Cuando todos quieren hablar con Dios

Por Mayrelin García

Existe una frase popular muy conocida que dice: “Si puedes hablar con Dios, no hables con los santos”. En su contexto original, la expresión sugiere que, teniendo acceso directo a la máxima autoridad, no habría necesidad de recurrir a intermediarios. Sin embargo, cuando esta lógica se traslada de manera mecánica a las instituciones públicas, privadas o sociales, suele producir más problemas que soluciones.

En las organizaciones modernas, las estructuras jerárquicas no existen por capricho. Las cadenas de mando, los niveles de responsabilidad y los mecanismos de delegación son herramientas diseñadas para garantizar orden, eficiencia y rendición de cuentas. Cuando estos principios se ignoran, la institucionalidad comienza a resquebrajarse lentamente, aunque a veces sus efectos no sean visibles de inmediato.

Es frecuente encontrar titulares de instituciones que, movidos por el deseo de controlar cada detalle o por la falsa creencia de que nadie puede hacer las cosas tan bien como ellos, terminan convirtiéndose en el único punto de decisión para asuntos grandes, medianos y pequeños. Ningún proceso avanza sin su aprobación, ninguna iniciativa prospera sin su intervención y ningún colaborador se siente autorizado para resolver situaciones dentro de su ámbito de competencia.

Lo que inicialmente puede parecer una demostración de liderazgo termina convirtiéndose en un cuello de botella que ralentiza la gestión, desmotiva al personal y limita la capacidad de respuesta de la organización. El resultado es predecible: retrasos, agotamiento, dependencia excesiva y una preocupante incapacidad para construir institucionalidad.

El verdadero liderazgo no consiste en centralizarlo todo, sino en construir equipos capaces de actuar con criterio, responsabilidad y autonomía. Un líder que debe intervenir en cada trámite, en cada decisión y en cada problema operativo no está demostrando fortaleza institucional; está evidenciando una estructura débil que depende excesivamente de una sola persona. Ninguna organización sostenible puede funcionar eficazmente bajo ese esquema.

Pero el problema no se limita a quienes ocupan la cúspide de la estructura. También existe una práctica igualmente perjudicial: la tendencia de algunos colaboradores a ignorar a sus supervisores inmediatos para dirigirse directamente a las máximas autoridades. Esta conducta, muchas veces disfrazada de eficiencia o cercanía, erosiona la autoridad de los mandos medios, genera conflictos internos y crea una cultura organizacional basada en relaciones personales en lugar de procesos institucionales.

Cuando un empleado evita sistemáticamente a su jefe inmediato para buscar decisiones o validaciones directamente del titular, envía un mensaje peligroso: que la estructura formal no importa. Con el tiempo, esto provoca descoordinación, confusión en las responsabilidades y una creciente sensación de injusticia entre quienes sí respetan los procedimientos establecidos.

Las instituciones más exitosas del mundo comparten una característica fundamental: entienden que la autoridad debe ejercerse de manera organizada y distribuida. Los líderes establecen la visión, fijan las metas y supervisan los resultados, pero confían en sus equipos para ejecutar. Del mismo modo, los colaboradores respetan las líneas de reporte y los canales institucionales porque comprenden que el orden es un requisito indispensable para la eficiencia.

La gobernanza se fortalece cuando cada persona conoce su rol y actúa dentro de él. Se fortalece cuando los líderes saben delegar y cuando los equipos saben respetar las competencias de cada nivel. Por el contrario, se debilita cuando todos quieren decidirlo todo o cuando nadie respeta las responsabilidades de los demás.

Quizás por eso, en el ámbito institucional, la popular frase debería reinterpretarse. No siempre es conveniente hablar directamente con Dios. Las organizaciones necesitan «santos», no como obstáculos, sino como parte esencial de un sistema que permite que las decisiones fluyan, que los procesos avancen y que las responsabilidades estén claramente definidas.

La sabiduría de una institución no radica en que todo llegue a la máxima autoridad, sino en que cada nivel funcione correctamente y asuma con responsabilidad el papel que le corresponde. Un líder que pretende decidirlo todo termina agotándose; una organización que depende de una sola persona termina paralizándose.

Al final, hasta Dios, en su infinita perfección, decidió no hacerlo todo solo. La tradición religiosa nos habla de ángeles, profetas, apóstoles y servidores llamados a colaborar en una misión superior. No porque le faltara poder, sino porque entendió el valor de la confianza, del propósito compartido y de la responsabilidad distribuida.

Quizás ahí resida una de las lecciones más importantes para quienes dirigimos estructuras organizacionales o instituciones. El liderazgo no se mide por la cantidad de decisiones que acumulamos sobre nuestro escritorio, sino por la capacidad de construir equipos que puedan tomar decisiones acertadas cuando nosotros no estamos. No se trata de tener más control, sino de generar más confianza.

Porque cuando todos quieren hablar con Dios, los santos dejan de cumplir su función. Y cuando los santos dejan de cumplir su función, las instituciones dejan de funcionar como instituciones para convertirse en simples extensiones de una persona. Entonces aparecen los retrasos, la improvisación, la mediocridad y el desgaste.

Tal vez por eso, incluso Dios necesita ayuda. No porque no pueda hacerlo todo, sino porque la verdadera grandeza del liderazgo consiste en comprender que nadie debería tener que hacerlo todo solo. Porque si hasta Dios ha querido apoyarse en otros para cumplir su propósito, imaginemos el riesgo que corremos con quienes, además de no tener su omnipotencia, tampoco tienen su infinita sabiduría.

La articulista es experta en Planificación, Estrategia y Políticas Públicas. Actualmente Subsecretaria General de la LMD y Directora de Planificación del PRM.