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La República Dominicana vive una paradoja que ya no se puede ocultar con promedios macroeconómicos.
Somos la economía que más crece en América Latina y el Caribe. Cinco por ciento anual durante dos décadas. Grado de inversión a la vuelta de la esquina. Récord de turistas, récord de remesas, récord de inversión extranjera, torres de treinta pisos en la capital, segundo metro, teleférico y monorriel en Santiago.
Y al mismo tiempo, somos el país donde una familia de clase media en Piantini, en Bella Vista, en Los Alcarrizos o en Santiago Oeste tiene que levantarse a las tres de la madrugada a llenar cubetas porque no llega el agua. O comprar dos camiones cisterna al mes a dos mil quinientos pesos cada uno. O vivir con una cisterna, un tinaco y una bomba que representan un impuesto privado que el Estado le ha transferido al ciudadano por su incapacidad.
Crecemos robustos en la foto macro. Vivimos secos en la vida micro. Esa es la contradicción que define el modelo dominicano actual.
EL MILAGRO ECONÓMICO QUE NO SE TRADUCE EN UNA GOTA
Los números son indiscutibles. El Banco Central y el FMI nos aplauden. PIB de más de ciento veintisiete mil millones de dólares. Ingreso per cápita que superó los once mil dólares. Pobreza monetaria reducida del cuarenta al diecinueve por ciento en veinte años.
Pero el agua potable no se bebe con PIB.
La cobertura efectiva de agua potable continua, veinticuatro horas, siete días, con calidad potable, no supera el dieciocho por ciento a nivel nacional. En Santo Domingo, la CAASD reconoce que el déficit de producción es de más de ciento cincuenta millones de galones diarios. En el Gran Santo Domingo, más del sesenta por ciento de los hogares recibe agua solo dos o tres días a la semana. En ciudades como San Cristóbal, Barahona, Higüey y el Gran Santiago, la intermitencia es la norma.
Somos un país que puede financiar un monorriel de quinientos millones de dólares, pero no puede garantizar que una madre en Los Mina pueda bañar a sus hijos con agua de la llave sin tener que comprar un camión privado. Eso no es crecimiento. Es crecimiento sin desarrollo humano básico.
EL NEGOCIO DE LA ESCASEZ
Si hay algo peor que no tener agua, es que la escasez se haya convertido en un modelo de negocio rentable para todos, menos para el ciudadano.
Para la política, cada promesa de acueducto es un acto de campaña. Cada inauguración de un tubo es una foto. Pero ningún político quiere enterrarse, literalmente, con un sistema de alcantarillado y una red de distribución que no se ve, que cuesta miles de millones y que toma ocho años construir. Es más rentable políticamente inaugurar diez cañadas maquilladas que un acueducto que nadie ve.
Para la economía informal del agua, existe una industria multimillonaria de camiones cisterna, venta de botellones, tinacos, bombas, filtros y cisternas. Según estimaciones privadas, el negocio del agua por camiones mueve más de dieciocho mil millones de pesos al año. Es un impuesto privado que pagan los pobres y la clase media por la ineficiencia pública. Si el agua llegara veinticuatro horas, ese negocio quebraría. Y hay muchos intereses que no quieren que quiebre.
Para la propia estructura institucional, tenemos nueve instituciones que tienen que ver con agua: INDRHI, CAASD, CORAASAN, CORAAMOCA, CORAAPPLATA, COAAROM, INAPA, Ministerio de Medio Ambiente y Gabinete del Agua. Nueve cabezas, nueve nóminas, nueve presupuestos, cero responsabilidad única. Cuando falta el agua, nadie es culpable. Cuando llueve, todos se atribuyen la solución. Un país con sed no necesita nueve instituciones. Necesita una sola autoridad nacional con dientes, presupuesto y capacidad de ejecución.
NO ES SEQUÍA, ES DESGESTIÓN
Se nos quiere vender que el problema es la sequía, el cambio climático y El Niño. Es mentira a medias.
Sí, llueve menos y de forma más irregular. Pero el verdadero problema no es la falta de lluvia. Es lo que hacemos con la lluvia que cae.
República Dominicana pierde entre el sesenta y el setenta por ciento del agua que produce. No por evaporación. Por fugas, por conexiones ilegales, por tuberías de asbesto cemento de los años sesenta que nunca se cambiaron, por falta de micromedición y por un nivel de agua no contabilizada que sería escandaloso en cualquier país serio. Producimos agua para botarla por debajo de la tierra.
