EL AUTOR es un exministro de economía y actual dirigente del Partido de la Liberación Dominicana. Reside en Santo Domingo.
A quince días de iniciada la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, el desarrollo del conflicto empieza a cuestionar el cálculo estratégico que aparentemente motivó el inicio de las hostilidades: la posibilidad de una victoria rápida basada en la superioridad militar. Lejos de confirmarse ese escenario, los acontecimientos comienzan a perfilar una confrontación más compleja, con implicaciones regionales, económicas y políticas que reducen la probabilidad de una solución rápida y clara a favor de Washington.
La primera señal es que Irán no ha sido doblegado militarmente. A pesar de la intensidad de los ataques iniciales y de la eliminación de importantes dirigentes iraníes, la capacidad de respuesta del Estado iraní no ha colapsado. El país continúa ejecutando represalias y mantiene operativas sus estructuras militares y políticas, lo que indica que conserva capacidad para sostener el enfrentamiento.
La segunda señal es la regionalización del conflicto. Lo que comenzó como un enfrentamiento directo entre Estados Unidos, Israel e Irán empieza a extenderse por distintos puntos del Medio Oriente. Ataques a infraestructuras estratégicas y tensiones en rutas marítimas del Golfo sugieren que la confrontación ha adquirido una dimensión regional. Cuando una guerra entra en esa fase, las posibilidades de una victoria rápida disminuyen considerablemente y aumentan los riesgos de una prolongación del conflicto.
Un tercer elemento crucial es el factor energético. Irán ha recurrido a su principal instrumento estratégico: la presión sobre el estrecho de Hormuz. Por ese paso circula cerca de una quinta parte del petróleo y el gas natural que se comercializa en el mundo. La interrupción o perturbación del tránsito marítimo ha provocado una fuerte volatilidad en los mercados energéticos internacionales. Los precios del petróleo y del gas natural han reaccionado inmediatamente al alza ante el riesgo de interrupciones prolongadas.
Este fenómeno transforma la guerra en un problema económico global. Un aumento sostenido de los precios del petróleo tiende a trasladarse rápidamente a la gasolina, el diésel, el transporte y la electricidad, alimentando presiones inflacionarias en numerosas economías.
En este caso existe además una dimensión política particularmente sensible para Washington: el impacto interno en Estados Unidos. El aumento de los precios de la gasolina es uno de los factores económicos que más influye en la percepción pública sobre el desempeño de un gobierno. Cuando los combustibles suben, el impacto se siente inmediatamente en los hogares y en el costo de vida.
Si la guerra continúa presionando al alza los precios del petróleo, el aumento de los combustibles podría convertirse en un problema político significativo para Donald Trump. Estados Unidos se aproxima a un nuevo ciclo electoral y la historia política del país muestra que los votantes suelen castigar a los gobiernos cuando la economía se deteriora o cuando el costo de vida aumenta de manera perceptible.
En ese contexto, una guerra prolongada que contribuya a encarecer la gasolina y otros derivados del petróleo afectará el clima político interno y el apoyo electoral. Esto ayuda a explicar por qué desde Washington se insiste cada vez más en la necesidad de encontrar una salida al conflicto. Los costos económicos de una prolongación de la guerra podrían traducirse rápidamente en costos políticos internos.
A esta dinámica se suma la posición adoptada por Irán en el terreno diplomático. Teherán ha señalado que solo considerará detener las hostilidades si existe un compromiso creíble de que no volverá a ser atacado. En términos estratégicos, lo que Irán busca es restablecer un equilibrio de disuasión que garantice su seguridad frente a futuras agresiones.
Esto coloca a Washington ante un dilema difícil. Si continúa la guerra, corre el riesgo de profundizar una crisis energética global y de verse atrapado en un conflicto regional prolongado. Si decide detenerla sin haber logrado sus objetivos estratégicos —como el debilitamiento decisivo del Estado iraní— podría enfrentar cuestionamientos sobre los resultados obtenidos.
Las guerras no se ganan únicamente destruyendo objetivos militares; también se ganan alcanzando objetivos políticos claros y sostenibles. Y a la luz de los acontecimientos observados en estas primeras semanas, lograr esos objetivos parece cada vez más difícil y costoso.
Por ahora, lo que el conflicto revela es que, aunque Estados Unidos conserva una enorme superioridad militar, una solución política rápida y estable puede resultar mucho más complejo de lo que inicialmente se había previsto.
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