La arquitectura de la República Dominicana (II)

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POR VICTOR GARRIDO PERALTA

Existe una enseñanza que todo estudiante de medicina descubre el primer día frente a un anfiteatro anatómico y que termina transformando su manera de comprender la vida: ninguna función existe antes que la estructura que la hace posible.

No existe circulación sin vasos sanguíneos, respiración sin pulmones ni pensamiento sin cerebro. Las funciones no aparecen por voluntad; emergen porque primero existe una arquitectura capaz de sostenerlas.

Las repúblicas obedecen exactamente al mismo principio.

En la primera entrega de esta serie propuse una idea que servirá de fundamento para las siguientes: las instituciones constituyen la fisiología invisible mediante la cual una sociedad convierte libertad en orden, talento en prosperidad y poder en bien común.

Pero toda fisiología necesita un cuerpo. Por eso hoy corresponde responder una pregunta todavía más profunda:

¿De qué está hecha una república?

La respuesta inmediata parece sencilla: ciudadanos, leyes, elecciones, gobiernos e impuestos. Todas contienen parte de la verdad. Ninguna la contiene completa.

Una república no es la suma de sus edificios públicos ni de quienes temporalmente los ocupan. Es una arquitectura institucional cuyos órganos cumplen funciones específicas, coordinadas e interdependientes. De esa armonía dependen la estabilidad política, el crecimiento económico y la confianza social.

Cuando esa arquitectura conserva su organización, la nación progresa. Cuando comienza a deformarse, aparece la enfermedad. Y cuando pierde su orden funcional surgen fenómenos que hemos venido describiendo durante esta serie: subsidios que sustituyen reformas, propaganda que reemplaza la rendición de cuentas, burocracias que crecen mientras los servicios se debilitan e instituciones que terminan olvidando para quién fueron creadas.

Ese deterioro no es casual. Tiene una anatomía.

La evolución nunca premió la improvisación

La evolución descubrió millones de años antes que la ciencia política una verdad esencial: los organismos complejos no sobrevivieron porque todos sus órganos hicieran de todo, sino porque aprendieron a especializarse.

El corazón dejó de pensar. El cerebro dejó de bombear sangre. Los pulmones renunciaron a filtrar toxinas.

Cada órgano aceptó sus límites para que el organismo alcanzara un nivel superior de eficiencia.

Mucho antes de Montesquieu, la naturaleza ya había comprendido que la supervivencia depende de la distribución funcional del poder.

La separación de poderes no es únicamente una elegante teoría constitucional. Es la traducción política de una ley biológica: ningún organismo permanece sano cuando un solo órgano pretende hacerlo todo.

Las repúblicas tampoco.

Cartografía de un organismo llamado Estado

Solemos imaginar las instituciones como edificios. En realidad, esos edificios son apenas la expresión visible de órganos cuya importancia reside en la función que desempeñan.

La Constitución y el Estado de derecho constituyen el sistema nervioso: coordinan el conjunto y delimitan el ejercicio del poder.

El Poder Ejecutivo cumple la función del cerebro: integra información, establece prioridades y dirige la acción colectiva. Su mayor riesgo no es la inacción, sino la hipertrofia; un cerebro que pretende hacerlo todo termina deteriorando precisamente aquello que solo él podía conducir.

El Congreso representa la corteza deliberativa. Allí la sociedad transforma intereses diversos en reglas comunes y controla los excesos del poder. Cuando deja de deliberar, la República pierde capacidad para pensar.

La administración pública permanente constituye el corazón. No puede detenerse con cada cambio de gobierno. Debe mantener circulando continuamente los servicios esenciales.

El presupuesto es la sangre. No produce riqueza por sí mismo, pero distribuye los recursos que mantienen vivo al organismo. Cuando deja de irrigar las funciones esenciales para alimentar estructuras improductivas, el cuerpo entero comienza a debilitarse.

La economía productiva son los pulmones. Los órganos de control cumplen la función del hígado: detectan toxinas, filtran irregularidades y neutralizan riesgos antes de que comprometan al conjunto.

La justicia actúa como los riñones: depura, corrige y elimina aquello que rompe el equilibrio interno.

