La mujer, el poder y la confianza

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POR E. MARGARITA EVE

Si la historia ha demostrado una y otra vez que las mujeres pueden gobernar, ¿por qué tantas sociedades continúan dudando de su capacidad para ejercer el poder? La pregunta sigue vigente en pleno siglo XXI. Tal vez el problema nunca haya sido la capacidad, sino la confianza que una sociedad está dispuesta a depositar en quien aspira a dirigirla.

Mucho antes de los debates modernos sobre igualdad de derechos, la Biblia presenta a Débora como jueza de Israel alrededor del siglo XII antes de Cristo. En una época donde la autoridad recaía casi exclusivamente en los hombres, fue reconocida por su sabiduría, su sentido de justicia y su capacidad para conducir a su pueblo en momentos de incertidumbre.

Siglos más tarde surgió Kösem Sultan (1589-1651), una de las figuras más influyentes del Imperio Otomano. Resulta paradójico que una mujer alcanzara semejante nivel de poder en una de las estructuras políticas más patriarcales de su tiempo. Sin embargo, ejerció la regencia e influyó decisivamente en la conducción de un imperio que se extendía por tres continentes.

Lo más extraordinario de Kösem no fue llegar al poder, sino conservarlo. En una corte marcada por intrigas, rivalidades y luchas de influencia, construyó alianzas, administró conflictos y se convirtió en un factor de estabilidad. Su liderazgo fue aceptado porque demostró capacidad para ejercerlo dentro de un sistema concebido para ser gobernado por hombres.

La historia ofrece, sin embargo, un contraste revelador. Tras la muerte de Kösem, otra mujer, Turhan Sultan, asumió también funciones de regencia. Pero las circunstancias políticas habían cambiado y el poder efectivo comenzó a desplazarse hacia el gran visir Köprülü Mehmed Pasha. Con ello empezó a desaparecer el llamado Sultanato de las Mujeres.

Quizás la diferencia no estuvo en el género. Kösem logró algo que pocos líderes consiguen: convertirse en una garantía de estabilidad en tiempos de incertidumbre. Los imperios, al igual que las naciones modernas, suelen depositar su confianza en quienes transmiten experiencia, capacidad de decisión y seguridad frente a los desafíos de su tiempo.

La historia contemporánea ofrece ejemplos igualmente significativos. Margaret Thatcher gobernó el Reino Unido entre 1979 y 1990 y se convirtió en una de las figuras más influyentes de la política europea del siglo XX. Su ascenso no se explica por la ausencia de prejuicios, sino por la construcción de una imagen de firmeza y liderazgo que logró imponerse en su contexto histórico.

Liderazgos femeninos

América Latina también ha sido escenario de importantes liderazgos femeninos. Violeta Barrios de Chamorro, Michelle Bachelet y Dilma Rousseff alcanzaron la Presidencia de sus respectivos países. Más allá de las valoraciones sobre sus gobiernos, todas demostraron que la conducción del Estado depende de la credibilidad y el respaldo que logre inspirar quien aspira a ejercerlo.

A pesar de estos antecedentes, el liderazgo femenino continúa siendo evaluado con frecuencia bajo criterios distintos. Aspectos relacionados con la personalidad, la apariencia o la vida privada suelen recibir una atención que rara vez alcanza la misma intensidad cuando se trata de figuras masculinas en posiciones equivalentes.

Ello evidencia que los principales obstáculos ya no son exclusivamente jurídicos. En gran parte del mundo las mujeres han conquistado espacios que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. Sin embargo, persisten percepciones culturales heredadas que continúan influyendo en la manera en que la sociedad interpreta el ejercicio del poder.

República Dominicana no escapa a esta realidad. Aunque las mujeres han participado activamente en la vida política y han alcanzado posiciones relevantes en el Estado y la sociedad, todavía no han logrado consolidar una candidatura presidencial con el nivel de respaldo suficiente para convertirse en una opción mayoritaria dentro del sistema político.

Tal vez la explicación no se encuentre únicamente en estructuras patriarcales, sino en la propia naturaleza del poder. La historia demuestra que las sociedades no depositan su confianza por decreto, sino en quienes consideran capaces de conducirlas en momentos decisivos. La pregunta que permanece abierta es si República Dominicana verá surgir una mujer capaz de despertar esa misma confianza colectiva.

emargaritaeve@gmail.com

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