El fenómeno «therian» y la crisis de identidad adolescente

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo.

POR E. MARGARITA EVE

Lo que ocurrió en un parque de Higüey no fue una simple anécdota juvenil. La reacción institucional ante el fenómeno “therian” expuso algo más profundo que una tendencia digital: una crisis silenciosa de identidad y pertenencia en la adolescencia contemporánea.

El término “therian” describe a jóvenes que afirman identificarse simbólicamente con un animal. No existe evidencia científica de transformación física; se trata de una autopercepción subjetiva que encuentra validación en comunidades digitales. En una etapa marcada por la búsqueda de identidad, estas narrativas pueden ofrecer un sentido inmediato de pertenencia.

En entrevistas publicadas por medios internacionales, algunos jóvenes que se identifican como “therian” explican que no creen ser animales en sentido biológico, sino que experimentan una conexión psicológica o espiritual con determinada especie. Para ellos, no es una actuación, sino una vivencia interior que les otorga coherencia y comunidad.

El contexto emocional no es menor. La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes enfrenta algún trastorno mental, siendo la ansiedad y la depresión las condiciones más frecuentes. UNICEF también ha advertido sobre el aumento de la soledad juvenil tras la pandemia, reflejo de una brecha afectiva persistente.

La cultura digital intensifica esta realidad. Muchos adolescentes consumen contenidos sobre vida animal y comportamiento instintivo, mientras reciben mensajes que presentan al ser humano como destructivo o desleal. En ese contraste simbólico, lo animal puede percibirse como auténtico y lo humano como contradictorio.

En distintos países, entre ellos Argentina, España y Estados Unidos, autoridades educativas han emitido orientaciones frente a tendencias juveniles virales. Las medidas buscan preservar la convivencia sin estigmatizar, pero ninguna normativa sustituye el acompañamiento emocional que solo la familia puede brindar.

Desde la tradición bíblica, algunos han recordado al rey Nabucodonosor II, quien, según el libro de Daniel, vivió “como las bestias del campo”. Daniel 4:33 señala: “Fue echado fuera de los hombres, y comió hierba como los bueyes…”. Más allá de su carácter simbólico, la imagen representa la ruptura con la comunidad y la pérdida de referencia humana.

Especialistas en desarrollo adolescente coinciden en que la adopción de identidades performativas puede funcionar como un lenguaje de alerta. No siempre expresa un trastorno, sino una necesidad de reconocimiento y validación que no ha sido atendida en el entorno cercano.

A ello se suma un fenómeno cultural evidente: la creciente humanización de las mascotas. El afecto hacia los animales es legítimo, pero cuando desplaza tiempo y atención que deberían dirigirse al vínculo con los hijos, puede generar desequilibrios afectivos silenciosos.

En paralelo, muchos niños pasan largas horas bajo supervisión institucional mientras el acompañamiento emocional se delega al sistema educativo o a las pantallas. La formación académica puede externalizarse; la construcción de identidad no. Esta requiere presencia, diálogo y referencia constante.

Cabe preguntarse si no hemos confiado en exceso la crianza al sistema y luego nos sorprendemos cuando los conflictos estallan en la adolescencia. La identidad no se consolida en algoritmos ni en tendencias virales, sino en relaciones estables y coherentes.

Si un adolescente encuentra identidad en cuatro patas, la sociedad debería preguntarse por qué no logró afirmarla de pie entre los suyos. La polémica pasará con la próxima tendencia digital; la responsabilidad de fortalecer la familia y reconstruir vínculos, en cambio, permanecerá.

emargaritaeve@gmail.com

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