Euforia deportiva y dignidad social en RD

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La patria se enciende en un destello de oro y grito unánime. Las medallas de Marileidy Paulino —forjadas con la fragua de su propio coraje— y la gesta inquebrantable del voleibol femenino y otros muchos atletas destacados en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 sacuden el pulso nacional.

En las esquinas, en los colmados y en las avenidas principales, la bandera flamea como un estandarte de redención colectiva. Las autoridades, ataviadas con la retórica de la ocasión, transforman el triunfo ajeno en capital político, recitando guarismos y promesas de un porvenir luminoso.

Sin embargo, bajo el fulgor de los focos y los aplausos oficiales, late una verdad incómoda, un pulso áspero que la fiesta no logra anestesiar: en la República Dominicana, el éxito en los podios internacionales continúa siendo un archipiélago de gloria aislado por un océano de deuda social.

La geografía del contraste

Los informes ministeriales exhiben con orgullo una inversión sin precedentes: más de RD$5,295 millones inyectados en la infraestructura deportiva entre 2020 y 2025, traducidos en decenas de recintos inaugurados y complejos remozados para el gran evento regional. No obstante, basta con desviar la mirada de la postal oficial y adentrarse en las entrañas de Guachupita, Capotillo, Las Cañitas o los sectores marginados de las provincias profundas, para que el relato oficial se desmorone.

Allí, el pavimento cede ante el lodo, los aros de baloncesto son siluetas oxidadas sin mallas, las canchas nocturnas permanecen a oscuras por falta de bombillas y los jóvenes pulen su talento descalzos, sin equipamiento, sin soporte nutricional y a merced de la intemperie institucional. La distancia entre el brillo de la medalla olímpica y el abandono de la cancha comunitaria no es meramente física; es un abismo ético que separa al país del escaparate del país real.

La cguera estructural: inversión sin visión

El mal nacional no radica exclusivamente en la escasez de recursos, sino en la esterilidad de su enfoque. Mientras las naciones desarrolladas conciben el deporte como un derecho cívico indisoluble de la salud pública, la educación integral y la seguridad ciudadana —donde el Estado garantiza acceso universal, mantenimiento riguroso y equidad territorial—, la República Dominicana perpetúa una política de carácter centralista y coyuntural.

Se edifican estructuras faraónicas concebidas para el corte de cinta, la fotografía de prensa y el discurso efímero, mientras se condena al olvido presupuestario el sostenimiento operativo, la formación científica de entrenadores de base y la descentralización de los recursos. Se invierte en el hormigón que se ve, pero se margina al ser humano que lo necesita.

Hacia un nuevo pacto cívico

La euforia deportiva, desprovista de raíces estructurales, corre el riesgo de mutar en un espejismo peligroso: un analgésico social que adormece las conciencias y disfraza las carencias sistémicas bajo el manto de un orgullo tan intenso como fugaz. Aplaudir la hazaña de Marileidy o el pundonor de nuestras reinas del Caribe es un acto de justicia poética, pero aplaudir sin exigir es una complicidad silenciosa.

Es inaplazable que la nación transite de la contemplación pasiva a la exigencia democrática. Urge interpelar a las autoridades con una visión de Estado que trascienda los cuatrienios gubernamentales, transformando el deporte en una política pública de inclusión radical, capaz de arrancar a la juventud de los márgenes de la vulnerabilidad y ofrecerles un porvenir fecundo.

Porque si la gloria conquistada en los escenarios internacionales no se traduce en canchas habitables, en entrenadores dignos y en oportunidades reales para el niño que dribla en el polvo de los barrios, la euforia no será más que un circo pasajero.

El verdadero triunfo —aquel que la historia exigirá a los gobernantes de este tiempo— no consistirá en depender de la epopeya de héroes solitarios que triunfan a pesar del sistema, sino en la construcción de una nación que sostenga, impulse y dignifique el talento de todos sus hijos por igual.

jpm-am

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