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Hay una frase que se repite bajito cuando aterriza el avión: “esto cambió”. No lo dice el turista. Lo decimos nosotros. Los que tenemos la cédula guardada y el corazón dividido. Los que volvemos cada año jurando que esta vez será distinto. Pero no lo es. República Dominicana ya no se siente como casa.
LA CASA QUE NO ABRE LA PUERTA
Antes llegar era quitarse los zapatos. Era saber de memoria dónde estaba todo: el pan de la esquina, el colmado que fía, el vecino que cuida. Hoy llegamos y pedimos permiso. Preguntamos precios como si fuera la primera vez. Pedimos direcciones de calles que caminamos toda la vida.
La casa está, pero cambió la cerradura. El salario no rinde. El tapón asfixia. La noche pesa. Salimos a las 7:00 de la noche y calculamos rutas como si fuéramos extraños. Porque, de alguna forma, lo somos. La inseguridad nos volvió visitantes en nuestro propio barrio.
EL IDIOMA QUE HABLAN SIN NOSOTROS
El país oficial habla de crecimiento de 5%, de récords turísticos, de estabilidad. El país real habla de apagones, de filas en los hospitales, de jóvenes que se van en yola. Y en el medio estamos los de fuera, sin subtítulos.

Nos hablan de bonos y no sabemos cómo aplicar. Nos hablan de leyes nuevas y nos enteramos por un meme. Nos hablan de “transformación” y lo único que transformó fue el precio del pollo. Quedamos fuera de la conversación. Y cuando opinamos, la respuesta es automática: “tú no vives aquí”. Como si irse nos hubiera quitado la voz.
PAGAR POR SER «DE AFUERA»
Volver tiene un impuesto que no sale en el ticket. Es el “precio para el de Nueva York” en el motoconcho. Es la cita en la oficina pública que no aparece porque “el sistema se cayó”. Es la espera de tres días por un papel que antes resolvía el primo del amigo en una mañana.
Nos fuimos buscando lo que aquí faltaba: tranquilidad para dormir, un sueldo que alcance, un futuro sin miedo. Volvemos y nos cobran esa decisión. Con recargo. Con distancia. Con la sospecha de que ya no somos del coro.
LA NOSTALGIA NO ALCANZA
Nos vendieron que la patria se lleva en el pecho. Y es verdad. El problema es que el pecho duele cuando la patria no te reconoce. Duele cuando mandas remesas 11 meses y el mes 12 te tratan como extranjero. Duele cuando defiendes el país en Madrid o Boston, y aquí te reciben con desconfianza.
La bachata sigue sonando igual. El moro sigue sabiendo a gloria. El abrazo de mamá no cambia. Pero la casa es más que eso. Casa es que te entiendan. Casa es que te esperen. Casa es que el Estado sepa que existes antes de diciembre.
PARA VOLVER A SENTIRNOS EN CASA
Recuperar la casa no es pintar la galería. Es abrir la puerta. Es que votar desde fuera no sea un vía crucis. Es que invertir no sea pelear con 12 sellos. Es que opinar no sea un delito de lesa distancia.
Es que el plan contra feminicidios nos incluya aunque estemos lejos, porque las víctimas tienen nombres que conocemos. Es que el alza de combustibles nos indigne juntos, porque el concho que paga nuestra familia sale del mismo sueldo. Es que la alerta verde del COE nos desvele, porque el barrio que se inunda es donde aprendimos a correr descalzos.
Ya no nos sentimos como en casa porque la casa se olvidó de guardarnos un cuarto. Y no pedimos la habitación principal. Pedimos que no nos dejen durmiendo en la sala, con las maletas hechas, sintiendo que en cualquier momento nos toca irnos otra vez.
Los de afuera no queremos ser visita. Queremos ser familia. Con derecho a opinar, a volver, a quedarnos. Sin que nos miren raro. Sin que nos cobren la ausencia.
Porque la peor mudanza no es la que cruza el mar. Es la que te pasa dentro, cuando entiendes que tu cuarto ya tiene otro inquilino.
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