El más reciente índice de calidad de vida de Numbeo vuelve a colocar a Santo Domingo entre las ciudades con mayores desafíos urbanos. No es un hecho aislado. Desde hace años, esta medición —basada en datos colaborativos desde 2009— refleja una tendencia consistente que debemos analizar con seriedad.
A nivel global, el ranking evalúa 395 ciudades en el mundo, y Santo Domingo se ubica aproximadamente en la posición 377, es decir, en el lugar 18 entre las peores ciudades. En otras palabras, estamos entre las ciudades con menor calidad de vida del mundo.
En América Latina, el panorama no es distinto: Santo Domingo se posiciona entre las últimas ciudades de la región en calidad de vida, muy por detrás de capitales como Montevideo, Santiago o Ciudad de Panamá, que han logrado avances más sostenidos en movilidad, seguridad y planificación urbana. Para que tengan una idea, de unas 100 ciudades evaluadas en América Latina, quedamos en el lugar 97.
El índice se construye a partir de variables clave: poder adquisitivo, seguridad, sistema de salud, costo de vida, acceso a la vivienda, tiempo de desplazamiento, niveles de contaminación y condiciones climáticas. Es decir, no mide una percepción aislada, sino la suma de factores que definen cómo se vive la ciudad en el día a día.
En movilidad, por ejemplo, Santo Domingo enfrenta uno de sus mayores retos. Los tiempos de traslado en horas pico suelen superar los 40 minutos en trayectos relativamente cortos, y en muchos casos pueden duplicarse. Esto no solo impacta la productividad, sino también la calidad de vida: menos tiempo en familia, más estrés y mayor desgaste físico y emocional.
Pero quizás uno de los puntos más críticos hoy es el acceso a la vivienda. Estudios recientes del mercado inmobiliario sitúan el precio del metro cuadrado en Santo Domingo por encima de los RD$100,000 en zonas urbanas clave, mientras que el valor promedio de un apartamento ronda los RD$12 millones, evidenciando una presión creciente sobre los hogares.
Al mismo tiempo, los alquileres han registrado aumentos significativos, con incrementos que han llegado hasta un 25 % en algunos sectores, presionando aún más el ingreso familiar y limitando el acceso a vivienda en zonas bien ubicadas.
Esto revela una realidad preocupante: el costo de vivir en la ciudad está creciendo más rápido que la capacidad de los ciudadanos para sostenerlo. No es casual que Santo Domingo figure entre las ciudades más costosas de la región en distintos estudios, mientras la inflación en los últimos años ha presionado el ingreso de los hogares.
La seguridad, por su parte, continúa siendo un factor determinante. Más allá de las cifras, la percepción de inseguridad condiciona la forma en que los ciudadanos utilizan la ciudad: limita el uso de parques, reduce la vida nocturna familiar y afecta la confianza en el espacio público. A esto se suman situaciones cada vez más frecuentes como el robo de retrovisores, accesorios de vehículos, robo de pertenencias y cristales rotos, así como la presencia de “dueños del espacio público”, impactando directamente la tranquilidad del día a día.
Otro elemento crítico es el estado de los servicios urbanos. Aceras deterioradas, iluminación insuficiente —aunque reconozco el esfuerzo de los últimos meses con el programa “Sectores Iluminados, Sectores Más Seguros”—, manejo de residuos aún como deuda pendiente, ya que la recogida en nuestro país sigue siendo sumamente traumática, y desorden en el uso del espacio público son aspectos que, aunque parezcan menores, inciden directamente en la experiencia cotidiana de vivir en la ciudad.
El componente ambiental también pesa. La disponibilidad de áreas verdes sigue siendo limitada, con estimaciones en algunas zonas por debajo de los 5 m² por habitante —muy lejos de lo recomendado por organismos internacionales—. A esto se suman los malos olores en distintos puntos de la ciudad, la contaminación, niveles de ruido que en muchas zonas urbanas superan los decibeles recomendados, y la falta de planificación integral en el crecimiento urbano.
Pero hay un tema que no podemos ignorar: el agua. La ciudad no tiene claridad sobre la cantidad de pozos existentes, y al mismo tiempo enfrenta retos en la calidad del agua y en el manejo de las aguas residuales. Es un problema silencioso que impacta directamente la salud, el ambiente y la sostenibilidad de Santo Domingo.
En materia de salud, aunque contamos con una oferta amplia, gran parte de los servicios de calidad están concentrados en el sector privado, lo que encarece el acceso y obliga a muchas familias a depender de seguros médicos para poder atenderse adecuadamente.
Ahora bien, sería injusto no reconocer los avances. Santo Domingo es hoy una ciudad dinámica, con una oferta gastronómica en crecimiento, mayor presencia turística y un ecosistema económico activo. Sin embargo, ese crecimiento no ha logrado traducirse plenamente en bienestar para la mayoría de sus ciudadanos. Siempre he dicho que caminar es un derecho humano que se nos ha arrebatado a los capitaleños.
Y aquí es donde este ranking debe leerse con mayor profundidad: Santo Domingo no está en los últimos lugares por falta de potencial, sino por la acumulación de problemas urbanos no resueltos durante años.
Ciudades que hoy nos superan en la región no partían necesariamente de mejores condiciones, pero sí han logrado avances sostenidos en gestión urbana, movilidad y espacio público. Eso significa que el margen de mejora existe —y es real—.
Ahí radica la principal conclusión de este ranking: no es una condena permanente, es una señal para que mejoremos día a día.
Una señal de que el desarrollo urbano no puede medirse solo en inversión o expansión, sino en calidad de vida. De que el verdadero éxito de una ciudad está en cómo viven sus ciudadanos, no solo en cómo sobreviven a la cotidianidad.
La tarea es clara y urgente: mejorar la movilidad con soluciones integradas, fortalecer la seguridad desde lo preventivo, seguir recuperando, multiplicando y arbolizando los espacios públicos, y garantizar servicios urbanos a la altura del crecimiento de la ciudad.
Porque al final, la calidad de vida no se mide en un índice. Se siente en cada trayecto, en cada calle, en cada decisión pública.
Construyamos un mejor Santo Domingo. Trabajemos para mejorar en el ranking el próximo año. No me cabe la menor duda de que Santo Domingo tiene con qué.
Por Jorge Juan Feliz Pacheco
Regidor del Distrito Nacional