No hemos construido una presa importante para agua potable desde Monción en el año dos mil uno. Mientras tanto, la cuenca del Yuna, del Yaque del Norte y del Ozama están deforestadas, sin ordenamiento y con extracción masiva de agregados. Cada aguacero se lleva el suelo fértil y deja el río más seco al mes siguiente.
No es que no tengamos agua. Es que hemos destruido nuestra capacidad de retenerla, almacenarla y distribuirla. La presa de Valdesia, que abastece al cuarenta por ciento del Gran Santo Domingo, está perdiendo más del cincuenta por ciento de su capacidad por sedimentación. No necesitamos buscar más agua en otra cuenca. Necesitamos dragar y reforestar la que ya tenemos.
LA DESIGUALDAD LÍQUIDA
La falta de agua no afecta a todos por igual. Es el impuesto más regresivo que existe.
Un hogar rico en Arroyo Hondo tiene cisterna de tres mil galones, tinaco de quinientos, bomba automática, inversor y compra botellones sin sentirlo. Su falta de agua es una molestia.
Un hogar pobre en La Zurza, en Pekín de Santiago, en Guachupita o en Friusa, no tiene cisterna. Tiene que comprar el cubo a veinticinco pesos, el tanque de cincuenta y cinco galones a ciento cincuenta, o el camión a dos mil pesos que no puede pagar. Gasta hasta el doce por ciento de su ingreso mensual solo en agua, según el Observatorio de Servicios Públicos. El doble de lo que recomienda la OMS.
Una niña que tiene que cargar cubetas a las cinco de la mañana antes de ir a la escuela no tiene las mismas oportunidades que otra que abre la ducha. Una madre que tiene que decidir si compra agua para cocinar o para bañar a sus hijos vive en pobreza hídrica, aunque la estadística oficial diga que salió de la pobreza monetaria.
No hay forma de hablar de clase media robusta si la clase media tiene que vivir como si estuviera en un campamento.
DEL DISCURSO DEL CRECIMIENTO AL PACTO POR EL AGUA
Si queremos ser un país de quince mil dólares per cápita de verdad, necesitamos dejar de celebrar el crecimiento del PIB y empezar a celebrar el crecimiento de horas de agua por hogar.
Eso exige cuatro decisiones que ningún gobierno ha querido tomar porque no dan votos en cuatro años, pero salvan un país en veinte.
Primero, un Pacto Nacional del Agua con rango de ley. No un gabinete, no una mesa, no un plan. Una ley que establezca una sola Autoridad Nacional del Agua, que fusione CAASD, CORAAS e INAPA en una corporación técnica, despolitizada y con presupuesto blindado por veinte años. El agua no puede depender del director que ponga el partido de turno.
Segundo, inversión masiva en lo que no se ve. Ciento cincuenta mil millones de pesos en los próximos seis años para cambiar redes, instalar un millón y medio de micromedidores, reparar fugas y construir alcantarillado sanitario. Cada peso invertido en reducir agua no contabilizada rinde cuatro veces más que buscar una nueva fuente.
Tercero, tarifa real con subsidio focalizado. Hoy el noventa y cinco por ciento de los usuarios no paga el agua o paga una tarifa ridícula de doscientos pesos. Así ninguna empresa de agua es sostenible. Necesitamos micromedición, tarifa que cubra operación y subsidio directo vía Supérate solo a quien realmente no puede pagar. El agua gratis sale carísima.
Cuarto, reforestación y ordenamiento de cuencas como política de seguridad nacional. No hay acueducto que aguante si seguimos deforestando la loma. Pagar por servicios ambientales a los campesinos de las cuencas altas es más barato que construir otra presa.
SIN AGUA NO HAY DESARROLLO
Un país que no puede llevar agua potable a la casa de su gente no puede decir que es un país desarrollado, por más que crezca cinco o seis por ciento.
El crecimiento sin agua es una estadística. El desarrollo con agua es dignidad.
La República Dominicana ha demostrado que puede construir torres, metros y polos turísticos de clase mundial. Ahora tiene que demostrar que puede hacer algo mucho más básico y mucho más difícil: que cuando un niño dominicano abra la llave, salga agua. Potable. Veinticuatro horas. Todos los días.
Hasta que eso no ocurra, seguiremos siendo una economía robusta con una población con cubetas en la cabeza. Rica en el informe del Banco Central y seca en su propia casa.
jpm-am
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