¿Cuándo empezaron los humanos a utilizar sustancias químicas de la naturaleza como armas? Investigadores de Sudáfrica y Suecia analizaron puntas de flecha de cuarzo excavadas en el yacimiento de Umratuzana Rockshelter, en KwaZulu-Natal, y descubrieron que los humanos ya utilizaban venenos derivados de plantas en las flechas para cazar hace unos 60,000 años. Se trata del caso más antiguo de la historia de prueba química del uso de flechas envenenadas.
Hasta ahora, la prueba directa más antigua del uso humano primitivo de flechas envenenadas era una punta de flecha de hueso de 6,700 años de antigüedad hallada en las cuevas de Kruger, Sudáfrica. La investigación, que adelanta la evidencia en más de un orden de magnitud, representa un gran avance en el estudio de los orígenes de la cognición humana.
«Esta seria la prueba directa más antigua del uso humano del veneno de flecha», explica Marlise Lombard, del Instituto de Investigaciones Antiguas de la Universidad de Johannesburgo. Añade: «Nuestros ‘ancestros’ del sur de África no solo inventaron el arco y la flecha mucho antes de lo que se pensaba, sino que también comprendieron cómo utilizar las sustancias químicas de la naturaleza para cazar con más eficacia».
Qué dice el estudio
Para estudiar diez puntas de cuarzo excavadas en el yacimiento, Lombard y su equipo emplearon cromatografía de gases con espectrometría de masas, una técnica que separa compuestos vaporizados y los identifica mediante un espectrómetro.
Como resultado, detectaron dos alcaloides, compuestos orgánicos básicos que contienen nitrógeno y se encuentran principalmente en las plantas, la «bufanidolina» y la «epibufanisina», en cinco de las diez muestras. Los investigadores determinaron que estos compuestos proceden del exudado del bulbo de una planta de la familia Cercidiphyllaceae llamada «Beaufone disticha», comúnmente conocida como «bulbo venenoso» (Gifbol).
Este «bulbo venenoso» sigue siendo utilizado por los cazadores tradicionales del sur de África. Su toxicidad es tan intensa que los animales pequeños, como las ratas, pueden morir en 20-30 minutos, incluso en pequeñas dosis. Si es ingerido por humanos, se sabe que causa síntomas graves como náuseas, coma, debilidad muscular, discapacidad visual y dificultades respiratorias.
Evidencias químicas a lo largo del tiempo
Hay razones químicas detrás del hecho de que estos compuestos pudieran seguir detectándose después de 60,000 años. Por ejemplo, la bufanidrina es insoluble en agua y estructuralmente estable, lo que dificulta su descomposición durante un largo periodo de tiempo. También se cree que el entorno ácido de los estratos del yacimiento contribuyó a la conservación de la materia orgánica.
La fiabilidad del análisis se reforzó aún más al compararlo con una punta de flecha de 250 años conservada en un museo sueco: los mismos compuestos se encontraron en estas puntas de flecha recogidas por naturalistas del siglo XVIII. El hecho de que se encontraran restos del mismo veneno tanto en puntas de flecha antiguas como modernas indica que estos conocimientos pueden haberse transmitido de generación en generación.
«El hecho de que encontráramos restos del mismo veneno tanto en puntas de flecha prehistóricas como modernas fue decisivo. Al estudiar la estructura química en detalle y dilucidar sus propiedades, descubrimos que estas sustancias eran lo bastante estables como para permanecer en el suelo durante un largo periodo de tiempo», explica Sven Isaksson, del laboratorio arqueológico de la Universidad de Estocolmo.
Una estrategia para alcanzar a la presa
La aplicación de veneno a una flecha puede parecer sencillo, pero en realidad requiere habilidades cognitivas extremadamente complejas. Requiere una serie de pasos para identificar la planta venenosa, extraer el veneno de su bulbo y aplicarlo adecuadamente a la punta de la flecha.
El veneno no mataba a la presa de inmediato. Un animal alcanzado por una flecha envenenada se debilitaba mientras huía durante varios kilómetros hasta agotarse y caer. Mientras tanto, el cazador debía seguir sus huellas para localizarlo. Esta estrategia de caza exige comprender la relación causa-efecto entre «fuerzas invisibles con consecuencias retardadas en el tiempo». La existencia de flechas envenenadas constituye, por tanto, una prueba contundente de pensamiento abstracto y planificación avanzada en los primeros humanos.

