Perú: donde fracasan los gobernantes y no la economía

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Perú se ha convertido en uno de los fenómenos políticos más contradictorios de América Latina. Mientras su sistema político parece vivir en una crisis permanente, su economía continúa mostrando indicadores de estabilidad y fortaleza que muchos países de la región quisieran exhibir.

En las últimas décadas, Perú ha visto desfilar presidentes destituidos, encarcelados, investigados, renunciantes y hasta un mandatario que terminó perdiendo la vida en medio de un intento de arresto. La figura presidencial en Perú parece haberse convertido en un cargo de alto riesgo político. Todo esto ocurre bajo el amparo de una constitución que otorga amplios poderes al Congreso para declarar la “vacancia” presidencial por incapacidad moral, mecanismo que ha provocado constantes choques entre el Ejecutivo y el Legislativo.

La historia reciente peruana parece una película de inestabilidad. Alberto Fujimori terminó condenado; Pedro Pablo Kuczynski renunció acorralado; Martín Vizcarra fue destituido; Manuel Merino apenas duró días en el poder; Pedro Castillo terminó detenido tras intentar disolver el Congreso; y otros mandatarios han enfrentado investigaciones, protestas y procesos judiciales. Perú vive políticamente en un sobresalto continuo.

Sin embargo, mientras los gobiernos se derrumban, la economía peruana permanece sorprendentemente firme.

Ahí surge la gran pregunta: ¿dónde radica la magia del éxito económico peruano?

La respuesta parece encontrarse en varios factores estructurales que han logrado sobrevivir a la crisis política. Perú desarrolló durante décadas una disciplina macroeconómica difícil de romper. Su Banco Central mantiene una fuerte independencia técnica, la inflación suele mantenerse controlada y el manejo fiscal ha sido más prudente que en gran parte de Latinoamérica.

Además, Perú posee enormes recursos mineros. El cobre, el oro, la plata y otros minerales han convertido al país en un actor estratégico para la economía mundial. Mientras muchos gobiernos cambian discursos y modelos económicos con cada elección, el aparato productivo peruano continúa generando exportaciones y atrayendo inversiones.

Otro elemento importante es que los sectores económicos fundamentales parecen operar con cierta autonomía frente a la turbulencia política. En otras palabras, los mercados han aprendido a convivir con la inestabilidad institucional peruana. La economía peruana da la impresión de haberse blindado de sus propios gobernantes.

Paradójicamente, Perú demuestra que un país puede tener una economía relativamente estable y, al mismo tiempo, un sistema político profundamente convulsionado. Es como si existieran dos países paralelos: uno político, lleno de confrontaciones, crisis y destituciones; y otro económico, que sigue produciendo, exportando y manteniendo indicadores sólidos.

Hoy Perú exhibe una de las relaciones deuda externa-PIB más manejables de América Latina, algo que no ocurre por casualidad. Esa fortaleza financiera ha sido construida sobre reglas económicas relativamente estables que sobreviven incluso cuando los presidentes no logran terminar sus mandatos.

La gran lección peruana para América Latina es inquietante: los gobernantes pueden fracasar, pero una economía bien estructurada puede resistir incluso el desgaste de la clase política.

Aunque también existe una advertencia importante. Ninguna economía puede vivir eternamente desconectada de la crisis institucional. Tarde o temprano, la inestabilidad política termina pasando factura. La confianza, las inversiones y la gobernabilidad tienen límites.

Perú, por ahora, parece desafiar esa lógica. Pero el verdadero reto no es solo mantener una economía fuerte, sino lograr que la estabilidad económica algún día encuentre también estabilidad política.

jpm-am

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