Por: Dr. Rafael Guerrero Peralta
En el análisis anterior señalábamos que el Estrecho de Ormuz representa uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta atraviesa ese corredor marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. En consecuencia, cualquier tensión militar en esa zona tiene la capacidad de provocar repercusiones económicas globales.
Sin embargo, existe un elemento adicional que merece atención: el impacto que una interrupción del tránsito por Ormuz tendría no solo en Occidente, sino también en actores estratégicos como China y Rusia, así como en la propia economía iraní.
La narrativa geopolítica suele presentar el posible cierre del estrecho como una herramienta de presión de Irán frente a Estados Unidos y sus aliados. No obstante, esta visión omite una paradoja fundamental: un bloqueo prolongado del estrecho también perjudicaría gravemente a la propia economía iraní.
Irán depende en gran medida de sus exportaciones energéticas para sostener su economía. La mayor parte de sus terminales petroleras se encuentran dentro del Golfo Pérsico, lo que significa que el acceso a los mercados internacionales depende necesariamente del paso por Ormuz. En consecuencia, una interrupción prolongada del tránsito marítimo afectaría también la capacidad de Irán para exportar su propio petróleo.
Esta realidad explica por qué, a lo largo de las últimas décadas, la amenaza de cerrar el estrecho ha funcionado más como instrumento de presión estratégica que como una política efectiva. El riesgo es utilizado como elemento de disuasión, pero su materialización completa implicaría costos económicos demasiado elevados para el propio país que lo ejecuta.
La ecuación geopolítica se vuelve aún más compleja cuando se observa la posición de China. El gigante asiático se ha convertido en el mayor consumidor de energía del planeta y una parte significativa de su petróleo proviene precisamente de los países del Golfo.
En términos simples: la estabilidad del Estrecho de Ormuz es una cuestión de seguridad energética para Beijing. Un cierre prolongado del corredor marítimo provocaría aumentos abruptos en los precios del petróleo, presión inflacionaria y perturbaciones en las cadenas de suministro que sostienen la producción industrial china.
Por esa razón, China ha sido clara en sus llamados a preservar la estabilidad del corredor energético. Aunque mantiene relaciones estratégicas con Irán, Beijing comprende que la interrupción del tránsito marítimo afectaría directamente su propio crecimiento económico.
Rusia, por su parte, mantiene una posición más ambivalente. Como uno de los principales exportadores de energía del mundo, un aumento en los precios del petróleo podría generar beneficios económicos temporales para Moscú. Sin embargo, una crisis energética global demasiado severa también podría desencadenar una desaceleración económica internacional que termine reduciendo la demanda energética global.
En otras palabras, ni China ni Rusia tienen un interés real en un colapso prolongado del tránsito por el Estrecho de Ormuz.
Este equilibrio de intereses explica por qué ambas potencias han enviado mensajes claros a Teherán advirtiendo sobre los riesgos de obstaculizar el paso marítimo. Más allá de las alianzas geopolíticas circunstanciales, la estabilidad del sistema energético mundial es un interés compartido por las principales economías del planeta.
La crisis del Estrecho de Ormuz pone de manifiesto una realidad fundamental del mundo contemporáneo: la seguridad internacional, la economía global y el derecho internacional se encuentran profundamente interconectados.
Los conflictos del siglo XXI ya no se definen únicamente por territorios o fronteras. Cada vez más giran en torno al control de corredores estratégicos que sostienen el funcionamiento de la economía global.
Ormuz es uno de esos puntos críticos. Su estabilidad no es simplemente un asunto regional; es un elemento central del equilibrio energético del sistema internacional.