En noviembre de 2008 tuve la oportunidad de acompañar, como parte de la prensa dominicana acreditada en el Palacio Nacional, al entonces presidente Leonel Fernández en una gira por el Golfo Pérsico que incluyó visitas oficiales al Estado de Qatar y al emirato de Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos.
Aquella experiencia, narrada en su momento en las páginas del periódico Hoy, parecía entonces una crónica de asombro ante dos territorios que avanzaban con una velocidad casi irreal hacia la modernidad. Hoy, más de tres lustros después, aquellos recuerdos adquieren una dimensión distinta.
Recuerdo bien la mañana del 8 de noviembre de 2008 en Dubái. El presidente dominicano participaba en el Foro Económico Mundial que, excepcionalmente, se celebraba en esa ciudad del Golfo, donde líderes políticos, académicos y empresarios debatían sobre la crisis financiera internacional que sacudía al planeta.
Pero más allá de los debates económicos, lo que impresionaba era el escenario. Dubái y Doha vivían entonces una competencia silenciosa por levantar proyectos urbanos que desafiaban la imaginación.
En Qatar, por ejemplo, observábamos desde el hotel donde se hospedaba la delegación dominicana la construcción de un gigantesco complejo de terrenos ganados al mar, una isla artificial llamada La Perla.
Aquella obra evocaba inevitablemente debates que también habían surgido en Santo Domingo sobre proyectos similares frente al Malecón capitalino.
Para muchos dominicanos que integrábamos la comitiva presidencial, aquella visita representó un primer contacto directo con una región que comenzaba a convertirse en uno de los grandes centros de inversión y de influencia económica del planeta.

El interés dominicano en esa región no era casual. Ya entonces los países del Golfo se perfilaban como importantes inversionistas globales, impulsados por los ingresos extraordinarios provenientes del petróleo y el gas natural.
Sus fondos soberanos comenzaban a adquirir activos estratégicos en Europa, Asia y América, mientras sus ciudades se transformaban en vitrinas de arquitectura futurista, zonas francas tecnológicas y centros logísticos de alcance mundial.
Recuerdo, por ejemplo, la visita al puerto de Jebel Ali en Dubái, uno de los complejos portuarios más grandes del mundo, así como recorridos por áreas especializadas como Internet City, Knowledge Village y Media City, donde se concentraban empresas tecnológicas y de comunicación.
Aquella estrategia de diversificación económica, basada en zonas francas y plataformas de innovación, era vista como un modelo de desarrollo alternativo al petróleo.
Para un país pequeño como la República Dominicana, observar de cerca ese proceso resultaba una lección de geopolítica y de visión estratégica.
Hoy, cuando el mundo vuelve a mirar hacia el Golfo Pérsico —ya sea por conflictos en Medio Oriente, por el papel diplomático de Qatar o por el protagonismo económico de los Emiratos— vale la pena recordar aquella gira presidencial de 2008.
Lo que en ese momento parecía una excursión diplomática hacia territorios lejanos terminó siendo, en perspectiva, una mirada temprana hacia un eje de poder que hoy influye decisivamente en la economía mundial, en los mercados energéticos y en la diplomacia global.
Quizás esa fue la principal enseñanza de aquel viaje: comprender que el mundo estaba cambiando de manera acelerada y que, incluso desde el Caribe, era necesario mirar más allá de nuestros horizontes tradicionales.
Sin embargo, el panorama actual introduce una nota de preocupación que no puede ignorarse. Aquellos mismos centros de modernidad y desarrollo que impresionaban al visitante hace más de quince años —Qatar y Dubái— hoy observan con inquietud cómo los conflictos bélicos que sacuden a Medio Oriente se acercan peligrosamente a una región marcada por profundas desigualdades y rivalidades geopolíticas.
El progreso, que parecía avanzar con paso firme en aquellas ciudades levantadas entre el desierto y el mar, enfrenta ahora la incertidumbre de un mundo cada vez más impredecible, donde los grandes intereses estratégicos y energéticos de las potencias globales pueden poner en riesgo proyectos de prosperidad construidos durante décadas.
JPM
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