Por: Dr. Rafael Guerrero Peralta
Si el Estrecho de Ormuz representa uno de los puntos más delicados del sistema energético mundial, también constituye uno de los escenarios donde el Derecho Internacional enfrenta sus pruebas más complejas. En este corredor marítimo convergen intereses estratégicos, seguridad energética global y principios jurídicos fundamentales que regulan la navegación internacional.
El derecho internacional contemporáneo reconoce que los estrechos utilizados para la navegación internacional deben permanecer abiertos al tránsito continuo y rápido de los buques de todos los Estados. Este principio, consagrado en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, busca garantizar la estabilidad del comercio mundial y evitar que disputas regionales afecten el funcionamiento de la economía global.
En teoría, ningún Estado puede cerrar arbitrariamente un estrecho internacional de importancia estratégica. Sin embargo, la historia demuestra que cuando las tensiones geopolíticas alcanzan niveles críticos, el equilibrio entre derecho y poder puede volverse frágil.
La militarización del Golfo Pérsico, el despliegue de fuerzas navales internacionales y la posibilidad de incidentes en el tránsito marítimo crean un escenario donde el derecho internacional convive con realidades estratégicas complejas. Incluso sin un cierre formal del estrecho, el simple aumento del riesgo puede alterar el funcionamiento normal del comercio energético global.
En este contexto, la seguridad de la navegación adquiere una dimensión central. Ataques contra buques mercantes, minas marítimas o acciones que obstaculicen deliberadamente rutas comerciales podrían constituir violaciones graves del Derecho Internacional Humanitario aplicable en conflictos armados en el mar.
Más aún, en escenarios extremos, determinadas acciones podrían incluso ser examinadas bajo los principios del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, particularmente si se produjeran ataques deliberados contra objetivos civiles o contra infraestructuras esenciales para la supervivencia económica de poblaciones enteras.
El riesgo de una crisis energética global no se limita al aumento del precio del petróleo. Una interrupción prolongada del tránsito por Ormuz afectaría transporte, comercio internacional, producción industrial, fertilizantes y cadenas logísticas globales. En otras palabras, el impacto podría extenderse rápidamente hacia sectores que sostienen la estabilidad económica mundial.
Europa, Asia y numerosas economías emergentes dependen de la estabilidad del suministro energético proveniente del Golfo. América Latina y el Caribe, aunque geográficamente distantes del conflicto, también sentirían los efectos de un aumento abrupto del precio del petróleo en transporte, alimentos y costos de producción.
La estabilidad de corredores estratégicos como el Estrecho de Ormuz demuestra que la seguridad internacional del siglo XXI ya no depende únicamente de la ausencia de guerras tradicionales, sino también de la preservación de infraestructuras críticas que sostienen el funcionamiento de la economía global.
En última instancia, la crisis potencial de Ormuz plantea una pregunta fundamental para el sistema internacional: si el derecho internacional posee la capacidad real de preservar el equilibrio en escenarios donde convergen intereses energéticos, rivalidades geopolíticas y seguridad global.