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Hay frases que duelen porque dicen la verdad sin maquillaje. Una de ellas es esta: «El Gobierno administra excusas. La diáspora administra soluciones».
No es un insulto. Es un diagnóstico. Y duele más porque viene de gente que ama al país, aunque el país los obligó a irse.
En República Dominicana el Gobierno se volvió experto en explicar por qué no se puede.
No hay agua porque «es sequía». No hay luz porque «es mantenimiento». No hay medicinas porque «el suplidor falló». No hay empleo porque «la situación mundial». Siempre hay un «pero».
Gobernar es decidir y ejecutar. Pero aquí decidimos mucho y ejecutamos poco. Administrar excusas es cómodo: no arriesgas, no te comprometes, no te miden. El problema es que mientras el funcionario explica, el ciudadano sufre.
LA UNIVERSIDAD DE LAS SOLUCIONES
Del otro lado del mar está la diáspora. 2.5 millones de dominicanos que se levantan a las 5am en Nueva York, Boston, Madrid.

Ellos no tienen excusas. Tienen renta que pagar, hijos que criar y remesas que enviar. Si el tren se atrasa, buscan otro. Si el trabajo cierra, abren uno propio. Si el sistema falla, crean un grupo de WhatsApp y lo resuelven entre todos.
Y esa misma lógica la aplican con su país. ¿No hay útiles escolares? La diáspora hace una colecta. ¿Se cayó un puente? Mandan dólares. ¿Un niño necesita operación? Rifan, venden comida, tocan puertas.
La diáspora no administra excusas porque no tiene tiempo. Administra soluciones porque no tiene opción.
EL PAIS QUE PUDO SER
Imagina por un segundo que el Gobierno trabajara con la mentalidad de la diáspora: puntual, organizado, sin quejarse, resolviendo con lo que hay.
Imagina que cada funcionario sintiera la presión de tener que enviar remesas a su madre. ¿Tú crees que habría tantas obras paralizadas? ¿Tú crees que se perdería tanto dinero en botellas?
La diáspora demostró algo clave: el dominicano sí es disciplinado, sí es responsable, sí resuelve. El problema no es la gente. El problema es el sistema que aquí los atrapa.
DEJAR DE PEDIR LIMOSNA Y EMPEZAR A EXIGIR GESTION
Este artículo no es para enfrentar a los de aquí con los de allá. Es para unirlos.
La diáspora no puede, ni debe, sustituir al Estado para siempre. Las remesas son amor, no política pública. Y el Gobierno no puede seguir delegando su responsabilidad en la solidaridad familiar.
La solución es simple y difícil a la vez: que el Gobierno copie el manual de la diáspora. Menos discurso, más acción. Menos «estamos evaluando», más «ya resolvimos». Menos promesas, más resultados.
Porque al final, un país no se construye con excusas. Se construye con soluciones. Y si nuestros hermanos afuera pudieron levantar imperios barriendo pisos y cuidando niños, aquí adentro también podemos levantar un país administrando con honestidad.
Que el Gobierno deje de administrar excusas. Y que empiece a administrar como la diáspora: con vergüenza, con urgencia y con amor por la gente.
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