Una mañana de lunes del 2026 llegó un mensaje a la cuenta de Instagram de una tienda de mascotas en Costa Rica. Un cliente, cuya foto de perfil era la caricatura de una persona disfrazada de animal, hizo consultas usuales: pidió fotos de accesorios para perros, preguntó por tallas y precios. De pronto afirmó: «¿Una talla M podría quedarle a una persona?». Finalmente escribió que se identificaba como una perra.
La encargada abordó el tema con su jefe, quien le explicó que probablemente se trataba de una persona therian: alguien que se siente animal por dentro, adopta una estética y gestos asociados, pero reconoce su cuerpo humano. En redes, fotos, videos y noticias sobre esta comunidad circulan con fuerza en todo el mundo y suelen provocar burla y rechazo.
Ese mismo día por la tarde llegó otra consulta a la tienda, esta vez por WhatsApp. Un cliente preguntó por premios comestibles o golosinas para perros «con grado de consumo humano». En ambos casos, la respuesta fue la misma: no vendían productos de mascotas para uso o consumo humano. Fue entonces que Bryan González, propietario de Perro Caffé, decidió colocar rótulos en sus sucursales: «No se permite el ingreso de therians». Poco después, medios locales publicaron artículos sobre la prohibición.
France 24 conversó con González, quien narró los dos incidentes. “Nos metimos en redes sociales y vimos que la cosa iba en serio. En Argentina, Uruguay, México… llega a esos países y después a Costa Rica. Por mi experiencia como empresario, es mejor curarse en salud… podría haber consecuencias por una mala manipulación o uso de estos productos, y la empresa podría verse perjudicada con alguna denuncia o demanda”, explicó, a la vez que aclaró que no se trataba de una postura discriminatoria y que respeta a dichas personas. No recibió más inquietudes similares, ni en línea ni en las tiendas. En cambio, la publicación que anunciaba la prohibición sí disparó interacción: 72 comentarios y más de 1.300 “me gusta”, muy por encima del promedio de la página.
Del rótulo a la ola de prohibiciones
Casi al mismo tiempo, varias municipalidades del país informaron en redes que supuestas convocatorias de therians para reunirse en parques de distintas ciudades no contaban con autorización. Algunos medios reprodujeron la noticia sin verificar si las convocatorias eran reales; otros advirtieron que los afiches podían ser falsos o parte de una broma que se disemina rápido en internet.
«En redes uno ve fake news para mover las masas. Aún así, con esos dos mensajes fue una señal de alerta para tomar la decisión anticipada», insistió el dueño de Perro Caffé. También mencionó el temor de que delincuentes aprovecharan máscaras o disfraces para ocultar su identidad y cometer robos.
Esa misma advertencia, con variaciones, se ha replicado en decenas de comercios costarricenses, pequeños y grandes, centros comerciales, restaurantes y supermercados: “No se permite el ingreso de therians”. A esas publicaciones les siguieron comentarios, a favor y en contra, que avivaron la conversación.
¿Fenómeno en la calle o ruido en redes?
Sin embargo, al rastrear el tema en redes en Costa Rica, es poco lo que podría constituir evidencia de una comunidad therian visible y activa en espacios públicos. Aunque los medios han abordado el fenómeno, la mayoría de piezas se concentran en reacciones y polémica. Solo un medio, La Nación, publicó una entrevista con una joven llamada April que se autodenomina therian.
La mayor parte de los videos y fotos que circulan parecen venir de otros países, en muchos casos son creadores de contenido hablando del tema, o personas disfrazadas a modo de “experimento”. En la entrevista, April dijo que las «reuniones oficiales» se organizan en privado y que las convocatorias difundidas en redes suelen ser falsas.
Aunque el dueño de las tiendas de mascotas justifica la prohibición por motivos de seguridad y por eventuales riesgos sanitarios —por ejemplo, intoxicación o lesiones por uso o consumo de productos para animales—, consultado por France 24, el ministerio de Salud de Costa Rica respondió que “a la fecha no ha recibido denuncias, notificaciones ni reportes (…) que indiquen intoxicaciones o enfermedades presuntamente vinculadas al consumo de alimentos para mascotas por parte de personas”, ni en las últimas semanas ni en el último año.
Mientras algunos comercios encendieron alarmas, el Colegio de Profesionales en Medicina Veterinaria de Costa Rica emitió un comunicado recomendando a sus agremiados «rechazar cualquier solicitud de atención médica a humanos con autopercepción therian».
