Las críticas de las últimas semanas de Donald Trump al Gobierno de España han elevado la tensión con un aliado histórico de Washington durante las últimas décadas. Pero más allá de este encontronazo, las relaciones diplomáticas entre España y Estados Unidos han estado llenas de vaivenes y un antibelicismo y recelo hacia el país norteamericano desde una parte de la sociedad y la política española. En France 24 lo analizamos.
Pedro Sánchez volvió a entonar el histórico «no a la guerra» que defendieron millones de españoles durante las históricas marchas que se tomaron las principales ciudades del país ibérico en febrero de 2003 para justificar su decisión de no dejar a Estados Unidos utilizar las dos bases militares de uso compartido en España para coordinar ataques contra Irán en medio de la nueva guerra que sacude a Medio Oriente.
La decisión sorprendió debido a la contundencia de España en su negativa, una respuesta lejana de las dudas o la aceptación por parte de otros aliados europeos de Washington. Aunque para Trump fue tomado como un nuevo episodio de desafío, que se suma al rechazo de Madrid a aumentar el gasto en defensa al 5% del PIB, tal y como ha pedido el mandatario estadounidense a todos los aliados de la OTAN.
Desde algunos sectores se teme que las amenazas de Trump contra las relaciones comerciales con España afecten a la sintonía entre ambos países. Pero, ¿cómo han sido las relaciones diplomáticas entre España y Estados Unidos a lo largo de la historia?
La guerra hispano-estadounidense de 1898: origen del antiamericanismo en España
Madrid y Washington tienen una alianza sólida desde la década de 1950, pero no siempre fue así. Aunque España colaboró con ayuda militar y armamentística a los colonos estadounidenses en su guerra independentista contra Reino Unido, la influencia creciente de Estados Unidos en el continente americano comenzó a volverse de forma rápida un problema para un imperio en decadencia, como lo era España en el siglo XIX.
Las tensiones aumentaron durante décadas hasta que, en 1898, Estados Unidos acusó falsamente a España de atacar el acorazo ‘Maine’ y declaró la guerra al país europeo. El resultado fue una rápida y humillante derrota española, que se vio obligada a ceder Cuba, Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos, territorios considerados ya provincias de España y claves para la economía del país ibérico.
Este conflicto, llamado en España como el ‘Desastre del 98’ sumió al país ibérico en una profunda espiral de inestabilidad, crisis, atraso y violencia que alcanzaría su máxima expresión en la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939), que dejaría más de medio millón de muertos, un país devastado y al mando a un dictador de origen militar llamado Francisco Franco.
Franco, al igual que buena parte del estamento militar español, heredó ese recelo histórico contra Estados Unidos por la humillación nacional que supuso la guerra del 98. Es por eso que durante los primeros años de dictadura se alineó sin titubeos a las potencias fascistas del Eje, teniendo como máximos aliados a la Italia fascista y la Alemania nazi.
Estas alianzas costaron muy caras a España tras el final de la Segunda Guerra Mundial, ya que aunque las potencias aliadas -lideradas por Estados Unidos- no decidieran intervenir y derrocar a Franco sí optaron por aislar a España de la comunidad internacional y rechazar cualquier tipo de ayuda -como el Plan Marshall- para Madrid.
Ayuda a cambio de bases militares en el contexto de Guerra Fría
Así las cosas, España vivió como un Estado paria hasta el inicio de la década de 1950. A partir de ahí es cuando al Gobierno del republicano Dwight D. Eisenhower le empezó a interesar una alianza con Madrid, basada en el profundo anticomunismo del dictador Franco y a la posición estratégica de España en un contexto de Guerra Fría contra la Unión Soviética. Franco aceptó el uso compartido con Estados Unidos de cinco bases militares en la península Ibérica a cambio de ayuda militar y económica para su régimen en los llamados Pactos de Madrid (1953).
Eisenhower, de hecho, se convirtió en 1959 en el primer presidente de Estados Unidos en visitar España en toda la historia. Algo que fue repetido por sucesores republicanos como Richard Nixon o Gerald Ford. La alianza entre España y Estados Unidos se fortaleció todavía más durante la transición democrática española, a partir de 1976, y se consolidó con la entrada de Madrid a la OTAN en 1982.
Esta entrada de Madrid a la alianza atlántica generó muchas resistencias debido a que desde numerosos sectores sociales progresistas se comenzó a cuestionar que España entrase en uno de los bandos de la Guerra Fría y permitiese la existencia de bases militares estadounidenses en su territorio. Así es como numerosas manifestaciones contra Estados Unidos se dieron por todo el país y el entonces residente socialista Felipe González se vio obligado a convocar un referendo sobre la permanencia en la OTAN en 1986. El resultado fue ajustado, pero un 56% de españoles optaron por decir que sí a permanecer en la OTAN.
«No a la guerra» de Irak
La alianza con Washington ha generado rechazo desde los sectores más antibelicistas durante estas décadas en España. Algo que se pudo comprobar también en 2003, cuando José María Aznar decidió secundar la estrategia de George W. Bush y formar parte de la alianza que invadió Irak en busca de la destrucción de armas masivas. Esta cuestión generó un profundo rechazo entre la sociedad española, que se manifestó de forma masiva en las calles de ese país durante semanas.
La presión sobre Aznar aumentó tras los atentados del 11 de marzo de 2004 contra el sistema de trenes de cercanías de Madrid, en el que murieron 192 personas. La sociedad española interpretó que esa tragedia podría estar ligada a la acción de España en Medio Oriente y en las elecciones del 14 de marzo el Partido Popular de José María Aznar y Mariano Rajoy sufrió una contundente derrota que aupó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero.
Desde entonces, el PSOE y la izquierda española en general, han sido más reacios a involucrar a España en cualquier conflicto armado y también a aumentar el gasto militar del país. Unas cuestiones que Pedro Sánchez tiene muy presentes a la hora de no querer repetir errores pasados y de alentar a su electorado entonando de nuevo el «no a la guerra».