Divisiones, presiones y guerra: Líbano, otra vez en el epicentro del tablero regional

Las guerras en Líbano rara vez terminan del todo. A veces se transforman, otras simplemente regresan bajo nuevas formas. Casi dos décadas después del conflicto entre Israel y Hezbolá en 2006 y apenas dos años después de la última gran escalada, el país vuelve a quedar atrapado en otra confrontación armada.

Los bombardeos israelíes han vuelto a golpear el sur del Líbano, el valle de la Bekaa y los suburbios del sur de Beirut, mientras Hezbolá responde con ataques contra el norte de Israel. En cuestión de días, decenas de miles de personas han sido desplazadas, repitiendo un ciclo que muchos libaneses conocen demasiado bien: según las autoridades, a 6 de marzo el número de desplazados internos superaba los 95.000.

Pero esta vez, el contexto es distinto. Hezbolá, el actor armado más poderoso del país, enfrenta presiones externas e internas sin precedentes, mientras el Estado libanés intenta, con recursos limitados, recuperar una autoridad que durante décadas ha compartido, o perdido, frente al movimiento chiíta.

Las múltiples caras de Hezbolá

Durante años, Líbano ha vivido en ese delicado equilibrio. Hezbolá no es solo una milicia. Es también un partido político que representa a gran parte de la comunidad chiíta, un movimiento social que gestiona escuelas, hospitales y asociaciones caritativas, y una organización militar respaldada por Irán. Esa multiplicidad de identidades le ha permitido moverse durante décadas en una zona gris entre actor estatal y fuerza armada independiente, construyendo una legitimidad que va más allá de su base ideológica.

Fundado en 1982, en plena invasión israelí del Líbano, el movimiento surgió como parte de la estrategia de Irán para extender la influencia de la Revolución Islámica en la región. Con el tiempo, su papel como fuerza de resistencia contra la ocupación israelí en el sur del país consolidó su popularidad entre muchos libaneses. Tras la retirada de Israel en 2000, Hezbolá se convirtió en uno de los actores políticos y militares más influyentes del país.

El humo se eleva en los suburbios de Beirut, en Líbano, tras ataques israelíes sobre la capital libanesa.
El humo se eleva en los suburbios de Beirut, en Líbano, tras ataques israelíes sobre la capital libanesa. REUTERS – Khalil Ashawi

La actual escalada, sin embargo, no se explica únicamente dentro de las fronteras libanesas. El enfrentamiento forma parte de una guerra regional más amplia que enfrenta a Israel y Estados Unidos contra Irán y sus aliados. En ese tablero, Hezbolá sigue siendo uno de los principales actores del llamado “Eje de la Resistencia”, la red de milicias y movimientos armados respaldados por Teherán en Medio Oriente.

Durante años, el grupo se consolidó como el aliado más poderoso de Irán fuera de sus fronteras. Su capacidad militar, construida con financiación, entrenamiento y armamento iraní, lo convirtió en una fuerza muy superior al propio ejército libanés y en uno de los actores no estatales más armados de la región.

Nueva era para la milicia chiíta

Sin embargo, el Hezbolá que entra ahora en esta nueva guerra no es el mismo que emergió fortalecido tras el conflicto con Israel en 2006. La guerra de 2024 marcó un punto de inflexión. Los bombardeos israelíes golpearon duramente su infraestructura militar y financiera, mientras la muerte de su histórico líder, Hassan Nasrallah, sacudió los cimientos de una organización que durante décadas había construido su identidad alrededor de su figura.

Aquel conflicto dejó al movimiento debilitado y bajo una presión creciente tanto dentro como fuera del Líbano. Países occidentales y varios Estados del Golfo intensificaron sus demandas para que el grupo se desarme, mientras dentro del país aumentaban las críticas de quienes consideran que Hezbolá arrastra a Líbano a conflictos que el Estado no controla.

En ese contexto, analistas y fuentes políticas en Beirut apuntan ahora a posibles tensiones internas dentro del movimiento. Algunas informaciones hablan de una fractura entre el ala política, más preocupada por la supervivencia del grupo dentro del sistema libanés, y sectores militares cercanos a Irán, especialmente dentro de las fuerzas Radwan, la Unidad de Élite del movimiento.

Ataques israelíes sobre los suburbios del sur de la capital libanesa, Beirut.
Ataques israelíes sobre los suburbios del sur de la capital libanesa, Beirut. REUTERS – Khalil Ashawi

Estas unidades, que mantienen vínculos estrechos con la Guardia Revolucionaria iraní, habrían asumido un papel cada vez más activo en la confrontación actual con Israel. Aunque estas versiones no han sido confirmadas oficialmente, reflejan el debate creciente sobre la dirección que debe tomar el movimiento en un momento en el que enfrenta presión simultánea en el frente militar y en el político.

