Esta tecnología alcanzó su máximo esplendor en los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México de 1968, cuando se instaló un panel táctil en la piscina, que permitía a los atletas detener el cronómetro con sus propias manos. Esto eliminó la necesidad de cronometradores junto a la piscina, eliminando por completo el riesgo de error humano. Esto marcó un punto de inflexión revolucionario en el cronometraje.
«Volar» ha pasado a ser objetivo
Aunque se había conseguido el timing objetivo, todavía quedaba un asunto por resolver: la «injusticia» invisible que acecha en el mismo momento del inicio.
En los Juegos Olímpicos de Verano de 1984 de Los Ángeles, se introdujeron bloques de salida equipados con un sistema de detección de salidas falsas debido a las limitaciones de confiar en el juicio visual del árbitro.
Una reacción indetectable para el ojo humano ocurre menos de 0.100 segundos después de la salida, pero es detectada por un sensor integrado que mide la presión sobre los tacos 4,000 veces por segundo. En este momento, el concepto de «salida en falso», que antes se dejaba al criterio subjetivo del árbitro, ahora se basa en datos objetivos.
Pero persistía un problema más fundamental: el propio sonido del pistoletazo de salida socavaba la imparcialidad. El sonido viaja más lento que la luz, por lo que hay un ligero retraso entre el momento en que el sonido emitido por el pistoletazo viaja por el aire y el momento en que llega a los oídos de los atletas.
El jugador en la línea más cercana a la pistola oye el sonido solo unos milisegundos antes que el jugador en la línea más alejada. Son solo unos milisegundos, pero en un deporte donde cada milésima de segundo cuenta, es una diferencia significativa.
La «pistola de salida electrónica», introducida en los Juegos Olímpicos de Invierno de Vancouver 2010, eliminó esta injusticia causada por las leyes de la física. Al apretar el gatillo, ocurren tres cosas simultáneamente: un destello de luz, un sonido de inicio y un temporizador.
