Colombia ante una nueva etapa: el fin de una era y el desafío de reconstruir la confianza

Por Rosanna Barrera

La historia de las naciones suele escribirse en las urnas, pero comienza a juzgarse cuando termina un gobierno. Colombia acaba de cerrar uno de los capítulos más controvertidos de su historia reciente y abre otro cargado de expectativas, incertidumbres y enormes responsabilidades.

Hoy, 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumió oficialmente la Presidencia de Colombia para el período 2026-2030, marcando el inicio de un nuevo ciclo político tras la derrota del candidato oficialista, Iván Cepeda, respaldado por el petrismo. La ceremonia de investidura rompió con más de un siglo de tradición al celebrarse en Cali, y no en Bogotá, en una decisión que el nuevo mandatario presentó como un gesto de descentralización del poder.

Más allá del protocolo, lo verdaderamente trascendente es el mensaje político que deja esta transición.

No se trata únicamente de la salida de Gustavo Petro. Se trata del cierre de un experimento político que dividió profundamente a Colombia y cuyo balance seguirá siendo objeto de debate durante muchos años.

El veredicto de las urnas

En democracia, el voto suele convertirse en la evaluación más contundente de un gobierno.

La derrota del proyecto político representado por el petrismo refleja que una parte importante del electorado decidió apostar por un cambio de rumbo. Sin embargo, sería un error interpretar ese resultado como una simple victoria de la derecha sobre la izquierda.

Las sociedades no votan únicamente por ideologías.

Votan por seguridad cuando sienten miedo.

Votan por estabilidad cuando perciben incertidumbre.

Votan por resultados cuando las promesas no se materializan.

Y votan por esperanza cuando creen que el país puede recuperar el rumbo.

El legado que deja Petro

Gustavo Petro será recordado como el primer presidente de izquierda de la historia reciente de Colombia. Ese hecho, por sí solo, tiene un enorme peso político.

Pero también deja una administración marcada por una fuerte polarización, conflictos institucionales, dificultades para construir consensos y cuestionamientos sobre la ejecución de varias de sus reformas. A ello se sumaron controversias políticas, escándalos que afectaron a miembros de su entorno y críticas a la estrategia de “Paz Total”, cuyo impacto fue objeto de intensos debates durante su mandato.

Eso no significa que todas sus iniciativas carecieran de valor ni que todos los sectores compartan la misma evaluación de su gobierno. Su administración impulsó reformas sociales y laborales que cuentan con defensores, mientras que otros consideran que los costos en gobernabilidad, seguridad y confianza institucional fueron demasiado elevados.

Precisamente por esa complejidad, el juicio histórico sobre Petro no puede reducirse a consignas. Será la historia la que termine de ponderar el alcance de su legado.

Más allá de Petro: el verdadero desafío colombiano

Sería igualmente equivocado pensar que con un cambio de presidente desaparecerán los problemas estructurales de Colombia.

El país continúa enfrentando desafíos que ningún gobierno ha logrado resolver plenamente:

  • la persistencia del narcotráfico;
  • el fortalecimiento de organizaciones criminales transnacionales;
  • la presencia de grupos armados en diversas regiones;
  • las desigualdades territoriales; y
  • la necesidad de recuperar la confianza ciudadana en las instituciones.

Como ocurre también en otros países de América Latina, las elecciones pueden cambiar gobiernos, pero no transforman por sí solas las estructuras que alimentan la violencia, la corrupción o la debilidad institucional.

Un mensaje que trasciende las fronteras

Durante las últimas décadas, América Latina ha alternado gobiernos de izquierda, derecha y centro.

Sin embargo, muchos de los problemas esenciales permanecen.

Por eso, la experiencia colombiana deja una enseñanza que debería ser observada con atención en toda la región.

Cambiar de corriente política no garantiza desarrollo.

Cambiar de discurso no asegura gobernabilidad.

Cambiar de liderazgo no sustituye la necesidad de construir instituciones fuertes.

El verdadero desafío consiste en gobernar con capacidad de diálogo, visión estratégica, disciplina fiscal, seguridad jurídica y políticas públicas que sobrevivan a los cambios de administración.

Las reacciones y el ambiente ciudadano

Tras la investidura y durante los días previos, circularon en redes sociales imágenes y mensajes de ciudadanos celebrando el cambio de gobierno, especialmente en sectores donde la victoria del presidente electo fue ampliamente respaldada. Al mismo tiempo, también hubo convocatorias de protesta por parte de simpatizantes del oficialismo y un clima de alta polarización política.

No obstante, esas manifestaciones no representan por sí solas el sentir de toda la sociedad colombiana, que continúa siendo diversa y dividida en sus opiniones.

La verdadera prueba comienza hoy

Abelardo de la Espriella ya ganó las elecciones.

Ahora comienza el desafío mucho más difícil: gobernar.

La ciudadanía no juzgará su mandato por la contundencia de sus discursos ni por el entusiasmo que despertó su victoria.

Lo juzgará por su capacidad para devolver seguridad, fortalecer las instituciones, recuperar la confianza de los inversionistas, reducir la polarización y demostrar que Colombia puede avanzar sin quedar atrapada en el enfrentamiento permanente.

Porque, al final, las elecciones cierran campañas.

Pero los gobiernos abren la historia.

Y la historia, como siempre, será la que tenga la última palabra.

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