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La política dominicana acaba de entrar en una etapa de profunda preocupación. No se trata de encuestas, alianzas inesperadas ni de movimientos de dirigentes entre partidos. El motivo de la inquietud tiene nombre y apellido: Angelo Vásquez.
Su eventual aspiración a la Presidencia de la República en 2028 estaría provocando que más de un mecenas o presidenciable comience a preguntarse si vale la pena continuar gastando zapatos, combustible y discursos recorriendo el país.
Y es comprensible. Frente a la sólida formación académica, intelectual, política y cultural que, en clave satírica, atribuimos a Angelo Vásquez, algunos aspirantes podrían estar considerando algo hasta ahora impensable: renunciar antes de competir.
No porque carezcan de preparación —muchos exhiben títulos, experiencia administrativa y extensas hojas de vida— sino porque semejante adversario convertiría cualquier debate presidencial en una competencia desigual.
Imagínese el escenario. Llegan los candidatos al gran debate nacional cargados de asesores, estadísticas, gráficos, discursos memorizados y propuestas cuidadosamente ensayadas. Entonces aparece Angelo Vásquez, toma el micrófono y despliega esa formidable oratoria que esta sátira le concede.

En cuestión de minutos, los demás candidatos comienzan discretamente a consultar el calendario electoral para averiguar cuál es el último día disponible para retirar una candidatura.
Las universidades también tendrían que prepararse para el fenómeno. Maestrías, doctorados, diplomados y especialidades comenzarían a parecer insuficientes ante semejante demostración de conocimientos. Algunos candidatos podrían regresar apresuradamente a las aulas y solicitar dos o tres posgrados adicionales, mientras otros, más pragmáticos, optarían por llamar a sus abogados para preguntarles: “¿Todavía estamos a tiempo de renunciar?”.
La situación podría alcanzar dimensiones todavía más dramáticas
Los estrategas políticos, acostumbrados a estudiar encuestas, segmentar electores y diseñar discursos, tendrían ahora una misión distinta: encontrar la manera de sobrevivir políticamente a Angelo Vásquez. Ya no preguntarían quién tiene mayor intención de voto, sino algo mucho más elemental: ¿quién se atreve a debatir con él?
Por supuesto, estamos ante una sátira. La democracia no entrega títulos presidenciales por anticipado ni las elecciones se ganan exclusivamente con formación académica u oratoria. Las urnas suelen ser bastante menos impresionables que los comentaristas políticos.
Pero precisamente ahí reside la gracia: imaginar que la irrupción de un aspirante pudiera causar tal conmoción que sus adversarios, después de años construyendo proyectos presidenciales, decidieran abandonar la carrera para evitar la comparación.
jpm-am
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