Los que se fueron se acostumbran a no volver (OPINION)

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Emigrar siempre duele al principio. Se llora en el aeropuerto, se besa la bandera, se jura que es por poco tiempo. “Voy a hacer algo y regreso”. Pero los años pasan y algo cambia. El plan de retorno se vuelve recuerdo. Los que se fueron se acostumbran a no volver. Y no es traición: es adaptación.

El que se va compra cama, luego nevera, luego carro. Saca crédito, mete a los niños a la escuela, aprende el tren, hace amigos en el trabajo. Monta una rutina. Y la rutina, cuando funciona, es pegajosa. República Dominicana se vuelve el lugar de las vacaciones, no el lugar de la vida. Se vuelve el sitio para ir 15 días, no para quedarse 15 años. El retorno deja de ser un plan y se convierte en un “algún día” que nunca llega en el calendario.

Irse ya fue empezar de cero: nuevo idioma, nuevos papeles, nuevo frío. Se sobrevive, se progresa, se echa raíz. Volver implica arrancar las raíces por segunda vez. Revalidar títulos, buscar trabajo sin “cuña”, acostumbrar a los hijos a los apagones, explicar en el banco por qué tus últimos 10 años de crédito están en otro país. La mayoría no tiene energía para emigrar dos veces. Y menos para emigrar hacia atrás.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

EL PAIS QUE DEJASTE YA NO EXISTE

El que se fue en 2005 recuerda una República Dominicana. El de 2026 es otro país: más caro, más taponeado, más desconfiado. Los amigos de infancia se casaron, se mudaron o también se fueron. El barrio cambió. El colmado donde fiabas ahora es una banca. Volver no es volver a casa: es mudarse a un sitio nuevo que se parece al viejo. Y para eso, mejor te quedas donde ya conoces las calles.

La primera generación extraña. La segunda no. Para tus hijos, República Dominicana es el país de los abuelos, del calor y de los mosquitos. Su vida, su novia, su equipo, su inglés y su futuro están fuera. Pedirles que “retornen” es pedirles que se auto-deporten. Y ningún padre sacrifica a sus hijos en el altar de su nostalgia. Así, el retorno muere con los padres.

EN RD NO HAY AYUDA, Y FUERA SI

Aquí el que vuelve es “el de afuera”: le suben los precios, le complican los papeles, le miran raro si reclama. Allá, 15 años después, ya es “el vecino”. Tiene seguro médico, retiro, crédito aprobado y una llamada al 911 que sí contestan. El cerebro humano no es tonto: elige donde la vida duele menos. Y en esa comparación, República Dominicana pierde casi siempre.

Hay un momento exacto en que se cruza la línea: cuando te das cuenta de que tienes más fotos en el celular de tu vida nueva que de la vieja. Cuando pasas más Navidad allá que aquí. Cuando entierras a tus padres y ya no hay a quién visitar. Ese día, sin decirlo, te acostumbraste a no volver.

No es falta de amor. Es que el amor no paga renta. Y la gente, para sobrevivir, se adapta. República Dominicana exportó a su gente para que mandara dinero. Lo logró. Lo que no calculó es que, junto con los dólares, también exportó el plan de volver.

Los que se fueron se acostumbran a no volver. Y República Dominicana tendrá que acostumbrarse a vivir sin ellos, o aprender por fin a competir por ellos.

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