Mientras el movimiento intenta mantener su cohesión interna, el Estado libanés trata, con dificultades, de recuperar una autoridad que durante años ha estado fragmentada. Esta semana, el gobierno dio un paso inédito al prohibir oficialmente las actividades militares y de seguridad de Hezbolá, una decisión que refleja el creciente malestar político por el hecho de que el país vuelva a verse arrastrado a una guerra regional.

El Estado pugna por recueprar su papel en el Líbano

En paralelo, el ejército libanés anunció la detención de decenas de personas en distintos puntos del país por posesión ilegal de armas. Entre los arrestados habría miembros de diversos grupos armados, incluidos combatientes vinculados a Hezbolá.

Las autoridades han insistido en que las detenciones forman parte de medidas de seguridad excepcionales destinadas a limitar la proliferación de armas.

An Israeli air strike hits south Beirut.
Explosión en Beirut, en los suburbios del sur de la capital, tras un bombardeo israelí. REUTERS – Khalil Ashawi

Sin embargo, incluso dentro del propio aparato estatal existe cautela sobre hasta dónde puede llegar esta estrategia. Hezbolá sigue siendo la fuerza militar más poderosa del país, muy por encima de un ejército crónicamente infradotado y dependiente de ayuda internacional.

La posibilidad de que las fuerzas armadas se enfrenten directamente al movimiento chií sigue siendo uno de los escenarios más temidos en un país que todavía arrastra las cicatrices de su guerra civil.

En terreno, la misma víctima de siempre

Mientras tanto, sobre el terreno, la población vuelve a pagar el precio más inmediato de la escalada. Los bombardeos israelíes han provocado una nueva ola de desplazamientos desde el sur del Líbano, los suburbios meridionales de Beirut y algunas zonas del valle de la Bekaa.

Para muchos, no es la primera vez. Numerosos habitantes del sur todavía no habían podido regresar a sus pueblos tras los enfrentamientos anteriores o reconstruir viviendas dañadas por los bombardeos cuando comenzaron los nuevos ataques.

En los suburbios del sur de Beirut, muchas familias vuelven a preparar maletas a toda prisa.

“Pensábamos que lo peor ya había pasado”, cuenta Rima, residente de Dahiyeh, mientras espera con su marido y sus dos hijos para salir de la ciudad. “En 2024 también nos fuimos. Tardamos meses en volver a sentir algo parecido a una vida normal”.

Otros prefieren quedarse, aunque con resignación. “Aquí ya sabemos cómo funciona esto”, dice Hussein, dueño de una pequeña tienda del barrio. “Empiezan los bombardeos, la gente se va unos días o unas semanas, y luego volvemos a reconstruir”.

La sensación entre muchos habitantes es la de vivir en una guerra intermitente que se reactiva cada pocos años, antes de que el país logre recuperarse del todo de la anterior. La economía libanesa, golpeada por años de crisis financiera, apenas tiene capacidad para absorber otra ola de destrucción y desplazamientos.

En ese contexto, la popularidad de Hezbolá dentro del país también atraviesa uno de sus momentos más delicados. Aunque el movimiento sigue contando con un apoyo sólido dentro de amplios sectores de la comunidad chiíta, cada vez más voces en el Líbano cuestionan el papel de una organización armada capaz de decidir, en la práctica, cuándo el país entra en guerra.

Personas desplazadas de los suburbios del sur de Beirut, después de que una advertencia del ejército israelí llevara a los residentes a evacuar, tras una escalada entre Hezbolá e Israel en medio del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, descansan en la Plaza de los Mártires en Beirut, Líbano, el 6 de marzo de 2026.
Personas desplazadas de los suburbios del sur de Beirut, después de que una advertencia del ejército israelí llevara a los residentes a evacuar, tras una escalada entre Hezbolá e Israel en medio del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, descansan en la Plaza de los Mártires en Beirut, Líbano, el 6 de marzo de 2026. © Khalil Ashaw, Reuters

Al mismo tiempo, el grupo enfrenta un dilema estratégico. Para Irán, Hezbolá sigue siendo una pieza clave dentro de su red regional de aliados armados. Pero dentro del Líbano, cada nueva confrontación con Israel alimenta el debate sobre el coste que ese papel regional tiene para un país ya profundamente debilitado.

Por ahora, la guerra vuelve a desarrollarse en el mismo escenario que tantas veces antes: el sur del Líbano, los suburbios del sur de Beirut y las comunidades civiles atrapadas entre los ataques israelíes y las operaciones del movimiento armado.

En Medio Oriente, pocas guerras comienzan en Líbano. Pero una y otra vez, terminan librándose en su territorio.