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Los avances de la tecnología y la ciencia han permitido llegar a la Luna y explorar lugares aun más recónditos del Universo. Estamos lejos, sin embargo, de poder encarar problemas tan dramáticos como satisfacer necesidades elementales de la población.
Gran parte de la humanidad no ha podido siquiera remediar el problema del hambre. Pero más que a una escasez de recursos, se ha debido a su mal empleo. Mientras se mantuvieron estáticos los índices de inversión en programas educativos y de desarrollo, el Tercer Mundo incrementó pavorosamente los gastos militares.
Las compras de armas en los años finales del siglo pasado de África y Asia sumaron más de 50,000 mil millones de dólares, dos veces al valor actual de esa divisa. Los árabes, con las mayores reservas monetarias debido a su potencial petrolero, figuraron en los primeros puestos.
No obstante, África continúa entre las zonas más potencialmente expuestas al hambre y a la desnutrición. Millones de niños carecen allí de escuelas apropiadas, hospitales y alimentos, mientras modernos aviones Migs despegan y se exhiben en sus aeropuertos.
El mundo islámico tiene en su conjunto uno de los índices demográficos más bajos del mundo. Si se aplicara un estricto sentido de la justicia social, una distribución realmente equitativa de la propiedad agrícola, no habría allí problemas reales. Sin embargo, existe en la zona un bajo rendimiento agrícola, por la reducida inversión en programas de desarrollo agropecuario.
Otro ejemplo patético es la India. Con tasas altamente crónicas de muertes por inanición y desnutrición infantil y cientos de millones de personas que viven en condiciones infrahumanas, ese país ha desarrollado una política de rearme fabulosa.
No obstante el impacto del alza del petróleo en su economía, el gobierno indio comprometió sumas extraordinarias en convertir a la nación en una potencia nuclear.
jpm-am
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