Soy dominicano. Soy padre. Y, además, acompaño familias desde el trabajo social. Por eso escribo con una preocupación que no es pose ni agenda: cuando un niño desaparece, no se “pierde un caso”; se rompe una familia, se detiene una comunidad, se instala el miedo.
En República Dominicana, ante el tema, mucha gente repite una frase que suena a calmante colectivo: “aquí eso no está pasando”. Pero cuando uno se toma en serio la investigación —sin morbo, sin conspiraciones, sin inventar— y mira lo que reportan instituciones oficiales, organismos internacionales y medios importantes en países latinoamericanos, aparece una realidad que obliga a abrir los ojos: las desapariciones de niñas, niños y adolescentes existen, se denuncian, se registran y se investigan… aunque no siempre se resuelvan.
Y entonces surge la pregunta: si en tantos países cercanos hay reportes comprobables y documentados, ¿por qué aquí tanta gente se convence de que “eso no existe”? ¿Es que no ocurre… o es que no se registra bien, no se visibiliza, o no confiamos en denunciar?
Chile: cifras y registros públicos
En Chile existe un sistema formal de búsqueda y publicación de personas extraviadas, gestionado por la PDI, con fichas visibles al público. Y la propia información difundida en prensa sobre datos policiales ha señalado miles de reportes de menores en un año, con cientos que permanecían sin ubicación al cierre del período reportado. Conclusión: no es “rumor”; es un fenómeno que se cuenta y se exhibe como problema real.
Colombia: conflicto, reclutamiento y registros oficiales
En Colombia, además del dolor histórico del conflicto, hay registros oficiales de desaparecidos (Medicina Legal mantiene el RND) que permiten consulta y seguimiento. Y la Unidad de Búsqueda (UBPD) ha informado miles de solicitudes de búsqueda relacionadas con menores desaparecidos en contexto del conflicto armado. Conclusión: cuando hay registro y Estado detrás, la sociedad no tiene que “creer”; puede verificar.
Costa Rica: denuncias diarias y balance anual
Costa Rica, un país que muchos ven como “más tranquilo”, reporta una realidad que golpea: el OIJ ha hablado de un promedio de múltiples denuncias diarias por menores desaparecidos, y medios nacionales han documentado cifras anuales con localizaciones y casos aún pendientes. Conclusión: incluso donde hay institucionalidad sólida, el riesgo existe.
Ecuador: miles de denuncias y alertas sobre violencia
En Ecuador, la Fiscalía ha reportado miles de denuncias de desaparición por año. Y UNICEF ha advertido sobre reportes de desapariciones de menores en provincias específicas, conectándolo con un entorno de violencia y reclutamiento de niños y adolescentes. Conclusión: negar el fenómeno no lo reduce; documentarlo, sí permite enfrentarlo.
Guatemala
Guatemala tiene un sistema de alerta (ALBA-KENETH) que publica datos y reportes. La propia PGN informó miles de alertas activadas en 2024. Conclusión: cuando un país instala una alerta formal, deja claro que la desaparición de menores no es “leyenda urbana”: es emergencia social.
Honduras
En Honduras, el CONADEH ha señalado reportes de niñas, niños y adolescentes desaparecidos en 2024, describiéndolo como altamente preocupante. Conclusión: el tema no es “viral”; es agenda de derechos humanos.
El Salvador
Aquí aparece un punto clave: hay contextos donde la falta de transparencia distorsiona la percepción pública. Reportajes han explicado que en El Salvador se han restringido cifras oficiales sobre desaparecidos, lo que empuja a familias y organizaciones a construir sus propios registros. Además, organizaciones han documentado dificultades de registro y abordaje institucional en denuncias. Conclusión: si no hay datos abiertos, la sociedad termina discutiendo “sensaciones”, no realidades verificables.
Nicaragua
En Nicaragua, organismos internacionales han advertido sobre desapariciones forzadas y un clima donde muchas familias temen denunciar. Conclusión: el silencio no siempre significa “no pasa”; a veces significa “da miedo decirlo”.
La pregunta para RD
Ahora, volvamos a casa. Si toda esta evidencia regional existe, si hay registros, alertas, estadísticas, notas oficiales y organismos internacionales hablando del tema… ¿por qué aquí tantos aseguran que “eso no está pasando”? Yo no estoy afirmando a ciegas que estemos igual que otros países. Estoy diciendo algo más serio: si no tenemos un sistema robusto, transparente y confiable de registro y alerta, la sociedad queda indefensa ante la duda.
Porque el verdadero enemigo, además del delincuente, es este triángulo mortal:
1. subregistro (no se denuncia o no se clasifica bien),
2. desinformación (se exagera o se minimiza),
3. desconfianza (la familia siente que “nadie hará nada”).
Si queremos proteger a nuestra niñez, el camino no es pelear en redes. Es exigir y construir: registro nacional público y depurado, alerta temprana tipo “AMBER/ALBA” adaptada al país, protocolos de búsqueda en las primeras horas, coordinación real entre Policía, Ministerio Público, Migración, escuelas, alcaldías y comunidades; y educación preventiva para familias, porque parte de las desapariciones en el mundo también se relacionan con captación, trata y explotación, un fenómeno que organismos internacionales advierten que sigue afectando a poblaciones vulnerables e incluye cada vez más a menores.
La pregunta final no es para ganar un debate. Es para salvar vidas:
¿Vamos a esperar “un caso grande” para creer, o vamos a crear el sistema que evita que ese caso ocurra?
jpm-am
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