canción que menciona a Dios tiene su respaldo.

En esta generación que baila al borde del abismo, el sonido correcto puede ser la cuerda que nos devuelva la comunión con Dios.

JPM

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