La política no es un espectáculo 

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Vivimos una época en la que un video de treinta segundos puede alcanzar millones de personas, una frase ingeniosa puede recorrer el planeta en minutos y un rostro conocido puede convertirse, casi de la noche a la mañana, en una figura con enorme influencia pública. Ese fenómeno ha transformado la comunicación, el comercio, el entretenimiento y, cada vez más, la política.

Sin embargo, esa nueva realidad plantea una pregunta que merece una profunda reflexión: ¿estamos eligiendo a los más preparados para gobernar o simplemente a los más conocidos?

La política no es un espectáculo. Tampoco es un concurso de popularidad ni una competencia para medir quién acumula más seguidores, más “likes” o más reproducciones. Gobernar una ciudad, una provincia o un país implica administrar recursos públicos, enfrentar crisis económicas, tomar decisiones sobre seguridad, salud, educación, relaciones internacionales y el futuro de millones de personas.

Por eso resulta preocupante observar cómo, en distintas partes del mundo, la fama comienza a confundirse con la capacidad de gobernar.

Las redes sociales y la inteligencia artificial han democratizado la comunicación. Hoy cualquier persona puede construir una imagen pública con una velocidad nunca antes vista. Eso tiene enormes ventajas para la libertad de expresión y la participación ciudadana. Pero también crea una ilusión peligrosa: creer que la popularidad equivale automáticamente al liderazgo.

No siempre ocurre así.

Existen personas extraordinariamente preparadas que pasan desapercibidas porque dedican más tiempo a estudiar, diseñar propuestas y construir equipos que a fabricar contenido viral. Mientras tanto, otras logran convertirse en figuras políticas únicamente gracias a su nivel de reconocimiento público.

La historia demuestra que la fama, por sí sola, no garantiza una buena gestión.

Al mismo tiempo, sería un grave error afirmar que toda persona famosa está incapacitada para ejercer funciones públicas. La evidencia demuestra exactamente lo contrario.

El expresidente estadounidense Ronald Reagan pasó del cine a la política y terminó siendo uno de los mandatarios más influyentes de su generación. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, provenía del mundo del entretenimiento y debió enfrentar una de las guerras más complejas del siglo XXI.

En Guatemala, Jimmy Morales, conocido como comediante, llegó a la Presidencia. También existen deportistas, periodistas, empresarios y artistas que han desarrollado carreras políticas respetables después de prepararse para esa responsabilidad.

La diferencia no radica en el origen profesional de una persona.

La diferencia está en la preparación, el carácter, la visión de Estado, la capacidad para formar equipos competentes y la disposición para aprender antes de ejercer el poder.

Riesgo

El verdadero riesgo aparece cuando una sociedad comienza a votar únicamente por quien aparece más en pantalla, por quien domina mejor los algoritmos o por quien logra convertir una frase ingeniosa en tendencia nacional.

La democracia puede debilitarse cuando el criterio es reemplazado por la viralidad.

La inteligencia artificial hará todavía más compleja esta realidad. Será posible construir imágenes, discursos, campañas y estrategias de comunicación con una eficacia nunca antes vista. Los ciudadanos tendrán que desarrollar un mayor sentido crítico para distinguir entre una buena estrategia digital y un verdadero proyecto de nación.

El reto de este siglo no consiste en impedir que personas famosas participen en política. Todo ciudadano tiene ese derecho.

El verdadero desafío consiste en que el elector aprenda a mirar mucho más allá de la fama.

Antes de entregar un voto conviene preguntarse: ¿qué propuestas presenta?, ¿qué equipo lo acompaña?, ¿qué experiencia demuestra?, ¿cómo ha resuelto problemas anteriormente?, ¿qué valores representa?, ¿cómo enfrentaría una crisis nacional?

Porque un país no se gobierna con aplausos. No se administra con tendencias. Y mucho menos con millones de seguidores.

Las naciones progresan cuando el reconocimiento público va acompañado de preparación, equilibrio, ética y capacidad para tomar decisiones difíciles. De lo contrario, la democracia corre el riesgo de convertirse en un escenario donde el personaje más popular termine ocupando el lugar que debía corresponder al mejor preparado.

angelpuello@gmail.com

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