Cultura sísmica para Santo Domingo y toda la República Dominicana

Lo ocurrido en Venezuela nos toca el corazón y nos obliga a hablar con responsabilidad. Desde la República Dominicana expresamos nuestra solidaridad con ese pueblo hermano, con las familias afectadas, con quienes perdieron seres queridos, con los heridos, los rescatistas y todos los ciudadanos que hoy enfrentan momentos de dolor e incertidumbre.

La República Dominicana vive en una zona sísmica. Esa realidad no debe alarmarnos, pero sí organizarnos. No podemos seguir tratando los terremotos como un tema lejano, ocasional o exclusivo de los científicos. La cultura sísmica debe ser parte de la vida diaria: en los hogares, en los condominios, en los comercios, en las iglesias, en los hospitales, en las escuelas, colegios y universidades, en las oficinas públicas y en cada comunidad del país.

Santo Domingo, por su densidad poblacional, su crecimiento vertical, sus edificaciones antiguas, su tránsito complejo y su alta población flotante, necesita asumir este tema con mayor seriedad. Una ciudad moderna no es solo la que tiene torres, avenidas y plazas; una ciudad moderna es aquella que protege la vida de sus ciudadanos antes, durante y después de una emergencia.

Aquí deben actuar todos. El Centro Nacional de Sismología, el COE, la Defensa Civil, los Bomberos, el Sistema 9-1-1, el Ministerio de Obras Públicas, el Ministerio de Vivienda y Edificaciones, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Salud Pública, la ONESVIE, los ayuntamientos y las juntas de vecinos deben trabajar de manera coordinada. La prevención no puede estar dispersa. Necesitamos una sola visión de país frente al riesgo sísmico.

Propongo que impulsemos una gran jornada nacional de cultura sísmica, comenzando por Santo Domingo. Simulacros en escuelas, hospitales, edificios públicos y residenciales; capacitación para administradores de condominios; evaluación de edificaciones vulnerables; protocolos especiales para niños, envejecientes y personas con discapacidad; y campañas sencillas que enseñen qué hacer antes, durante y después de un terremoto.

Pero esa cultura sísmica también debe verse en las calles. La ciudad necesita señalización clara, moderna y visible: puntos de encuentro, rutas de evacuación, zonas seguras, salidas de emergencia, mapas comunitarios y orientación en espacios públicos, centros comerciales, escuelas, hospitales, parques, malecones y edificios gubernamentales. Una ciudad que no orienta a sus ciudadanos en tiempos de normalidad difícilmente podrá guiarlos en medio de una emergencia.

También debemos hablar de los posibles tsunamis. Somos una isla y muchas de nuestras comunidades viven frente al mar. Por eso, además de prepararnos para los terremotos, debemos educar a la población costera sobre qué hacer si ocurre un sismo fuerte y prolongado. Las zonas vulnerables deben tener rutas de evacuación hacia lugares altos, señalización especial, alarmas comunitarias, simulacros periódicos y protocolos claros para hoteles, escuelas, comercios, pescadores, turistas y residentes.

No basta con pedir calma cuando ocurre una emergencia. La calma se construye antes, con educación, práctica, señalización y confianza en las instituciones. Un ciudadano orientado sabe dónde colocarse, cómo protegerse, cuándo evacuar y cómo ayudar sin generar más caos.

También debemos revisar cómo estamos construyendo: cuáles son los criterios para otorgar permisos, quién supervisa, cuáles edificaciones necesitan mantenimiento y cuáles escuelas, hospitales, puentes, edificios públicos y viviendas requieren evaluación. La vulnerabilidad no nace únicamente de la naturaleza; muchas veces nace de la improvisación, la falta de mantenimiento y el poco cumplimiento de las normas.

La cultura sísmica debe convertirse en una política de Estado y en una práctica ciudadana. Desde el Gobierno central, desde los ayuntamientos y desde cada hogar debemos asumir que prepararnos no es exagerar: es amar la vida, cuidar a la familia y respetar la ciudad.

Las ciudades se transforman con pequeñas acciones sostenidas. Una escuela preparada, un edificio señalizado, una familia orientada, una comunidad entrenada, una ruta de evacuación visible y una institución coordinada pueden hacer la diferencia cuando la tierra se mueva.

Venezuela nos duele y nos deja una enseñanza. No esperemos vivir una tragedia para empezar a hacer lo correcto. Los terremotos no se pueden evitar, pero sus consecuencias sí se pueden reducir. Educar, señalizar, prevenir y actuar: esa debe ser nuestra ruta.

¡Santo Domingo tiene con qué!

Jorge Juan Feliz Pacheco
El autor es regidor del Distrito Nacional.