Investigadores de la Universidad de Stanford descubrieron cómo el deterioro cognitivo, en particular la pérdida de memoria, está estrechamente ligado a los cambios en la composición de la microbiota intestinal que se producen con la edad: cuando ciertas especies bacterianas proliferan en exceso y producen una acumulación de sustancias que desencadenan respuestas inflamatorias de bajo grado, interfiriendo en la comunicación nerviosa.
El estudio, publicado en Nature, aporta pruebas que subrayan, una vez más, que el éxito de nuestra especie no es solo una cuestión de mente: el cerebro también debe percibir el cuerpo para expresar su máximo potencial.
¿Qué relación existe entre el cerebro y el intestino?
Desde hace varios años, se ha hablado del intestino como el «segundo cerebro» y del «eje intestino-cerebro». Estas expresiones reflejan una verdad biológica: el aparato digestivo está directamente conectado con el cerebro, principalmente a través del nervio vago. El diálogo entre los dos distritos anatómicos, continuo y bidireccional, se produce no solo a través de impulsos nerviosos, sino también de señales inmunitarias y hormonales.
Esta conexión es una de las expresiones de la capacidad del cerebro para percibir lo que ocurre en el interior del cuerpo. No solo en los intestinos, también ocurre algo parecido con los pulmones, el corazón, etc., una especie de sexto sentido llamado «interocepción». Christoph Thaiss, coordinador del estudio, explica cómo su equipo ha establecido que la interocepción, al igual que los demás sentidos que nos permiten percibir el entorno, pierde eficacia a medida que envejecemos. Y cuando el cerebro deja de escuchar las señales procedentes, en particular, del intestino, la capacidad de crear nuevos recuerdos disminuye drásticamente.
Qué dice el estudio
Lo que los investigadores se preguntaban era a qué factores podía deberse este colapso de la percepción nerviosa intestinal relacionada con la edad, y sus consecuencias sobre la memoria. Por otra parte, las capacidades cognitivas no se deterioran de la misma manera en todas las personas: algunas incluso, a los 80 años, conservan la lucidez y la memoria propias de alguien en sus veinte. Pero ¿qué ocurre en el intestino que cambia con el tiempo y varía de una persona a otra? La microbiota, es decir, el conjunto de poblaciones microbianas que habitan el tracto digestivo, desempeña un papel crucial en el bienestar del organismo.
Para comprobar si el principal responsable del deterioro de la interocepción se debía solo a la edad o si la flora intestinal estaba implicada de algún modo, los científicos pusieron en marcha un experimento bastante peculiar: reunieron ratones viejos y jóvenes durante un mes para que su microbiota se mezclara, y luego sometieron a los animales a pruebas que evaluaban sus capacidades cognitivas.
El resultado fue que los ratones más jóvenes empezaron a mostrar los mismos déficits de memoria que los viejos: les costaba reconocer objetos nuevos y salir de laberintos. Como control, los investigadores comprobaron que los ratones ya ancianos, pero criados en ambientes estériles (sin contaminación microbiana), conservaban habilidades de memoria comparables a las que tenían en su juventud. Para los expertos era evidente que algo relacionado con el envejecimiento del sistema digestivo estaba implicado en el déficit cognitivo y que ese algo podía transmitirse.
Al analizar la composición de la microbiota de los animales a lo largo de su vida, los investigadores descubrieron que, con el avance de la edad, ciertas especies bacterianas, en particular Parabacteroides goldsteinii proliferan enormemente en el intestino y que esta abundancia está directamente relacionada con la disminución de la capacidad de memoria.
