Por Jorge Juan Feliz Pacheco
Hace unos días participé como expositor en el Congreso de Best Buddies República Dominicana, dentro del panel Ciudades Inclusivas. Más que intervenir como regidor, hablé como ciudadano que camina la ciudad, la observa y la escucha. Basta recorrer nuestras calles para comprender que la inclusión urbana no es un concepto abstracto: es una realidad que se vive —o se padece— en cada acera deteriorada, en cada esquina ocupada sin control, en cada cruce sin señalización adecuada.
En Santo Domingo, caminar sigue siendo un desafío para muchos. Adultos mayores obligados a descender de la acera porque está intransitable; madres que deben empujar cochecitos por la vía vehicular; personas con discapacidad que no pueden desplazarse sin asistencia. No se trata únicamente de infraestructura. Se trata de dignidad. Una ciudad justa es aquella donde todos pueden desplazarse en igualdad de condiciones, sin que la edad, la condición física o el nivel socioeconómico determinen el acceso al espacio público.
Hablar de justicia urbana implica hablar de prioridades. La pirámide de movilidad debe situar primero al peatón, luego al transporte masivo, seguido del transporte de carga —fundamental para la economía— y, finalmente, al vehículo privado. Sin embargo, con frecuencia operamos en sentido inverso. El resultado es una ciudad eficiente para algunos, pero excluyente para otros.
Las ciudades inclusivas no se construyen únicamente con grandes proyectos. Se consolidan a partir de decisiones consistentes y bien orientadas: aceras continuas, iluminación adecuada, cruces seguros, señalización clara y espacios públicos mantenidos con rigor. Son intervenciones que pueden parecer menores, pero definen si una persona puede ejercer su derecho a moverse libremente. Y ese derecho es, en esencia, una cuestión de justicia social.
Mi experiencia en Best Buddies reforzó algo que confirmo cada vez que recorro los sectores del Distrito Nacional: existe una demanda clara por una ciudad más humana. No basta con asignar recursos; se requiere visión estratégica, coordinación institucional y la convicción de que el desarrollo urbano no se mide por la altura de los edificios, sino por la calidad de la vida cotidiana. Necesitamos más “acupuntura urbana”: intervenciones precisas, sostenidas y enfocadas, calle por calle.
Santo Domingo atraviesa un momento determinante en su evolución urbana. Contamos con capacidad técnica, ciudadanía activa y una creciente conciencia sobre la importancia de planificar con criterios de inclusión. Si esos elementos se articulan mediante políticas públicas coherentes y sostenidas, podemos transformar la experiencia de caminar la ciudad en algo seguro, digno y accesible para todos. No es una aspiración retórica; es una meta alcanzable si actuamos con coherencia y sentido de futuro.
¡Santo Domingo tiene con qué!