Guerra de Irán no empezó en 2026 ni terminó en dos días

POR HECTOR RAMIREZ

La confrontación actual entre Estados Unidos, Israel e Irán no comenzó el 28 de febrero de 2026, sino en 1979, tras la Revolución iraní.

Durante décadas se desarrolló de forma indirecta, mediante operaciones encubiertas y conflictos por intermediarios en Siria, Líbano e Irak.

El punto de quiebre llega en junio de 2025, cuando Estados Unidos bombardea instalaciones iraníes.

La escalada culmina el 28 de febrero de 2026, con un ataque directo de Estados Unidos e Israel que marca el inicio de la guerra abierta.

En ese escenario inicial, la contundencia de los ataques generó una percepción clara: que el conflicto sería breve. La combinación de Estados Unidos —la mayor potencia militar— e Israel —con sistemas como Iron Dome y David’s Sling— hacía difícil imaginar que Irán pudiera resistir más allá de los dos días proyectados.

Al 24 de marzo de 2026, la fase abierta del conflicto supera las tres semanas y entra en su día 25, desmontando esa expectativa.

Irán no colapsó. Mostró capacidad de reacción inmediata, sugiriendo estructuras de mando alternas.

En un primer momento respondió con misiles de alcance medio y drones de bajo costo, en gran medida interceptados. Sin embargo, la dinámica comenzó a cambiar.

Con el paso de los días, Irán introdujo misiles más rápidos y ataques simultáneos para saturar defensas. Entre ellos, el Fattah-1, descrito con velocidades entre Mach 13 y Mach 15 —más de 18,000 km/h—, muy por encima de un avión comercial.

Para dimensionar estas capacidades, basta observar que las grandes potencias operan con sistemas intercontinentales: el Trident II D5 estadounidense alcanza unos 12,000 kilómetros; Rusia dispone del RS-28 Sarmat, entre 10,000 y 18,000; y China cuenta con el DF-41, entre 12,000 y 15,000 kilómetros.

A medida que avanzaba el conflicto, comenzaron a registrarse impactos en territorio israelí y una creciente saturación de los sistemas defensivos.

Paralelamente, el conflicto se trasladó al plano económico. La tensión sobre el Estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial— afecta no solo el flujo energético, sino también el comercio global de gas natural licuado, fertilizantes, petroquímicos y rutas marítimas clave.

Petróleo

Antes del inicio de la fase abierta, a finales de febrero de 2026, el Brent rondaba los 72 dólares por barril, mientras el crudo estadounidense (WTI) se situaba en torno a los 67 dólares.

Desde entonces, el mercado ha cambiado de forma abrupta. El Brent ha oscilado entre los 100 y 112 dólares, con picos cercanos a los 119, mientras el WTI se ha movido entre 95 y 104 dólares, lo que representa incrementos de entre 35% y 50% en pocas semanas.

El impacto también se reflejó en los mercados financieros. En los primeros días de la escalada, el Dow Jones perdió entre 600 y 700 puntos, mientras el S&P 500 y el Nasdaq retrocedieron entre 1.5% y 3%, evidenciando mayor cautela de los inversionistas.

El impacto no se queda en los mercados. En Estados Unidos se traduce en gasolina más cara, mayores costos de transporte, alimentos y servicios. A esto se suma la caída en los mercados financieros, que reduce el valor de los 401(k) y genera mayor cautela en el gasto.

El resultado es presión directa sobre el bolsillo del ciudadano: menor poder adquisitivo, más incertidumbre y menor consumo.

En República Dominicana, el impacto llega por varios frentes. Un petróleo más caro presiona la inflación y la factura energética, mientras la economía dominicana, altamente dependiente del exterior, puede verse afectada vía remesas, turismo y financiamiento.

Otro elemento que agrava el conflicto es su propagación. La participación de grupos aliados de Irán, con ataques contra bases estadounidenses, confirma su expansión regional.

El efecto en la población de las partes envueltas en el conflicto no es solo económico. También están las pérdidas físicas: la muerte de un soldado, de un familiar, de niños inocentes, y la constante exposición a tener que correr hacia un refugio en cuestión de segundos, con hijos en brazos y la incertidumbre de no llegar a tiempo, situaciones estas que generan un nivel de estrés que altera el comportamiento y la estabilidad emocional.

Esta presión sostenida afecta el ritmo normal de vida, provocando pérdida de sueño, ansiedad y otros efectos que pueden derivar en trastornos como el estrés postraumático (PTSD), dejando como secuela una alteración persistente en el comportamiento humano.

Irán no necesita ganar tradicionalmente. Le basta con resistir y prolongar el conflicto hasta que los costos se vuelvan insostenibles para sus adversarios.

En ese mismo sentido, la prolongación del conflicto se convierte en una desventaja para Estados Unidos: cada día incrementa los costos, la presión sobre los mercados energéticos y el desgaste político.

En ese contexto, Donald Trump lanzó un ultimátum de 48 horas para que Irán reabriera el Estrecho de Ormuz, bajo la amenaza de destruir su infraestructura eléctrica, en lo que podría interpretarse —por su peculiar estilo— como un intento de frenar la estrategia iraní de prolongar el conflicto y, paradójicamente, forzar una situación extrema que abra la puerta a un entendimiento.

Teherán respondió advirtiendo represalias proporcionales, incluyendo ataques a instalaciones energéticas en la región.

Posteriormente, el plazo fue extendido a cinco días, mientras Washington hablaba de posibles conversaciones que Irán negó.

Y mientras tanto, todo apunta a que una guerra que se estimó breve ha terminado desmintiendo ese diagnóstico inicial: como diría Bonny Cepeda, “ay doctor, ay doctor, usted me dijo le quedan tres meses, y ya pasaron diez y míreme usted”.

Es en ese punto donde la percepción puede alejarse de la realidad, como en la obra de Cervantes, donde Don Quijote ve gigantes donde hay molinos y emprende una lucha convencido de que tiene razón, acompañado por un Sancho que termina compartiendo esa misma visión.

En este contexto, el intercambio de amenazas puede interpretarse como una dinámica de presión mutua, como en esas disputas entre dos bravucones que se enfrentan con fuerza, pero en el fondo ansían que alguien los separe antes de hacerse un daño mayor.

Es ahí donde cobra relevancia la mediación.

Ojalá se produzca pronto una solución, porque al final, la terquedad del liderazgo la termina pagando la gente común, en sufrimiento y ataúdes.

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