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POR EDWIN PINEDA CARRASCO
Ahora resulta que República Dominicana salió del hambre. El Gobierno tiene todo el derecho de celebrar que la FAO confirmó que el país bajó de 2,5 % en prevalencia de subalimentación y salió del Mapa del Hambre. Lo que no debería hacer es convertir ese dato en la idea de que aquí se acabaron el hambre, la pobreza y las dificultades que todavía enfrenta una parte importante de la población.
La diferencia es importante. La FAO está hablando de un indicador específico: la prevalencia de la subalimentación. Su propio Mapa del Hambre presenta, por separado, la inseguridad alimentaria moderada o grave. Por tanto, salir del umbral de 2,5 % no significa que todos los dominicanos tengan garantizada una alimentación adecuada ni que las dificultades económicas hayan desaparecido.
Y aquí es donde empieza la discusión que el Gobierno no debería esquivar. ¿Qué siente la familia que llega al supermercado con el dinero contado? ¿Qué siente el trabajador que cobra y pocos días después comienza a hacer números para llegar al próximo pago? ¿Qué siente una madre cuando tiene que escoger qué alimentos compra porque el dinero no alcanza para todo?
Porque el hambre no siempre significa acostarse sin comer. También puede significar comer peor de lo que uno necesita, comprar lo más barato, reducir las proteínas, eliminar frutas de la compra o depender de una ayuda para completar la comida del mes. Una estadística puede mejorar y, al mismo tiempo, una familia puede seguir pasando dificultades.
Preocupante
Por eso resulta preocupante cuando un avance estadístico se convierte en una celebración política sin explicar sus límites. El presidente Luis Abinader presentó recientemente ante la ONU la salida del Mapa del Hambre y la reducción de la pobreza como parte de los resultados de su Gobierno. Es legítimo presentar esos resultados; también es legítimo preguntar qué queda pendiente.
República Dominicana tiene además una vieja cultura política del “dame” y del “dao”. Durante demasiado tiempo, demasiados políticos han acostumbrado al ciudadano a esperar un bono, una tarjeta, una ayuda, un empleo o algún favor. La asistencia al que realmente la necesita es necesaria; convertir la dependencia en una forma de hacer política es otra cosa.
Un país no puede construir su futuro sobre la dependencia. Un bono puede resolver una necesidad inmediata, pero no sustituye un empleo digno. Una tarjeta puede ayudar a una familia, pero no reemplaza un salario suficiente. La verdadera salida de la pobreza comienza cuando el ciudadano puede sostener su hogar con el fruto de su trabajo.
Y mientras se celebran las estadísticas, hay problemas que siguen sobre la mesa: costo de vida, inseguridad, delincuencia, salarios, empleo y oportunidades. Ninguno de esos problemas desaparece porque una organización internacional anuncie que el país cruzó un determinado umbral. La realidad del barrio no cambia automáticamente por lo que diga un comunicado.
Tampoco se trata de acusar a la FAO de engañar al mundo. Todo lo contrario: hay que leer correctamente lo que la FAO está diciendo. Su director general calificó el avance dominicano como un logro nacional importante, pero también advirtió que los progresos deben protegerse, acelerarse y extenderse a todos.
Entonces, celebremos el avance, pero no nos engañemos. Si la subalimentación bajó, debemos preguntarnos cómo hacemos para que siga bajando. Si la pobreza disminuyó, debemos preguntarnos cómo logramos que más familias tengan ingresos suficientes. Y si queremos hablar de Hambre Cero, tenemos que mirar también la calidad de la alimentación y la capacidad real de las familias para comprarla.
El verdadero desarrollo no consiste en que el ciudadano espere cada mes qué le puede dar el Gobierno. Consiste en que tenga trabajo, salario, seguridad y oportunidades para construir su propia vida. El Estado debe ayudar al que lo necesita, pero su mayor éxito debería ser que cada vez menos personas necesiten esa ayuda para sobrevivir.
Salir del Mapa del Hambre es una buena noticia y debe reconocerse. Pero salir de un mapa no significa que todos los problemas hayan desaparecido. El Gobierno puede celebrar el dato; los ciudadanos tienen el mismo derecho a mirar su nevera, su bolsillo y su barrio y preguntar si esa celebración coincide con la realidad que están viviendo.
jpm-am
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