Desde los cinco años, Victoria de León reconoció que «lo vivo» era su principal caso de estudio. Convertía los sets de Lego de sus dos hermanos mayores en creaciones nuevas; su afán por construir la distinguió desde la niñez y, sin saberlo, su casa se convirtió en su primer laboratorio improvisado. Inventaba pigmentos con flores para teñir el cabello de sus muñecas e incluso mezcló colorantes naturales hasta teñir de rosa a su conejo blanco.
Su entrega a la experimentación se reforzó cuando uno de sus hermanos le regaló el videojuego Science Papa para Nintendo DS. Según Victoria, aquel juego era científicamente correcto: los experimentos correspondían a procesos reales y le ayudaron a comprender que todo resultado requiere un procedimiento. Al entrar a la secundaria, su interés por la ciencia incrementó: «El primer experimento que hice fue una batería a base de papas para encender una calculadora. También me involucré en otro proyecto de hidroponía, en el estudio de nutrientes para mejorar el crecimiento de las lechugas», comenta en entrevista con WIRED.
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No obstante, el punto de inflexión llegó en un campamento espacial de dos semanas en Alabama, donde recibió entrenamiento simulado de astronauta y visitó museos del sector espacial.
Más adelante, durante la preparatoria en el Tecnológico de Monterrey, participó en Space University, un programa internacional que incluía una estancia en Houston para el diseño de rovers, el desarrollo de soluciones para la colonización de Marte y entrenamiento en buceo. Ahí obtuvo su primer reconocimiento en robótica al presentar la mejor propuesta para exploración marciana. Todas estas experiencias, tanto en la infancia como en la adolescencia, cimentaron su decisión de estudiar Ingeniería en Robótica y Sistemas Digitales en el Tec de Monterrey.
«A mediados de la carrera, para especializarme, busqué opciones en el área de investigación. El primer acercamiento que tuve fue en el Weizmann Institute of Science, en Israel». Ahí trabajó en modelos de crecimiento tumoral mediante técnicas de imagen con luminiscencia. «Básicamente, inyectábamos un material que brilla bajo luz UV a los ratones para observar el crecimiento del tumor y así mejorar los modelos de detección».
La faceta de Victoria de León entre la química orgánica y la investigación espacial encontró un nuevo punto de inflexión en el International Learn Space Program, una visita de una semana a Alabama para competir con participantes de todo el mundo en el envío de un material al espacio. Entre planteamientos y posibles soluciones, De León se adentró en el campo de los biomateriales: «Me encontré con propiedades que jamás había imaginado, desde puntos cuánticos que brillan bajo luz ultravioleta hasta llegar al material que lo cambió todo: un derivado de insectos y crustáceos artrópodos que también brilla bajo luz UV».
Crear biomateriales para aplicación en el espacio y en la Tierra
Victoria comenzó a investigar los biomateriales no solo por sus propiedades, sino porque representaban el futuro en términos de diseño regenerativo y sostenibilidad. «Trabajé en concretos a base de desechos de papa y regolito lunar», menciona. Además, desarrolló propuestas con macroalgas para aplicaciones espaciales, que posteriormente presentó en el Congreso Internacional de Astronáutica, en Australia, en 2025.
Actualmente, forma parte del grupo Biomimetic Materials and Machines, dedicado a la investigación de sistemas materiales, estrategias de fabricación y robots blandos inspirados en la diversidad de la naturaleza, en el Instituto Max Planck, en Alemania. A la par, De León es CEO y fundadora de Ontla, una empresa que retoma la filosofía del diseño espacial para aplicarla en la Tierra.
