La revolución de los órganos que se reparan solos ya comenzó

Los órganos pueden tratarse antes de ser implantados. Las máquinas de perfusión prolongan el tiempo de espera, abren la puerta a terapias personalizadas y podrían dar lugar a auténticos «hospitales de órganos». Pero la verdadera revolución, según los expertos, va aún más allá: células reprogramadas que podrían eliminar las listas de espera por completo.

Cuando un cirujano extrae un órgano de un donante, comienza una carrera contrarreloj que durante décadas ha obedecido reglas simples y despiadadas: frío, rapidez y precisión. Un corazón dura aproximadamente cuatro horas fuera del cuerpo; un riñón, hasta 36.

WIRED Italia se reunió con científicos italianos que están impulsando esta transformación: Lorenzo Piemonti, director del Instituto de Investigación de la Diabetes del Hospital San Raffaele de Milán y referente europeo en el trasplante de islotes pancreáticos, y Sergio Vesconi, director científico de la Fondazione Trapianti Onlus y exdirector del servicio de urgencias del Hospital de Niguarda.

Lo que relatan es un campo donde la logística se convierte en biología, la conservación en terapia, y la frontera entre trasplante y medicina regenerativa se difumina cada año más.

De la bolsa de hielo a la máquina viviente

Durante décadas, el protocolo se ha mantenido prácticamente inalterado. Piemonti explica que el órgano se perfunde primero con una solución fría que ralentiza el metabolismo celular y, a continuación, se coloca en una caja de tres niveles: un contenedor interno con la solución de conservación, uno intermedio que lo sella todo y un contenedor isotérmico externo con hielo, a una temperatura de entre 2 y 8 °C.

«Este es el estándar mundial», añade, subrayando que se trata de «un sistema bien probado, pero con una limitación fundamental: es pasivo». Por ello, el órgano corre el riesgo de deteriorarse, y el cirujano debe apresurarse para evitar perderlo.

Sin embargo, hace unos veinte años se produjo un gran avance: las máquinas de perfusión ex situ. Estos dispositivos mantienen el órgano conectado a una bomba que hace circular fluidos en su interior, como si aún estuviera dentro del cuerpo del donante. «Estos sistemas mantienen el líquido circulando por el órgano, eliminan los residuos metabólicos y evitan que los capilares más pequeños se colapsen», explica Vesconi. Los tiempos de almacenamiento se prolongan drásticamente: días en lugar de horas. Pero la ventaja más sutil es que esta tecnología abre una ventana que antes no existía. Piemonti explica: «Permite tratar el órgano: administrar antiinflamatorios, infundir células terapéuticas o intervenir quirúrgicamente en las partes dañadas. Son cosas que eran imposibles cuando el órgano estaba simplemente en una bolsa de hielo».

trasplantes de hígado

Un nuevo modelo de IA anticipa con precisión el momento del fallecimiento de los donantes de hígado en el 75% de los casos, lo que permite garantizar la calidad del órgano para un trasplante.

Los donantes marginales, en el centro de la innovación

La ganancia de tiempo no es solo logística. Hoy en día, los donantes son cada vez más mayores. «La época en que una parte importante de los donantes procedía de traumatismos por accidentes de tráfico en individuos jóvenes ha disminuido progresivamente. La mayoría de los donantes son mayores y tienen causas de muerte principalmente cerebrovasculares, con un perfil clínico más complejo», argumenta Vesconi, quien los describe como «donantes marginales».

Antes se descartaban casi automáticamente, pero actualmente, gracias a las nuevas tecnologías, pueden recuperarse. «Al ponerlos en una máquina de perfusión y estudiar cómo funciona el órgano fuera del cuerpo, se puede decidir si es trasplantable o no. Se hace una prueba de cómo se comporta el propio órgano», expone Vesconi.

La perfusión normotérmica, es decir, a temperatura corporal, es la que permite una evaluación funcional más refinada: un riñón en estas condiciones puede producir orina, un hígado bilis. El órgano vuelve a funcionar y los médicos pueden observarlo en tiempo real antes de decidir si implantarlo. Un pulmón con un lóbulo dañado por una contusión torácica, por ejemplo, se operaba durante la perfusión: se extirpaba el lóbulo, se suturaba y luego se trasplantaba la parte que funcionaba, un procedimiento imposible en la antigua logística.