Es la primera vez que las semillas de olivo se resguardan en la bóveda global ubicada en Svalbard, Noruega. Pero no es el único banco donde preservan alimentos para garantizar que sigan existiendo a pesar de los cambios en la agricultura y los climas extremos.
Los olivos ya están resguardados en el banco de semillas más grande del mundo conocido como el «arca de Noé». Por primera vez, se depositaron en la Bóveda Global de Svalbard, ubicada en Noruega, y por una iniciativa impulsada por el Consejo Oleícola Internacional, la FAO y el Ministerio de Agricultura de España.
Antes de llegar a Noruega, las semillas pasaron por una ardua selección para garantizar que se guarden las mejores y las que puedan servir incluso 10 años después de estar congeladas en la bóveda, como le explicó a France 24 Jaime Lillo López, director ejecutivo del Consejo Oleícola Internacional, una organización internacional e intergubernamental dedicada al aceite de oliva y las aceitunas de mesa.
“A lo largo de miles de años, los olivicultores han ido seleccionando planta a planta las que mejor se adaptaban, las que daban un aceite más rico o más aceite o habían resistido a una helada particularmente dura o habían resistido a un verano particularmente seco. Y todo ese material que se ha ido seleccionando a lo largo de miles de años, hoy en día se conserva en colecciones internacionales de olivos o bancos de germoplasma que reconoce y gestionamos a través de la red del Consejo Oleícola Internacional”, señaló Lillo.
Dicho proceso de selección comenzó en el Banco de Germoplasma Mundial de Olivo, ubicado en Córdoba, España; donde guardan más de 700 variedades de olivos de todos los continentes. Luego, fueron transportados en recipientes herméticos a -18ºC para garantizar que tuvieran la misma temperatura que tendrán en Svalbard. El objetivo es preservar una especie que ha contribuido a la humanidad.
“Un mensaje importante es que, cuando hablamos del aceite de oliva, hablamos de un producto que da esa posibilidad no solamente de proteger el planeta, porque es un cultivo resiliente, es un cultivo que garantiza esa sostenibilidad, pero también es un producto que garantiza la salud. Y, por lo tanto, cuando hablamos del aceite de oliva, hablamos de un producto que da no solamente beneficios para la salud humana, sino también para la salud del planeta”, indicó Abderraouf Laajimi, director adjunto del Consejo Oleícola Internacional.
Los bancos de semilla que surten al «arca de Noé»
Aunque Svalbard es la bóveda más grande del mundo, no es la única. Tan solo contando los del Grupo Consultivo de Investigación Agrícola Internacional, son 16 centros internacionales que guardan semillas. La diferencia es que cada lugar se enfoca en un alimento en particular, dependiendo del país donde estén ubicados.
Por ejemplo, en México se guarda el maíz y el trigo; en Perú, la papa; en Nigeria están el plátano y el ñame; y el arroz se encuentra en Filipinas. La manera de preservar las semillas y las plántulas que guardan es tener una primera copia de respaldo en alguno de los centros hermanos y enviar una segunda copia a Svalbard. Por eso, el centro noruego es el más grande del mundo.
Preservar ese material salvó, por ejemplo, de la destrucción total a las más de 14.000 leguminosas, cebadas y habas que había en Siria cuando estalló la guerra civil y que hoy están en Líbano. Las semillas guardadas también permitieron que se devolvieran frijoles a mujeres cabeza de familia que se quedaron en Ruanda reconstruyendo el país luego del genocidio, en un proceso llamado rematriación.
La diferencia es que en Svalbard solo se guardan las semillas, mientras que en los otros centros hacen investigación para mejoras genéticas. Uno de esos 16 bancos está en Palmira, en el oeste de Colombia. El fuerte de la Alianza Bioversity – CIAT es el fríjol y de hecho fueron lo que hicieron la rematriación del caso de Ruanda. Allí tienen 45 especies de frijoles, de las 80 que hay reconocidas en todo el planeta. Incluso existen semillas silvestres de hace más de 40.000 años. También trabajan con yuca y con forrajes intentando hacerlos más resistentes al cambio climático.
Marcela Santaella, bióloga y gerente de Operaciones y Calidad de la Alianza Bioversity – CIAT, le explicó a France 24 que para preservar las semillas, les sacan hasta el 95% del agua. “Esta es la forma en que ya las podemos congelar para evitar que los cristales de agua se rompan”, agregó.
Las guardan en bolsas de aluminio plastificado con tres capas al vacío para poderlas guardar al menos 30 años. Durante ese tiempo, revisan las semillas para ver que sigan vivas, germinando en condiciones normales y produciendo plántulas. Lo que revisan es que la viabilidad esté por encima del 85%, sino es una alerta roja para el banco que implica que deben volver y refrescar esa semilla.
Lo que hacen con el fríjol, la yuca y el forraje es investigar, por ejemplo, qué especie puede resistir más a las enfermedades, pueden aportar más valor nutritivo e, incluso, resistir mejor a las temperaturas que son cada vez más extremas. Luego, combinan los componentes genéticos para encontrar la versión que sea más resistente.
Esas modificaciones genéticas que desarrollan están permitiendo que investiguen cómo pueden contribuir a que las vacas y las cabras contaminen menos, cambiando el forraje que consumen. La ganadería es una de las principales fuentes de metano, que es un gas hasta 80 veces más contaminante que el dióxido de carbono.
El objetivo es ambicioso: reprogramar la agricultura para que el planeta pueda seguir respirando. Y la ciencia está acelerando el paso para que el futuro no llegue con la despensa vacía.