Las bacterias intestinales pueden llegar al cerebro; un estudio con ratones encuentra cómo

Más que ser un aparato que simplemente mueve alimentos, líquidos y desechos a través del tracto digestivo, en el intestino habita un enorme conjunto de microorganismos denominado microbiota intestinal. Además de absorber nutrientes y eliminar residuos, este ecosistema microbiano prácticamente actúa como un “segundo cerebro” con efectos profundos en el resto del cuerpo e incluso en la salud mental (¿alguna vez has sentido “mariposas en el estómago” antes de un examen importante? Esa es tu flora intestinal “pensando” por ti).

Científicos han estudiado la compleja relación entre el cerebro y el intestino desde distintos ángulos, y uno de los más fascinantes busca averiguar cómo se comunican estos dos organismos del cuerpo. La mayoría de explicaciones se han centrado en señales químicas, inmunológicas o metabólicas, pero quizás exista una vía más directa. En un nuevo estudio con ratones, un grupo de investigadores de la Universidad Emory (en Atlanta) encontró evidencia de que ciertas bacterias intestinales pueden trasladarse físicamente desde el intestino hasta el cerebro. ¿Cómo? Pues, muy posiblemente, por el nervio vago.


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La cepa Psychrobacter SC65A.3 puede evadir los efectos de 10 antibióticos modernos y alberga más de 100 genes asociados con la resistencia bacteriana.


Nervus vagus: el túnel de la migración bacteriana

Para llegar a esta conclusión, los científicos utilizaron varios modelos de ratón y modificaron su alimentación con una dieta rica en grasas para alterar la composición de la microbiota intestinal y aumentar la permeabilidad de la barrera intestinal («leaky gut«). En estas condiciones, detectaron pequeñas cantidades de bacterias en el cerebro de los animales. Lo llamativo es que estos microorganismos no aparecieron en la sangre ni en otros órganos, lo que sugiere que no se trataba de una infección sistémica convencional.

El equipo examinó entonces el nervio vago, una estructura que conecta el intestino con el cerebro. Allí también encontraron bacterias, y cuando interrumpieron quirúrgicamente este nervio en algunos animales, la cantidad de microorganismos detectados en el cerebro disminuyó considerablemente. Este resultado indica que el nervio vago podría actuar como un canal para la migración bacteriana.

Los investigadores también observaron que el fenómeno dependía del estado del intestino. La dieta rica en grasas alteró la microbiota y debilitó la barrera intestinal, facilitando el paso de bacterias fuera del tracto digestivo. La buena noticia es que cuando los ratones volvieron a una dieta normal, la permeabilidad intestinal se redujo y las bacterias dejaron de detectarse en el cerebro. Esto sugiere que el proceso puede ser reversible con una dieta sana.

Los científicos realizaron un segundo experimento al introducir deliberadamente una bacteria específica en el intestino de los ratones y, tras modificar su dieta, encontraron esa misma bacteria en el cerebro. Además, al alterar la microbiota con antibióticos, cambiaron también las especies que lograban llegar al cerebro. Esto indica que el origen de los microorganismos detectados es efectivamente intestinal.

El vínculo bacterias intestinales-afecciones neurológicas

El estudio también analizó modelos animales de trastornos neurológicos como Alzheimer, Parkinson y autismo. En estos casos, incluso sin modificar la dieta, se detectaron pequeñas cantidades de bacterias en el cerebro y en el nervio vago. Todos estos modelos compartían en común un aumento en la permeabilidad intestinal, lo que respalda la idea de que esta condición actúa como puerta de entrada.

Es importante señalar que los niveles bacterianos encontrados en el cerebro fueron muy bajos, muy distintos a los observados en infecciones como la meningitis. Además, los investigadores no detectaron bacterias en el líquido cefalorraquídeo ni en las meninges. Esto indica que se podría tratar de un fenómeno diferente a una infección aguda tradicional.

La limitación más obvia del estudio, publicado este mes en PLOS Biology, es que este se hizo con ratones, pero si un proceso similar ocurre en humanos, podría ayudar a explicar la relación entre la salud intestinal y diversas enfermedades neurológicas. Este camino nos llevaría a explorar nuevas estrategias preventivas enfocadas en la dieta, la microbiota y la integridad de la barrera intestinal. Otro estudio reciente descubrió cómo el deterioro cognitivo, en particular la pérdida de memoria, está estrechamente ligado a los cambios en la composición de la microbiota intestinal que se producen con la edad. Resulta que cuando ciertas especies bacterianas proliferan en exceso, producen una acumulación de sustancias que desencadenan respuestas inflamatorias de bajo grado, interfiriendo en la comunicación nerviosa.

En suma, el cerebro podría estar influido tanto por señales químicas provenientes del intestino como por la llegada directa de micoorganismos. ¿Cuáles serían las consecuencias biológicas de la presencia de bacterias en el cerebro humano? Más investigaciones serían necesarias para explicar este mecanismo.