Abinader repartió cuotas de poder entre Hipólito Mejía y David Collado, pero la única plancha aclamada deja una certeza: quien controla el Estado ahora también controla, sin condiciones, a su partido.
Por Janet Camilo
Lo que se vendió como un ejercicio de unidad partidaria fue, en realidad, la formalización de algo que ya sabíamos: en el PRM no hay más liderazgo que el del presidente. Y eso, para la democracia interna de un partido, no debería celebrarse.
El Partido Revolucionario Moderno acaba de cerrar una convención sin urnas, sin competencia y, sobre todo, sin sorpresas. Una plancha única, aclamada, que integró a las alas de Hipólito Mejía, David Collado, Wellington Arnaud y Eduardo Sanz Lovatón bajo un mismo paraguas.
El resultado se presenta como cohesión, pero yo lo leo distinto: es la prueba de que, en el partido de gobierno, ya no queda espacio para el disenso.
Luis Abinader sale de este proceso con Juan Garrigó Mejía en la Secretaría General y Gloria Reyes en Organización, y con un mandato estatutario que blinda a esta directiva hasta 2030; cuatro años de estabilidad administrativa, dice el discurso oficial. Cuatro años sin que nadie dentro del partido pueda cuestionarlo, digo yo.
Cuando el jefe de Estado asume además las riendas formales de la organización política que lo sostiene, el poder deja de tener contrapesos internos, y eso debería inquietarnos más de lo que inquieta.
La delegación de la primera vicepresidencia ejecutiva en Deligne Ascensión confirma el patrón. No se trata de repartir poder, sino de administrarlo sin fisuras: un operador de la confianza absoluta del presidente, con instrucciones claras de no proyectar luz propia. Abinader no necesita un socio en el partido, necesita un gerente.
Y aquí está el verdadero ganador de esta convención, aunque el relato oficial insista en presentarla como un consenso de todos. Es Abinader, sin matices. Él integró a las corrientes de Hipólito y de Collado. No porque el partido lo pidiera, sino porque a él le convenía blindarlo de cara al 2028.
La Constitución le impide repostularse, es cierto, pero eso no lo saca del tablero: lo convierte en el árbitro que decide quién juega y en qué posición.
El sector de Hipólito Mejía fue el que más se movió, y no por casualidad. Carolina Mejía, que aspira a la candidatura presidencial rumbo al 2028, pasó ocho años al frente de la secretaría general del PRM y ahora cede ese puesto a su hijo Juan Garrigó, un relevo que consolida la dinastía familiar dentro del partido y que, de paso, libera a la alcaldesa de la carga administrativa para que se dedique de lleno a construir su candidatura.
Llamarlo relevo generacional suena más elegante que llamarlo lo que es: una sucesión pactada puertas adentro, sin que la militancia tuviera ni voz ni voto.
David Collado jugó distinto, y con más cálculo, no peleó una de las tres posiciones principales para su gente, pero sí cumplió su acuerdo con el equipo de Sanz Lovatón, respaldando a Gloria Reyes.
Su vocero se encargó de comunicar, con anticipación, que el bloque de Collado avalaba el consenso planteado por Abinader, Garrigó y Reyes y ese gesto no es debilidad, es estrategia: Collado demuestra que tiene estructura propia, capacidad de coadministrar la cúpula partidaria, y la mirada puesta en la candidatura presidencial, sin necesidad de dar la pelea pública que otros sí dieron. Y darán, solo hay que esperar.
El PRM quiere vender esta convención como un triunfo de la madurez política, pero a mí me parece, más bien, el diagnóstico de un partido que resolvió sus tensiones internas de la única forma en que sabe hacerlo: repartiendo cuotas de poder entre unos pocos apellidos, y dejando fuera cualquier posibilidad real de competencia.
La militancia queda con la tarea de sanar heridas que nadie le preguntó si quería tener, mientras el gobierno sigue desgastándose y el partido se prepara para retener el poder en 2028, o para convertirse, si no lo logra, en la oposición que hoy no se permite ser.