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Tucídides, al narrar la Guerra del Peloponeso, dejó una hipótesis que ha atravesado los siglos: cuando una potencia emergente desafía a otra dominante, el conflicto se vuelve casi inevitable. El ascenso de Atenas y el temor que despertó en Esparta sellaron el destino de aquella guerra. Desde entonces, la historia ha repetido este patrón con distintos protagonistas y escenarios
Las Guerras Napoleónicas mostraron cómo Francia, bajo el liderazgo de Napoleón, desafió el orden británico y europeo. La Primera Guerra Mundial fue detonada, en gran medida, por el ascenso del Imperio Alemán y el temor que generó en Londres y París. El llamado Gran Juego en Asia Central enfrentó al Imperio Británico y al Imperio Ruso en una competencia feroz por influencia y territorio. En todos los casos, la dinámica fue la misma: el miedo de la potencia establecida frente al empuje de la emergente.
Hoy, el escenario se traslada a Asia-Pacífico. La cumbre entre Pekín y Washington, marcada por disputas comerciales y tecnológicas, evocó explícitamente este dilema. Xi Jinping recordó a Donald Trump que la historia está llena de choques entre potencias emergentes y dominantes, y planteó la pregunta crucial: ¿podrán Estados Unidos y China evitar repetir la tragedia? Henry Kessinger, dijo que los chinos siempre tienen una estrategia a largo plazo antes de embarcarse en una empresa…
China ya no es la nación débil que Trump visitó en 2017. Su infraestructura, su capacidad científica y tecnológica, y su peso económico la colocan como rival directo del poder estadounidense. Nicholas Burns, exembajador de EE.UU. en Pekín, lo resumió con claridad: “Subestimamos el poder de China”.
Tensión
Hoy, Pekín no se limita a exigir reconocimiento, sino que insta a Washington a aceptar un cambio en el equilibrio global de poder. Las fricciones militares en Asia-Pacífico y la competencia abierta por la influencia mundial son síntomas de una tensión que crece día a día.
La “Trampa de Tucídides” no es una profecía, sino una advertencia. La historia enseña que el temor es un combustible peligroso: Esparta temió a Atenas, Londres temió a Berlín, y cada vez el resultado fue devastador. El dilema actual no es académico; es un desafío existencial. Si Estados Unidos y China no logran transformar la rivalidad en cooperación, el mundo entero podría quedar atrapado en la misma lógica que ha encendido guerras durante milenios.
La humanidad se encuentra nuevamente frente al filo de la espada. El choque entre una potencia emergente y otra dominante ha sido, demasiadas veces, preludio de catástrofes globales. Hoy, la pregunta no es si China crecerá o si Estados Unidos resistirá: la verdadera cuestión es si ambos serán capaces de romper el ciclo histórico que convierte el miedo en guerra.
Las palabras del líder chino Xi, dejaron claro a Trump, que hoy, se ha consolidado un nuevo orden mundial. Estados Unidos, ya no impone las reglas, tiene que aceptar a China como su igual. Washington, no desarrolló una estrategia a largo plazo para evitar que China logrará ser una potencia.
La competencia entre una potencia en ascenso y otra dominante puede empujar a ambas hacia un conflicto, incluso si ninguna de las dos lo desea abiertamente. Si no se aprende de Tucídides, el siglo XXI podría repetir la tragedia con consecuencias aún más devastadoras.
jpm-am
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