El sábado, ataques coordinados israelíes y estadounidenses alcanzaron un complejo militar en Teherán, matando a decenas de altos cargos del régimen, entre ellos el líder supremo iraní, Alí Jamenei.
En cuestión de horas, el gobierno impuso un apagón casi total de internet, aislando al país del mundo exterior. Mostafa Zadeh, periodista internacional afincado en Teherán, explica a WIRED Middle East que no se sorprendió cuando «Estados Unidos atacó, ni cuando murió la red de su teléfono y le siguieron las líneas fijas de internet»: «Es muy similar a la respuesta del Estado a las medidas de seguridad de enero, e incluso a los brotes de agitación anteriores». El gobierno ha cortado habitualmente el acceso a internet durante las crisis, alegando normalmente problemas de seguridad como causa.
«La principal preocupación del gobierno iraní es impedir la comunicación entre los agentes de inteligencia israelíes y cualquier contacto dentro del país. Pero la carga más pesada de la política recae sobre los periodistas y los trabajadores de los medios de comunicación locales, que pierden el acceso a sus herramientas más básicas», afirma Zadeh.
Los periodistas, activistas y ciudadanos comunes que intentan documentar lo que sucede sobre el terreno se enfrentan a la opción de encontrar una manera de eludir las restricciones, arriesgándose a ser arrestados, o permanecer en silencio. «Los periodistas pagan el precio más alto. El derecho a la información es siempre la primera víctima cuando el gobierno prioriza sus objetivos de seguridad», añade Zadeh.
Apagones y más apagones
Durante las protestas que estallaron tras la muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022, las autoridades cortaron parcialmente las conexiones, en un intento de interrumpir las redes de comunicación y coordinación.
Testigos presenciales afirmaron que la interrupción que se está produciendo ahora guarda similitudes sorprendentes con el apagón de cuatro años antes, cuando las familias se vieron repentinamente incapaces de ponerse en contacto con sus seres queridos, los manifestantes quedaron aislados unos de otros y el mundo no pudo ver lo que ocurría dentro del país.
Durante el último cierre, Zadeh estaba algo preparado, ya que había organizado un viaje de cinco días a Turquía para poder seguir trabajando. Pero no tuvo tanta suerte durante el cierre anterior, en medio de la guerra de 12 días entre Irán e Israel en 2025. El periódico estadounidense para el que informaba en secreto dejó de tener noticias suyas, y su editor temió lo peor.
Esta vez, aunque tenía acceso a una conexión Starlink, prefirió no utilizarla. «El riesgo de que los servicios de inteligencia iraníes detectaran la señal del satélite y la rastrearan era demasiado grande. Una detención por esos motivos podría acarrear cargos de traición o espionaje».
Muchos de sus colegas, cuenta Zadeh, tomaron la misma decisión. Otros, sin embargo, se mantuvieron desafiantes.
Los profundos cambios legales introducidos a finales de 2025 hicieron que Irán endureciera considerablemente sus leyes de espionaje. En virtud de las disposiciones revisadas, cualquier persona acusada de espionaje, en particular para Israel o Estados Unidos, se enfrenta ahora a la pena de muerte y a la confiscación de sus bienes.
Informar bajo asedio
Las estrategias de los periodistas y activistas iraníes incluyen aplicaciones de mensajería encriptada, como Signal y Threema, llamadas telefónicas internacionales, SMS y videos grabados por ciudadanos y sacados del país de forma encriptada.
Erfan Khorshidi dirige una organización de derechos humanos desde fuera de Irán, pero cuenta con un gran equipo dentro de Teherán. Antes de las protestas de enero, su organización pasó de contrabando terminales Starlink a disidentes. Por primera vez, su equipo pudo transmitir informes, clips y fotos en tiempo casi real.
