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El artículo de Miguel Espaillat Grullón titulado EE.UU. e Israel, genocidas contra palestinos y cubanos, pretende presentarse como un análisis histórico. Sin embargo, más que un estudio equilibrado, constituye un alegato político construido sobre una visión unilateral de los acontecimientos, donde Estados Unidos e Israel aparecen como la fuente exclusiva de todos los males, mientras las dictaduras y los movimientos autoritarios reciben un tratamiento sorprendentemente indulgente.
Nadie discute que las sanciones económicas tienen consecuencias humanas. Sería absurdo negarlo. Pero convertir automáticamente esas sanciones en un «genocidio» representa un enorme salto jurídico y moral que no resiste un análisis serio.
La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio exige demostrar la intención deliberada de destruir física o biológicamente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Esa definición no puede utilizarse como un recurso retórico para describir cualquier política internacional que produzca efectos económicos negativos. De hacerlo, el concepto mismo de genocidio perdería el significado que adquirió después del Holocausto y de otras tragedias reconocidas por el derecho internacional.
Tampoco puede hablarse de la situación cubana ignorando el papel desempeñado por el propio régimen. Durante más de seis décadas, el gobierno cubano ha concentrado todo el poder político, ha eliminado la alternancia democrática, ha perseguido a la oposición, ha restringido las libertades civiles y ha mantenido un modelo económico centralizado cuya ineficiencia ha sido reconocida incluso por antiguos dirigentes revolucionarios.
Deshonesto

Resulta intelectualmente deshonesto atribuir cada apagón, cada escasez y cada fracaso económico exclusivamente a Washington, como si La Habana no hubiera tomado una sola decisión equivocada en más de sesenta años.
El autor tampoco menciona que Estados Unidos ha autorizado durante años exportaciones agrícolas, alimentos, medicinas y determinados productos humanitarios hacia Cuba. Las sanciones existen, pero la realidad es bastante más compleja que la caricatura presentada.
Igualmente preocupante resulta la tendencia a dividir el mundo entre un supuesto «imperio» absolutamente perverso y una colección de gobiernos que, por el simple hecho de enfrentarse a Washington, serían automáticamente víctimas inocentes.
La historia demuestra exactamente lo contrario.
La Unión Soviética invadió Hungría y Checoslovaquia.
La China comunista protagonizó una de las mayores catástrofes humanas del siglo XX durante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.
Corea del Norte mantiene uno de los sistemas más represivos del planeta.
Venezuela pasó de ser uno de los países más prósperos de América Latina a convertirse en una nación expulsora de millones de ciudadanos.
Nicaragua, bajo Daniel Ortega, encarcela opositores y clausura universidades.
¿También son responsabilidad de Washington?
Israel
Cuando se habla de Israel ocurre algo parecido. Se condenan con razón las muertes de civiles palestinos, pero con frecuencia se omite un elemento esencial: ningún Estado democrático puede permanecer indiferente cuando organizaciones terroristas asesinan a su población, secuestran civiles y proclaman abiertamente su intención de destruir ese Estado.
Defender el derecho de Israel a existir y a proteger a sus ciudadanos no significa justificar cada decisión militar de su gobierno. Del mismo modo, reconocer el sufrimiento del pueblo palestino no obliga a convertir en héroes a quienes utilizan hospitales, escuelas o barrios civiles como plataformas de combate.
La paz exige exigir responsabilidades a todas las partes, no únicamente a una.
Finalmente, el autor atribuye las críticas recibidas a la supuesta ignorancia del pueblo dominicano. Esa afirmación revela una preocupante arrogancia intelectual. En democracia, disentir no convierte automáticamente al adversario en ignorante. Muchas personas rechazan sus tesis, sencillamente, porque conocen suficientemente la historia para comprender que el mundo nunca se divide entre ángeles y demonios.
Estados Unidos ha cometido errores, algunos muy graves. Israel también puede ser objeto de críticas legítimas. Pero convertirlos en los únicos responsables del desorden internacional mientras se minimizan los abusos de regímenes autoritarios constituye una forma de propaganda, no de análisis.
La historia merece algo mejor que una lectura selectiva de los hechos. Merece honestidad intelectual, equilibrio y el valor de reconocer que la libertad, la democracia y los derechos humanos deben defenderse con el mismo rigor, sin importar quién los viole.
jpm-am
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