Una guerra que fractura desde dentro el relato de quienes respaldan a Trump. Durante su comparecencia del miércoles 18 de marzo ante el Congreso, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, se negó a afirmar con claridad si el programa nuclear iraní representaba, antes de los bombardeos del 28 de febrero, una “amenaza inminente” para Estados Unidos. Una evasiva cargada de significado: desde el inicio de la ofensiva junto a Israel, Donald Trump insiste en que ese peligro justificaba la entrada en guerra contra Irán.
El testimonio de Gabbard llegó un día después de una renuncia de alto impacto: la de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo y uno de sus aliados cercanos. Al dejar el cargo, aseguró que no podía apoyar “en conciencia” una guerra contra un país que, según él, “no representaba ninguna amenaza inminente” para Estados Unidos. Se convirtió así en el funcionario de mayor rango en abandonar la administración Trump por este conflicto.
El silencio prudente de Gabbard y la salida sorpresiva de Kent reflejan el malestar de un sector del entorno presidencial. Ambos pertenecen a una corriente del trumpismo que se consolidó criticando las intervenciones militares en el extranjero y las guerras de “cambio de régimen”, desde Irak hasta Afganistán.
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Tulsi Gabbard, “en la cuerda floja”
Aunque evitó desautorizar frontalmente a Donald Trump ante los legisladores, Tulsi Gabbard tampoco reforzó su postura. En su declaración escrita, difundida antes de la audiencia, afirmaba que Irán no había hecho “ningún esfuerzo” por reconstruir su capacidad de enriquecimiento desde los ataques a sus instalaciones nucleares en junio pasado.
Sin embargo, ese fragmento desapareció durante su intervención oral. Al ser cuestionada, alegó falta de tiempo, pero confirmó que su versión escrita reflejaba la evaluación de sus servicios. El senador demócrata Mark Warner la acusó de haber omitido “las partes que contradicen al presidente”.
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Interrogada repetidamente sobre la supuesta “amenaza inminente”, Gabbard evitó respaldar el argumento central de la Casa Blanca. “No corresponde a los servicios de inteligencia determinar qué constituye una amenaza inminente”, respondió, trasladando esa decisión “al presidente”. Una fórmula que protege a Trump sin disipar la duda de fondo: ¿respaldan realmente los servicios de inteligencia la narrativa que justificó la guerra?
Para Steven Ekovich, profesor emérito de la American University of Paris, esta cautela refleja una posición insostenible. “Tulsi Gabbard apoya a Donald Trump, pero de forma muy astuta e indirecta. No afirma que hubiera una amenaza, mantiene la ambigüedad. Está en la cuerda floja”, analiza.
La incomodidad es aún más evidente si se recuerda que Trump ya la había reprendido públicamente el año pasado, cuando ella afirmó ante el Congreso que Irán no desarrollaba un arma nuclear. “No me importa lo que haya dicho”, respondió entonces el presidente. Gabbard acusó luego a los medios de distorsionar sus palabras y sostuvo que Irán podría fabricar un arma nuclear “en cuestión de semanas”.
“Gabbard no quiere confrontar al presidente porque sabe que es un riesgo para su futuro político”, explica Jérôme Viala-Gaudefroy, especialista en Estados Unidos. “No está dispuesta a perder su cargo, a diferencia de Joe Kent”.
Menos mediático que otras figuras del gobierno, Joe Kent es un exmiembro de fuerzas especiales y un trumpista declarado, partidario de la doctrina aislacionista “America First”. En su carta de renuncia, acusó a Israel de haber presionado a Estados Unidos para atacar a Irán, una idea recurrente en sectores del movimiento MAGA, a menudo vinculada a teorías conspirativas y estereotipos antisemitas.
“Es alguien muy extremista, forma parte de estos nacionalistas cristianos blancos”, señala Viala-Gaudefroy. “Es un ideólogo con posiciones cuestionables, pero se le puede reconocer cierta coherencia: actúa conforme a sus convicciones al renunciar”.
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“El silencio no será suficiente”
Por ahora, la oposición interna a Trump frente al conflicto iraní sigue siendo minoritaria. “Las figuras clave del movimiento MAGA y los defensores de la línea aislacionista prefieren guardar silencio”, explica Ludivine Gilli, directora del Observatorio de América del Norte en la Fundación Jean-Jaurès. “Es un cálculo político”.
El caso más emblemático es el del vicepresidente J. D. Vance, también proveniente del ala antiintervencionista. Desde el inicio del conflicto, se ha visto obligado a defender una guerra contra la que durante años advirtió, atrapado entre sus aspiraciones presidenciales y la necesidad de mantener el favor de Trump.
“Es la figura mejor posicionada de esta facción dentro del gobierno, y por eso está atrapado”, resume Ekovich. “Esperaba una guerra breve, pero si se prolonga, y es probable que así sea, su futuro puede complicarse”.
La presión también crece fuera del gobierno. Marjorie Taylor Greene, exaliada de Trump, instó a Gabbard y a Vance a pronunciarse públicamente. “La gente nos está observando. El silencio no será suficiente”, escribió en redes sociales.
Por su parte, Charles Eisenstein, exasesor de Robert Kennedy Jr., lanzó una petición nacional bajo el lema “Health Not War!” junto a simpatizantes del movimiento “Make America Healthy Again”.
Sin embargo, existe un freno clave: en el universo trumpista, la disidencia tiene un alto costo. “El día que hablen, se acabó para ellos”, resume Viala-Gaudefroy. “Ahí se distingue entre quienes actúan por ambición y quienes se mantienen fieles a su ideología”.
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Un “mensaje de advertencia”
El efecto disuasivo es contundente. Incluso los aliados más leales no están a salvo. Marjorie Taylor Greene lo comprobó cuando, tras cuestionar los bombardeos de junio, Trump la ridiculizó públicamente, apodándola “Marjorie ‘la Traidora’ Greene” y “Maggie ‘la Loca’”.
Para Ludivine Gilli, el episodio envía un mensaje claro: “Basta un desacuerdo puntual para que Trump movilice a su base en contra. Es una advertencia para cualquiera que piense en oponerse”.
Otros también han pagado el precio. El congresista republicano Thomas Massie intentó frenar la escalada proponiendo una ley que obligara al presidente a obtener autorización del Congreso para continuar la guerra contra Irán. La iniciativa fue rechazada y desató represalias dentro de su propio partido, que ahora impulsa un rival en las primarias con el respaldo de Trump.
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Las divisiones se extienden más allá de la política. En el ecosistema MAGA, figuras influyentes como el expresentador de Fox News Tucker Carlson han calificado el ataque contra Irán como “absolutamente repugnante y malvado”. La periodista Megyn Kelly ha acusado a sectores “pro-Israel” de haber vendido la guerra a la opinión pública.
Aun así, la fractura no se ha convertido en ruptura masiva. Según una encuesta nacional de NBC News, el 90 % de los republicanos cercanos al movimiento MAGA aprueban los ataques, frente a solo un 5 % que los consideran injustificados.
Para Viala-Gaudefroy, esta lealtad responde a una lógica que trasciende la ideología. “Estamos ante una personalización de la política cercana a un culto a la personalidad. No importa lo que haga Donald Trump, su base seguirá apoyándolo”, concluye.
Con France 24