El universo en constante expansión: ¿y qué del tiempo y la distancia?

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EL AUTOR es Master en Gestión y Políticas Públicas. Reside en Santo Domingo

En 1929, Edwin Hubble demostró que las galaxias se alejan unas de otras. Aquel hallazgo confirmó que el universo no es estático. Más tarde, la relatividad general de Albert Einstein proporcionó el marco matemático para comprender ese fenómeno, mientras el modelo del Big Bang explicó su origen dinámico. Décadas después, Stephen Hawking profundizó en la naturaleza del espacio-tiempo al estudiar los agujeros negros y la posible unificación de las leyes físicas.

Pero la pregunta central permanece:

Si el universo se expande, ¿todo dentro de él también se expande?

La respuesta es no.

Lo que se expande no son las galaxias individuales, ni las estrellas, ni los planetas. Lo que se expande es el espacio mismo entre aquellos objetos que no están gravitacionalmente ligados. La imagen clásica es la de un globo que se infla: los puntos dibujados en su superficie no crecen; lo que aumenta es la distancia entre ellos.

La gravedad mantiene unidas las galaxias; la fuerza electromagnética sostiene los átomos; las fuerzas nucleares cohesionan los núcleos. La Vía Láctea no se dilata internamente, el sistema solar no se agranda y la Tierra no aumenta su tamaño. La expansión domina únicamente a escalas intergalácticas.

Incluso nuestra vecina, la Galaxia de Andrómeda, no se aleja de nosotros: se aproxima, porque está gravitacionalmente ligada a nuestra galaxia.

La expansión, por tanto, no es una explosión en el espacio; es la expansión del espacio mismo. No hay un centro desde donde todo se disperse ni un “afuera” hacia donde crezca. Cada punto del cosmos observa a los demás alejarse.

Además, desde finales del siglo XX sabemos que la expansión no solo continúa, sino que se acelera, fenómeno atribuido a la energía oscura.

¿Y el tiempo?

Aquí la cuestión se vuelve más profunda.

En la física clásica el tiempo era absoluto ( T=d/v). Pero en la relatividad, espacio y tiempo forman una unidad: el espacio-tiempo ( curvo, descrito por la dilatación temporal), donde DeltaT = a delta t1 entre la raiz cuadrada de 1- V2/C2.

Cuando el universo se expande, cambia su geometría, y el tiempo forma parte de esa geometría.

En cosmología se habla de “tiempo cósmico”: el tiempo medido por un observador que acompaña la expansión. Para ese observador, el tiempo fluye normalmente. Sin embargo, la expansión afecta cómo percibimos fenómenos lejanos.

El corrimiento al rojo cosmológico demuestra que la luz de galaxias distantes llega “estirada”. Una supernova que dura diez días en su propio sistema puede observarse desde la Tierra como si durara más. La expansión dilata los intervalos temporales observados.

El tiempo, entonces, no es independiente del espacio ni de la velocidad. Es una variable dinámica dentro de la evolución del universo.

Materia: proceso y transformación

La física moderna ya no entiende la materia como algo rígido e inmutable. Un átomo no es una esfera sólida, sino una estructura dinámica de campos y energía. Las partículas son excitaciones de campos cuánticos. La materia es proceso, no cosa.

Las estrellas nacen y mueren. Las galaxias colisionan. Los átomos se reorganizan. Incluso el destino final del universo —sea expansión indefinida (Big Freeze), colapso (Big Crunch) o algún modelo cíclico— describe transformación constante.

Sin embargo, la segunda ley de la termodinámica introduce una dirección: la entropía aumenta. El cambio no es un círculo perfecto; es una flecha.

La materia no “regresa” a sí misma; se reconfigura. La energía no se destruye: se transforma. La forma desaparece; la base energética permanece.

Ciencia y filosofía

Si todo cambia y nada permanece en su forma original, ¿qué es la identidad?

Desde el punto de vista físico, nuestros cuerpos están hechos de átomos forjados en estrellas antiguas. Al morir, la estructura biológica se desintegra, pero la materia no desaparece: se reorganiza. En ese sentido, no dejamos de existir materialmente; cambiamos de configuración.

La idea de que nacemos como “tabla rasa” suele asociarse a John Locke, aunque ya en la antigüedad Sócrates reflexionaba sobre la formación del conocimiento. Crecemos, aprendemos, envejecemos y nos reintegramos al ciclo material del universo.

La física no puede medir la “esencia”, pero sí confirma algo notable: toda la materia que existe provino de una misma condición inicial del Big Bang. En ese sentido, todo está conectado.

Conclusión

El universo se expande, pero las estructuras internas pueden conservar su tamaño.

La materia no muere: se transforma.

La energía no se pierde: cambia de forma.

El tiempo no es absoluto: depende del espacio, la velocidad y la gravedad.

Tal vez no somos entidades aisladas, sino configuraciones temporales de un cosmos dinámico. Y quizá, como sugiere la antigua expresión bíblica, “del polvo vienes y al polvo volverás”, no sea una sentencia de desaparición, sino una afirmación de transformación.

Porque en el fondo, más que un círculo cerrado, el universo parece ser un proceso continuo de redistribución y cambio.

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