Concierto de Ramón Orlando: sobran participantes, falta motivación (OPINION)

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Más de nueve meses de promoción para celebrar los 50 años en la música del maestro Ramón Orlando obligan a mirar la convocatoria anunciada para el 23 de septiembre en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte más allá del homenaje que merece una trayectoria indiscutible.

La cantidad de artistas invitados puede enriquecer el espectáculo, pero también deja planteada una pregunta incómoda: ¿sobran participantes porque falta una motivación artística suficientemente poderosa para movilizar, por sí sola, al gran público?

Ramón Orlando pertenece a una generación fundamental de la música popular dominicana. Su talento como músico, arreglista, compositor, productor e intérprete está fuera de discusión. Sin embargo, una carrera extraordinaria no garantiza automáticamente capacidad de convocatoria masiva en cualquier momento histórico.

La industria musical es implacable con el paso del tiempo: una cosa es el prestigio acumulado y otra, muy distinta, la vigencia capaz de convertir un concierto en un acontecimiento que el público sienta que no puede perderse.

Ahí parece estar el desafío. Después de tantos meses de promoción, el evento necesita apoyarse en una extensa nómina de participantes para sostener la expectativa. Pero los estadios no se llenan únicamente sumando nombres. Se llenan cuando existe una razón emocional, musical y generacional que convierte una fecha en conversación nacional.

El público compra una experiencia, una emoción y la posibilidad de participar en un momento extraordinario; no simplemente un inventario de figuras sobre una tarima.

Ramón Orlando.

En el caso del maestro, resulta pertinente observar la distancia temporal respecto de sus últimos grandes impactos discográficos. “Perro Ajeno”, interpretado por Rubby Pérez, fue uno de esos merengues capaces de trascender la programación radial y convertirse en referencia popular, alcanzando reconocimiento como merengue del año en 2006.

Años después, la composición “Creíste”, llevada a la bachata por Anthony Santos, volvió a demostrar la capacidad autoral de Ramón Orlando y obtuvo una importante resonancia en 2014. Pero desde entonces no se identifica, con la misma dimensión, una canción nueva que haya conectado transversalmente con las generaciones actuales y renovado su poder de convocatoria.

Señalarlo no es mezquindad frente a una figura histórica. Es reconocer cómo funciona el mercado contemporáneo del entretenimiento. Romeo Santos y Bad Bunny, por ejemplo, han demostrado que un repertorio vigente, grandes éxitos recientes y una conexión intensa con públicos de distintas edades pueden convertir varias funciones consecutivas en fenómenos multitudinarios.

La comparación no pretende medir talentos ni trayectorias diferentes con una misma regla; sirve para evidenciar que hoy la convocatoria depende tanto del legado como de la capacidad de mantenerse culturalmente presente.

El problema trasciende a Ramón Orlando. Durante décadas, el merengue y otros géneros dominicanos tuvieron protagonistas extraordinarios que dominaron radio, televisión, fiestas y escenarios. Sin embargo, una parte de esa generación no construyó con suficiente fuerza un relevo que dialogara con los códigos, plataformas y hábitos de consumo de los jóvenes. Tampoco siempre hubo una reinvención sonora, estética y promocional capaz de convertir el patrimonio musical acumulado en una propuesta contemporánea.

Contradictorio

Por eso resulta contradictorio reclamar respaldo del público joven cuando durante años no se trabajó suficientemente para conquistarlo. La nostalgia moviliza a una generación, pero difícilmente llena por sí sola todos los grandes escenarios.

Para que un artista histórico vuelva a provocar una movilización extraordinaria necesita transformar su legado en actualidad: nuevas canciones, colaboraciones concebidas con sentido artístico —no como simple acumulación de invitados—, narrativas audiovisuales, presencia digital y una propuesta escénica capaz de generar curiosidad incluso entre quienes no vivieron su época de mayor esplendor.

Un concierto de 50 años debería ser, ante todo, la celebración de una obra. Los invitados deben fortalecer esa historia y no convertirse en el argumento principal para venderla. Cuando el atractivo promocional comienza a descansar demasiado en quién más estará presente, existe el riesgo de que el homenajeado deje de ser el centro gravitacional del espectáculo.

Una cartelera extensa puede aportar variedad, pero no sustituye una canción que esté sonando en la calle, una producción que haya despertado interés nacional o una narrativa capaz de conectar pasado, presente y futuro.

Ramón Orlando merece respeto, reconocimiento y gratitud por su aporte a la música dominicana. Precisamente por eso su caso debe analizarse sin adulaciones. La mejor manera de honrar a nuestros grandes artistas no es fingir que el mercado sigue siendo el mismo de hace treinta años, sino comprender por qué figuras con enormes catálogos encuentran hoy dificultades para movilizar a nuevas generaciones. El prestigio permanece; la capacidad de convocatoria, en cambio, tiene que renovarse constantemente.

La lección es útil para toda la industria dominicana: no basta con haber sido grande. Hay que administrar el legado, producir nuevos motivos para escuchar, formar relevo y mantener abierta la conversación con quienes hoy deciden qué canción se hace viral, qué artista se convierte en tendencia y qué espectáculo merece una entrada.

Para el 23 de septiembre puede haber muchos participantes sobre el escenario; la verdadera prueba será determinar si, detrás de tantos nombres, existe una motivación suficientemente fuerte para que el público sienta que también tiene que estar allí.

jpm-am

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