¿Por qué siguen matando mujeres?

Cada vez que una mujer es asesinada a manos de su pareja o expareja en República Dominicana, el país entero se estremece por unos días. Surgen las estadísticas, las condenas públicas, los llamados a la reflexión y las promesas institucionales de actuar con mayor contundencia. Luego pasan días, llega otro caso, y el ciclo vuelve a empezar. La pregunta, cada vez más urgente, es si estamos realmente enfrentando el problema o simplemente administrando una tragedia que parece haberse normalizado.

Resulta imposible ignorar una realidad incómoda: pese a años de campañas, políticas públicas, programas de prevención y discursos institucionales, los feminicidios continúan cobrando vidas. Y cuando los números y los casos se repiten con tanta frecuencia, la sociedad tiene el deber de preguntarse si las respuestas que se han construido han sido suficientes o si, sencillamente, hemos estado atacando los síntomas sin intervenir las causas profundas.

La discusión no puede quedarse únicamente en el ámbito judicial ni limitarse al endurecimiento de penas. Castigar es necesario, pero castigar después del crimen no salva vidas. El gran desafío es comprender por qué algunos hombres llegan a creer que tienen derecho sobre la vida de una mujer, por qué algunos entienden una ruptura como una humillación, por qué confunden amor con posesión y por qué una negativa se transforma en violencia.

Y ahí aparece una pregunta aún más compleja: ¿se aprende esa conducta?

Las respuestas parecen apuntar a que sí, al menos en parte. Ningún niño nace creyendo que dominar es amar. Ningún adolescente nace entendiendo que los celos son una prueba de afecto. Esas ideas se construyen. Se aprenden observando, escuchando y creciendo dentro de determinados modelos familiares y sociales.

Durante décadas, muchas sociedades latinoamericanas crecieron reproduciendo esquemas donde a los niños se les enseñó fortaleza, control y autoridad, mientras a las niñas se les educó para ceder, complacer y soportar. Al niño se le dijo que no llorara porque “los hombres no lloran”; a la niña se le pidió paciencia y silencio. Al varón se le permitió expresar enojo; a la mujer se le exigió comprensión. Son mensajes aparentemente pequeños, repetidos por generaciones, que terminan construyendo visiones profundamente desiguales de las relaciones humanas.

No significa que toda familia reproduzca violencia ni que toda crianza tradicional conduzca a un feminicidio. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí obliga a reconocer que los modelos que ofrecemos importan. Los niños observan cómo los padres resuelven conflictos, cómo un hombre trata a una mujer, cómo se ejerce la autoridad y cómo se manejan las emociones. Aprenden de lo que escuchan, pero sobre todo de lo que ven.

Sin embargo, reducir el problema únicamente a la crianza también sería insuficiente. Existen hombres criados en hogares saludables que ejercen violencia y otros que crecieron entre conflictos y jamás reproducen esos patrones. Por ello, las causas son más amplias. Intervienen factores psicológicos, experiencias traumáticas, consumo problemático de alcohol y sustancias, dependencia emocional extrema, inseguridades personales y, en algunos casos, trastornos de conducta o incapacidad para gestionar el rechazo y la frustración.

También existe una dimensión institucional que no puede ignorarse. Muchas víctimas denunciaron antes de morir. Algunas buscaron ayuda. Otras acudieron a tribunales o a instancias de protección. Cuando una mujer alerta sobre una amenaza y el sistema no responde con rapidez y eficacia, la prevención fracasa. El feminicidio no comienza con el disparo, el arma blanca o el golpe fatal; comienza mucho antes, con señales, amenazas y conductas de control que muchas veces pasan inadvertidas o son minimizadas.

Y aquí surge otra pregunta incómoda: ¿están funcionando realmente las políticas públicas? Porque una política pública no puede medirse por la cantidad de campañas realizadas ni por los discursos pronunciados cada noviembre. Su efectividad se mide por resultados. Y cuando las cifras siguen estremeciendo al país, la obligación del Estado y de la sociedad es revisar si las estrategias actuales están llegando tarde, si se concentran más en reaccionar que en prevenir o si han dejado fuera aspectos esenciales.

Quizás hemos invertido más tiempo enseñando a las mujeres cómo protegerse que educando a los hombres sobre cómo relacionarse sanamente. Tal vez hemos hablado mucho de violencia y muy poco de educación emocional. Quizás seguimos formando generaciones académicamente preparadas, pero emocionalmente incapaces de manejar el rechazo, la frustración y la pérdida.

Los feminicidios no son un problema exclusivo de mujeres; son un problema de sociedad. Y mientras sigamos viendo cada caso como un hecho aislado y no como el resultado de múltiples fallas acumuladas —familiares, educativas, culturales e institucionales— seguiremos reaccionando con indignación después de cada tragedia, pero sin evitar la siguiente.

Porque la pregunta ya no es cuántas mujeres más deberán morir. La pregunta es cuánto tiempo más seguiremos creyendo que estamos haciendo lo suficiente.