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El país arde en cámara lenta y la mayoría de los medios actúan como si lloviera. La desconexión entre la agenda de la calle y la agenda de las redacciones ya no es un descuido, es un modelo de negocio y de supervivencia política.
Los datos están ahí, aunque no abran los noticieros. El Banco Central reporta que la canasta básica del quintil más pobre subió 11.8% interanual a julio de 2026. El pollo, el plátano y el aceite llevan tres meses por encima del promedio histórico.
En energía, el déficit de generación obligó a tandas de apagones programados de 4 a 6 horas diarias en circuitos no protegidos del Gran Santo Domingo y Santiago. Edesur, Edeeste y Edenorte hablan de “mantenimiento”, pero los barrios hablan de neveras dañadas y negocios cerrados.

En salud, el Colegio Médico Dominicano contabiliza 17 hospitales públicos con emergencias intermitentes por falta de insumos o personal. El 911 acumula quejas por tiempos de respuesta superiores a 40 minutos en Santo Domingo Este y Los Alcarrizos.
En seguridad, el Observatorio de Seguridad Ciudadana registró 1,142 homicidios entre enero y junio, y el asalto a motoconchistas ya es una categoría propia en los partes policiales.
En el campo, productores de Constanza y San Juan denuncian pérdidas de más de 30% en cultivos.
Ese es el fuego. No es metáfora. Es temperatura.
LA ANATOMIA DEL SILENCIO
El silencio mediático tiene tres patas:
1- La pauta. El Gobierno central y las instituciones descentralizadas concentran más del 60% de la inversión publicitaria en medios tradicionales, según estimaciones de la Sociedad Dominicana de Diarios. Un canal que factura 8 millones al mes del Estado no publica la lista de suplidores que cobra sin licitar. Un periódico que depende de tres páginas de publicidad oficial no fiscaliza la nómina pública. La línea editorial la traza el departamento de cobros.
2- El acceso. Para tener la declaración del ministro hay que portarse bien. La pregunta incómoda cuesta la invitación a la rueda de prensa, la entrevista exclusiva y el “background” con el viceministro. El periodismo se vuelve relaciones públicas a cambio de no quedarse fuera de la foto.
3- El miedo. Miedo a la querella, al troll center, a la campaña de descrédito, al “te vamos a cerrar la llave”. Miedo a que te marquen como “opositor” y te saquen del circuito. En provincias el miedo es físico: reporteros amenazados por redes de microtráfico o por políticos locales. El resultado es autocensura preventiva. No se publica, por si acaso.
EL ENTRETENIMIENTO COMO ANESTESIA
Cuando el país duele, la pantalla entretiene. El prime time cambió la investigación por el panel de opinadores y el noticiero por el show de variedades. El algoritmo premia el clip del reguetonero insultando a otro y castiga el reportaje de 6 minutos sobre el hospital de San Cristóbal sin agua. El like manda. Y el like no paga la luz del estudio, pero la pauta sí. Así, la farándula ocupa el espacio que dejó la fiscalización.
El problema no es que exista entretenimiento. El problema es que se usa para tapar. Un feminicidio se cubre en 40 segundos y sin contexto. Un lío de faldas entre influencers ocupa dos bloques con expertos. La proporción invertida crea una realidad invertida: el país parece estar en paz, celebrando, mientras la gente hace fila a las 5 de la mañana para una cita médica.
EL DOBLE ESTANDAR QUE DESLEGITIMA
La cobertura internacional también delata el sesgo. Cuando la CIDH emite un informe sobre República Dominicana, hay transmisión en vivo, tuits de periodistas y editoriales indignados, a favor o en contra. Cuando dominicanos denuncian redadas de ICE en El Bronx, perfilamiento en el aeropuerto de San Juan o deportaciones sin debido proceso, el tema no escala.
Organizaciones como Northern Manhattan Coalition for Immigrant Rights y el Comité Dominicano de Derechos Humanos en Puerto Rico llevan años documentando casos. No hay móviles en vivo ni portadas. El criterio parece geográfico: si el abuso lo comete República Dominicana, es noticia; si lo sufre República Dominicana, es nota breve.
Esa selectividad erosiona la credibilidad. El lector siente que el medio no informa, sino que milita. Y cuando el medio pierde confianza, la democracia pierde un contrapeso.
EL COSTO DE NO CONTAR
Un país mal contado es un país mal gobernado. Sin prensa que vigile, la sobrevaluación de obras pasa sin auditoría. Sin prensa que sume, el homicidio de un motoconchista es estadística y no alarma. Sin prensa que explique, el apagón es “avería” y no crisis del modelo eléctrico. El silencio no evita el conflicto, lo incuba. Lo que hoy no es titular, mañana es estallido.
La historia reciente sobra en ejemplos. La revuelta de julio de 2024 en San Francisco de Macorís por el agua empezó en grupos de WhatsApp porque ningún medio cubrió las primeras protestas. El “barrio caliente” solo existe para el noticiero cuando hay muertos. Antes de eso, no existe.
QUE HACER PARA APAGAR EL FUEGO
Apagar el incendio exige tres cambios concretos, ninguno heroico:
1- Transparentar la pauta. Una ley que obligue a publicar, en tiempo real, monto, medio y concepto de cada peso estatal en publicidad. Sin letra pequeña. Que el ciudadano sepa quién paga la línea editorial. Eso corta la dependencia silenciosa.
2- Volver al territorio. Menos cabina, más calle. Redacciones que midan a sus periodistas por historias colocadas desde el barrio, no por retuits. El motoconcho, la enfermera, el agricultor y el colmadero tienen más información que la nota de prensa. Hay que ir a buscarla.
3- Diversificar el ingreso. El modelo de vivir de la pauta oficial está muerto, aunque el cadáver todavía cobre. Membresías, crowdfunding, eventos, contenido especializado, alianzas con universidades y ONG. Un medio que depende de su audiencia responde a su audiencia. Uno que depende del Gobierno responde al Gobierno.
EL DEBER DE INCOMODAR
El periodismo no está para caer bien. Está para contar lo que pasa, sobre todo cuando al poder no le conviene. Si República Dominicana arde, el deber del medio es señalar dónde está el fuego, quién tiene el fósforo y por qué no hay bomberos. Si el medio calla por pauta, por acceso o por miedo, deja de ser prensa y pasa a ser boletín.
El país no necesita mártires en las redacciones. Necesita profesionales que entiendan que la credibilidad es el único activo que no se compra con publicidad estatal. Cuando se pierde, no hay campaña que la devuelva.
Hoy República Dominicana arde en los barrios y se enfría en los titulares. Si los medios siguen callados, que no se sorprendan cuando el incendio toque la puerta. Ese día, el comunicado oficial no alcanzará para apagarlo.
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