Al consultarle al Colegio si el comunicado se generó a partir de casos específicos o alertas reportadas por sus agremiados, indicaron que no. La publicación del comunicado provocó reacciones en redes, varias negativas. “Qué vergüenza que el Colegio le dé visibilidad al tema de moda en internet”, escribió un usuario.
Para el costarricense estratega de Comunicación Digital y periodista Cristian Cambronero, el de los therians es uno de tantos fenómenos virales en los que «la noticia se produce antes que el hecho noticioso»: redes y medios se inundan de reportes, teorías y especulación sobre una supuesta tendencia “de la que no existen, en los hechos, manifestaciones reales”.
Sobre si hay evidencias claras de que una comunidad therian esté creciendo en Costa Rica, contesta que quizá exista, “como deben existir otras decenas de manifestaciones culturales (…) acotadísimas”, que, en la mayoría de los casos, no ameritan alarma social.
En el mundo, la conversación sobre los therians se instala entre dos polos: por un lado, se presenta como una forma de identidad o autoexpresión, sobre todo juvenil, vinculada a una conexión simbólica con un animal y a una estética amplificada por redes (aunque el concepto como comunidad existe desde la década de 1990); por otro, detona una reacción cultural donde entran la burla, el alarmismo y lecturas conservadoras que usan este caso como ejemplo de «identidades extremas», a veces mezclándolo con debates sobre identidad de género y personas trans.
A eso se suman videos viralizados, no siempre verificados, en los que supuestos therians exhiben conductas “animales” en espacios públicos y se presentan como prueba de “descontrol”, alimentando medidas reactivas.
Cambronero considera que el tema se inserta en una narrativa de «guerra cultural». A una de las visiones en disputa le sirve instalar temores hacia presuntas amenazas “patrocinadas” por sus adversarios. Y sobre las alertas y prohibiciones de instituciones y empresas costarricenses, advierte que, aunque algunas posturas puedan ser legítimas «en espíritu», son consecuencia de «una causa infundada», asumida bajo criterios preventivos y probablemente innecesaria.
En términos de economía de la atención, apunta que este tipo de publicaciones en internet «sirven para surfear la ola del algoritmo» porque tocan temas polémicos, y «hoy la polémica es visibilidad. Sin embargo, también implican un riesgo reputacional. Los consumidores buscan conectar con marcas que comparten sus valores”, y entrar en discusiones polarizantes puede traer costos, advierte.
La responsabilidad de los medios ante los temas virales
Medios costarricenses y de decenas de países en el mundo han publicado numerosos artículos sobre therians. ¿Cómo abordar de forma responsable un tema que se vuelve conversación masiva?
Cambronero lo plantea así: “La prensa no puede limitarse a reportar que la gente dice que viene un tsunami. Su obligación es comprobarlo, ya sea para alertar sobre un peligro inminente o para traer calma y disipar rumores”.
A su juicio, muchos medios se metieron de lleno en la conversación, capitalizando el interés originado por la polémica sobre “un tsunami del que nadie ha visto ni la primera ola”.
Para Daniel Marquínez, director de Proyectos Especiales de la Fundación Gabo, parte de la cobertura en el continente ha sobredimensionado el fenómeno siguiendo tendencias de redes en medio de la necesidad de atraer audiencias.
«Hay un llamado a la mesura: hacer reportería y aportar datos. Las preguntas serían: ¿cuántas personas se identifican como therian?, ¿cómo afecta el fenómeno en la región?, ¿qué lleva a alguien a identificarse así?», dice. Señala, además, que buena parte de lo publicado se acerca más a la sátira y la ridiculización que a la información.
Marquínez advierte del riesgo de que los medios respondan al control del algoritmo: «¿Quién maneja la agenda informativa? (…) las grandes compañías de redes sociales alimentan determinadas historias y los medios, en lugar de contraponerse, terminan permitiendo que las redes impongan los temas. El riesgo mayor es la entrega del control de la agenda editorial al algoritmo y, quien controla el algoritmo, controla los temas sobre los que la ciudadanía tiene información».
Y destaca otra consecuencia: las reacciones de odio que genera cierto tratamiento informativo pueden traducirse en más acoso contra gente joven y en el recrudecimiento de una política del odio. Llama a medios, autoridades, sector educativo y sociedad civil a reflexionar sobre cómo se alimenta la maquinaria de la discriminación y por qué, ante lo disruptivo, la respuesta termina siendo el odio.