La corrupción… una verdad generacional

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El autor es abogado. Reside en Barahona

POR EZEQUIEL CUEVAS

La corupción ha sido uno de los problemas estructurales más persistentes en la vida institucional de la República Dominicana. A pesar de los avances formales en materia democrática desde el fin del autoritarismo, la percepción social sigue señalando que el uso indebido de los recursos públicos continúa siendo una práctica recurrente dentro de diferentes niveles del Estado.

Este fenómeno no solo afecta las finanzas públicas, sino que también debilita la confianza ciudadana en las instituciones y erosiona la legitimidad del sistema democrático.

A lo largo de la historia política dominicana, la corrupción ha adoptado diversas formas, desde el clientelismo hasta el desvío directo de fondos públicos. Muchos analistas sostienen que, en determinados momentos, el manejo del poder público se ha vinculado con prácticas que privilegian intereses particulares por encima del interés colectivo.

Esta realidad ha contribuido a consolidar la percepción de que el acceso a cargos públicos puede convertirse en un medio para obtener beneficios personales o para favorecer redes de allegados.

Uno de los elementos más preocupantes es la progresiva normalización social de ciertas prácticas indebidas. En algunos sectores se ha llegado a percibir el acceso al Estado como una oportunidad económica, lo que ha contribuido a una cultura política donde el servicio público pierde su carácter de responsabilidad ética y se transforma en un espacio de acumulación patrimonial. Este fenómeno, descrito por diversos estudiosos como una “institucionalización informal de la corrupción”, ha alimentado la idea de que el ejercicio del poder puede convertirse en un modus vivendi para ciertos actores políticos.

En este contexto, también se ha observado cómo se forman redes de expectativas alrededor de los funcionarios públicos. Amigos, aliados políticos e incluso miembros de círculos cercanos suelen esperar beneficios derivados de la influencia que otorga el cargo. Estas expectativas pueden manifestarse en contratos, empleos públicos o participación indirecta en negocios vinculados al Estado, generando un sistema de favores que reproduce y fortalece prácticas clientelares.

El impacto de este fenómeno trasciende el ámbito económico. Cuando la ciudadanía percibe que el acceso al poder está asociado a la posibilidad de enriquecimiento ilícito, se debilitan los incentivos para la participación política basada en principios y programas. En su lugar, emerge una lógica pragmática donde lo importante no es la gestión pública eficiente, sino la capacidad de aprovechar las oportunidades que brinda el control de recursos estatales.

La problemática no se limita a los niveles más altos del gobierno. A lo largo de diferentes periodos históricos se ha señalado que prácticas indebidas pueden reproducirse en múltiples escalones de la administración pública, desde cargos de gran visibilidad hasta posiciones administrativas de menor jerarquía. Este carácter transversal de la corrupción hace que su erradicación resulte particularmente compleja.

Sin embargo, también es importante reconocer que la sociedad dominicana ha desarrollado, en las últimas décadas, una mayor sensibilidad frente a estos temas. El fortalecimiento de la prensa investigativa, el papel de organizaciones de la sociedad civil y la creciente presión ciudadana han contribuido a visibilizar casos que anteriormente permanecían en la opacidad institucional.

Asimismo, el marco jurídico dominicano ha incorporado normas destinadas a prevenir y sancionar la corrupción. La Procuraduría General de la República y otras instancias estatales han impulsado investigaciones y procesos judiciales en distintos momentos, lo que refleja un intento institucional por enfrentar estas prácticas, aunque los resultados siguen siendo objeto de debate público.

No obstante, los desafíos siguen siendo significativos. La lucha contra la corrupción requiere no solo de mecanismos legales, sino también de transformaciones culturales profundas dentro de la administración pública y la sociedad. La transparencia, la rendición de cuentas y el fortalecimiento de los controles institucionales son elementos fundamentales para reducir los incentivos a las prácticas ilícitas.

De igual manera, la consolidación de una ética pública sólida constituye un componente indispensable. La formación de los servidores públicos, el establecimiento de sistemas efectivos de supervisión y la participación activa de la ciudadanía pueden contribuir a crear un entorno donde el ejercicio del poder esté realmente orientado al bien común.

En definitiva, el debate sobre los niveles de corrupción en la República Dominicana revela una tensión permanente entre las aspiraciones democráticas y las prácticas que históricamente han debilitado la gestión pública.

Superar esta realidad implica un compromiso sostenido de las instituciones, la sociedad civil y los líderes políticos para construir un Estado donde la administración de los recursos públicos responda exclusivamente al interés colectivo y no a la lógica del beneficio privado.

ezequielcuevase@gmail.com

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