Y la ciudadanía organizada, la prensa libre y las universidades conforman el verdadero sistema inmunológico de la República. Son quienes detectan las amenazas al bien común antes de que se conviertan en enfermedad irreversible.

Como en todo organismo, ningún órgano basta por sí solo. La salud depende de la armonía entre todos.

La ectopia institucional

Toda anatomía puede enfermar. Las repúblicas también.

Algunas padecen hipertrofia institucional: estructuras que crecen sin aumentar su capacidad para servir.

Otras desarrollan atrofia institucional: órganos que siguen existiendo en las leyes, pero han perdido su función real.

También existe la fibrosis institucional: procedimientos tan rígidos que terminan inmovilizando al propio Estado.

Pero existe una alteración aún más profunda, quizá la más peligrosa y menos estudiada. La denomino ectopia institucional.

En medicina, una ectopia ocurre cuando un órgano se sitúa fuera del lugar que le corresponde. El problema no consiste únicamente en su nueva ubicación. El verdadero daño es doble: deja vacío el espacio donde debía cumplir su función y altera el funcionamiento del sistema donde ahora se encuentra.

Las repúblicas desarrollan exactamente la misma patología.

Existe ectopia institucional cuando una institución abandona la misión para la cual fue creada y comienza a desempeñar funciones que pertenecen a otra.

La propaganda ocupa el lugar de la rendición de cuentas. El subsidio permanente sustituye la reforma estructural.

La excepción desplaza a la norma. La improvisación reemplaza la planificación.

Y el poder llamado a ser limitado termina ocupando el espacio del poder que debía limitarlo.

Las grandes crisis nacionales rara vez comienzan porque una institución desaparece. Comienzan cuando las instituciones dejan de cumplir aquello para lo que fueron creadas.

Ese es el verdadero inicio del deterioro.

No un exceso de poder. Sino una desorganización anatómica del Estado.

La homeostasis republicana

Claude Bernard y Walter Cannon demostraron que la supervivencia de un organismo depende de una propiedad esencial: la homeostasis, la capacidad de detectar los desequilibrios y corregirlos antes de que se conviertan en enfermedad.

Las democracias más sólidas funcionan exactamente igual. No son las que nunca enfrentan crisis, sino aquellas cuyas instituciones poseen la capacidad de corregirse antes del colapso.

Cuando esa propiedad desaparece, el organismo deja de autorregularse.

Entonces el subsidio reemplaza la reforma. El decreto sustituye a la ley. La propaganda ocupa el lugar de la verdad. La improvisación desplaza la planificación.

Ese ha sido, en el fondo, el hilo conductor de toda esta serie. No he escrito únicamente sobre deuda, combustibles, salud, justicia, publicidad oficial o financiamiento político. He intentado describir distintas manifestaciones de una misma enfermedad: la pérdida progresiva de la homeostasis republicana.

La ectopia institucional constituye uno de sus mecanismos más silenciosos.

Y precisamente por eso, uno de los más peligrosos.

La primera ley del desarrollo

Toda esta reflexión puede resumirse en una sola afirmación:

La función sigue a la estructura.

No existe organismo saludable con una anatomía deformada. Tampoco existe desarrollo sostenible sobre instituciones débiles.

Por eso los países no fracasan únicamente cuando eligen malos gobiernos.

Fracasan cuando permiten que se deteriore la arquitectura institucional que limita, orienta y trasciende a todos los gobiernos.

Los gobiernos administran un tiempo. Las instituciones organizan generaciones.

La República Dominicana posee talento, recursos, creatividad y capacidad emprendedora.

Lo que necesita no es descubrir nuevas virtudes. Necesita construir una arquitectura institucional capaz de transformar esas virtudes en prosperidad compartida.

Porque las civilizaciones no comienzan a desaparecer cuando pierden riqueza. Comienzan a desaparecer cuando dejan de cuidar las reglas que hicieron posible crearla.

Y la historia continúa confirmando una verdad que ninguna nación ha logrado desmentir:

Ningún país logra desarrollarse por encima de la calidad de las instituciones con las que decide organizar su libertad.

¡Juntos podemos!

jpm-am

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