Reflexión sobre la reelección presidencial

Por Rafael Lugo

Entre nosotros, la reelección presidencial ha sido satanizada. Desde cierta perspectiva, se la mira como un obstáculo a la libre alternabilidad en el poder, tanto de quienes gobiernan como de quienes aspiran a hacerlo. El doctor Balaguer la utilizó como palanca para el logro de sus fines políticos nacionales, y le funcionó de modo extraordinario. Para algunos, mencionar la palabra reelección resulta acto tan pecaminoso y obsceno, que la han suprimido de su léxico político. Tan profunda es la aversión, que se ha llegado al extremo de no evocar siquiera el concepto en reuniones partidarias.

Sospecho que este fenómeno tuvo su origen en los períodos balagueristas de 1966-1978 y 1986-1996. Muchos líderes de masas entendieron que su imposibilidad de acceder al poder se debió a la famosa reelección. Pero la reelección fue solo un mecanismo que obró contra sus aspiraciones —algo muy distinto de las verdaderas causas que impidieron esas glorias frustradas. Desde otros puntos de vista, la reelección con límites es un buen mecanismo en democracia. El modelo de Estados Unidos, o una variante suya, sería lo ideal.

Los sistemas políticos actuales viven una etapa de convulsión global. El aumento de la abstención electoral se ha convertido en una amenaza grave para la democracia. En cada periodo electoral, se observa una tendencia a la disminución de quienes acuden a las urnas, mientras el voto se dispersa cada vez más. Sirva de ejemplo el caso del Perú donde nadie acumuló los votos necesarios para ganar en primera vuelta.

En la República Dominicana, una reelección del actual gobernante implicaría una reforma constitucional que facilite el proceso. La llamada «habilitación», fundada en el principio de igualdad ante la ley, habilitaría a todos los que ahora no lo están. La apertura resultante, si bien permitiría un nuevo abanico de opciones y una redistribución de las fuerzas políticas, también podría generar efectos no deseados de polarización. Así, una hipotética reforma constitucional traería para todos iguales oportunidades y riesgos. En el orden nacional, el efecto podría ser romper la inercia de los votantes aptos para el sufragio, pues cada año se observa cierta resistencia a acudir a las urnas. Si las principales encuestas cuantitativas, pese a las externalidades que han afectado al país, otorgan al presidente un 51 % de aceptación:

¿entonces por qué no?

El escenario ideal que vislumbro, en un marco de reforma constitucional hacia 2028, sería este: Abinader-Carolina, Omar-Leonel, Gonzalo-Danilo, Miguel-Collado. Si quieren, pueden voltearlo. Dejemos que el país decida.