La pretensión de «colonizar» otra vez

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El autor es periodista y exdiputado. Reside en Barahona

La Declaración de Bogotá, adoptada recientemente en la X Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, irrumpe con fuerza en un escenario de altísima fragmentación geopolítica global. El documento emite una advertencia diáfana frente a las pretensiones externas de tutela, estableciendo con determinación que la soberanía regional representa un valor supremo que bajo ninguna circunstancia resulta negociable para los países firmantes.

Este posicionamiento surge como respuesta institucional ante la intervención militar ejecutada por Estados Unidos en territorio venezolano, un hecho que ha transformado el mapa de seguridad en todo el hemisferio occidental. Aunque el texto diplomático evita señalar de forma nominal al agresor, construye una arquitectura argumentativa basada en los principios fundamentales del derecho internacional y en los estatutos vigentes de la Carta de las Naciones Unidas.

En ese sentido, la declaración reafirma la vigencia del principio de no injerencia y la igualdad soberana de los Estados, respondiendo directamente al trauma causado por la operación del pasado 3 de enero. Aquella incursión militar culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Dilia Flores, un evento que ha obligado a la región a blindar nuevamente su condición de Zona de Paz.

El multilateralismo como escudo regional

Los mandatarios destacaron la plena vigencia de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, un compromiso que obliga a los Estados miembros de la CELAC a garantizar el respeto mutuo. Esta postura retoma los acuerdos de la II Cumbre celebrada en La Habana, subrayando que la estabilidad regional depende exclusivamente de la voluntad política de sus propios actores y no de agendas foráneas.

El texto abordó los temas más sensibles de la actual coyuntura internacional, enfatizando la urgencia de fortalecer los mecanismos de coordinación multilateral para contrarrestar las políticas de presión unilateral que socavan el orden democrático. Bajo esta premisa, los países reiteraron la necesidad de que una figura nacional de nuestra región asuma la Secretaría General de las Naciones Unidas con un criterio de equilibrio geográfico.

La búsqueda de este liderazgo global busca garantizar que las voces del sur global sean escuchadas con la misma relevancia que las de las potencias tradicionales en los foros de decisión internacionales. Esta estrategia de coordinación diplomática pretende evitar que se repitan episodios de judicialización extraterritorial de líderes políticos, asegurando que la justicia y el derecho internacional operen de manera equitativa y justa para todos.

La lectura política y el eco de la historia

Fuera del rigor del documento oficial, las palabras del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva han servido para amplificar la lectura política de este convulso momento que atraviesa la región.

«Nos quieren colonizar otra vez», afirmó el mandatario en Bogotá, conectando de manera directa las agresiones actuales contra Venezuela con las viejas prácticas imperialistas que marcaron el siglo pasado en América Latina.

La sentencia de Lula no representa un simple exceso de retórica política, sino que constituye una interpretación analítica que vincula la intervención militar con una estrategia diseñada para reinstalar relaciones de subordinación. En este contexto, el secuestro de un jefe de Estado y su traslado forzoso adquieren una dimensión que trasciende lo jurídico para inscribirse en la disputa por el control de los recursos estratégicos.

De este modo, la Declaración de Bogotá funciona como un muro de contención diplomático que, a pesar de las divergencias ideológicas internas, logra asentar una línea roja sobre la defensa del territorio. Lo que no se dice abiertamente en las cláusulas se lee claramente en el espíritu de la unidad regional, donde la advertencia sobre la neocolonización resuena como el telón de fondo de una nueva etapa.

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