La delgada línea entre poder y servicio

Por Mayrelin García

La política, como toda actividad humana que implica responsabilidad sobre otros, se mueve entre dos fuerzas profundamente distintas: la obsesión por el poder y la vocación de servicio. A simple vista pueden parecer caminos similares, porque ambos transitan por las mismas instituciones, los mismos cargos y los mismos escenarios públicos. Sin embargo, su esencia es radicalmente diferente.

La obsesión por el poder se alimenta de la necesidad de dominar, de acumular influencia y de permanecer. Quien entra a la vida pública con esta motivación suele medir el éxito en términos de posiciones alcanzadas, espacios conquistados o adversarios desplazados. El poder deja de ser un instrumento para convertirse en un fin en sí mismo. En ese punto, la política se transforma en una competencia constante por mantenerse visible, conservar privilegios o controlar decisiones, aun cuando esas decisiones pierdan conexión con el bienestar colectivo.

La vocación de servicio, en cambio, nace de una lógica distinta. No parte del deseo de dominar, sino del compromiso de contribuir. Quien entiende la política como servicio concibe el poder únicamente como una herramienta temporal para generar cambios, resolver problemas y mejorar las condiciones de vida de las personas. La diferencia es sutil pero determinante: mientras la obsesión por el poder mira hacia la permanencia personal, la vocación de servicio mira hacia el impacto social.

En la práctica, esta diferencia se manifiesta en pequeñas decisiones cotidianas. Quien persigue el poder se pregunta constantemente cómo fortalecer su posición; quien sirve se pregunta cómo fortalecer las instituciones. El primero prioriza la conveniencia política inmediata; el segundo valora la sostenibilidad de las soluciones. Uno teme perder el cargo; el otro teme no haber hecho lo suficiente durante el tiempo que le fue confiado.

La obsesión por el poder tiende a producir liderazgos cerrados, poco dispuestos a escuchar o a corregir. Cuando el objetivo es conservar el control, cualquier crítica se interpreta como una amenaza y cualquier desacuerdo se percibe como un desafío personal. En contraste, la vocación de servicio suele generar liderazgos más abiertos, conscientes de que gobernar implica escuchar, dialogar y aprender constantemente de la realidad que se pretende transformar.

La historia política, tanto en nuestro país como en el mundo, ofrece ejemplos de ambos caminos. Hay quienes han dedicado su vida a preservar su influencia, y también quienes han asumido responsabilidades públicas con la serenidad de quien sabe que el cargo es apenas una etapa dentro de un compromiso más amplio con la sociedad. Los primeros suelen ser recordados por las luchas de poder que protagonizaron; los segundos, por las transformaciones que ayudaron a construir.

En democracias como la nuestra, esta distinción adquiere un valor especial. La ciudadanía observa, evalúa y cada vez exige más coherencia entre el discurso y la práctica. Las nuevas generaciones, en particular, no buscan simplemente líderes fuertes, sino líderes auténticos, capaces de demostrar que la política puede ser un espacio de construcción colectiva y no solo de competencia por el control.

Por eso, la reflexión sobre el sentido del poder sigue siendo fundamental. El poder, por sí solo, no ennoblece ni degrada; todo depende de la intención con la que se ejerce. Cuando se convierte en una obsesión, termina alejando a los ciudadanos de la política y debilitando la confianza en las instituciones. Cuando se ejerce con vocación de servicio, en cambio, puede convertirse en una herramienta poderosa para impulsar desarrollo, equidad y bienestar.

La diferencia entre ambas posturas no está en el cargo que se ocupa, sino en la forma en que se entiende la responsabilidad pública. Porque el poder, cuando se mira con perspectiva, no es más que un medio pasajero; el verdadero legado de quienes lo ejercen se mide en la huella que dejan en la vida de los demás.

Quien vive obsesionado con el poder termina sirviéndose de la política; quien tiene vocación de servicio termina sirviendo a la sociedad. El poder pasa; el servicio permanece.

La articulista es experta en Planificación, Estrategia y Políticas Públicas. Actualmente Subsecretaria General de la LMD y Directora de Planificación del PRM.